lunes, 12 de marzo de 2018

OBRAS DISPONIBLES. PARA LA LECTURA.

SERIE:  LOS TEATRILLOS DE DON QUIJOTE.



Obras originales, basadas en diferentes capítulos del Quijote.
Escritas  y adaptadas  para  el Taller de Teatro, por el  profesor
Jesús Fragua Serna,  del  CEIP  Fray Hernando de Talavera.
            Talavera de la Reina. (TOLEDO).

(Ilustraciones originales del autor)


DE DON ALONSO A DON QUIJOTE.

NARRADORA.- En un lugar de la Mancha, vivía don Alonso, un hidalgo “de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.
NARRADOR.- Así es como nos lo describe Miguel de Cervantes…
NARRADORA.- …que como sabéis es el autor del Quijote, la obra más importante y universal de la literatura española.
NARRADOR.- Pues bien, vivía don Alonso en su casa con un ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte.
(Entran en escena el ama y la sobrina),

AMA.- (Hablando con sofoco). Yo no sé qué vamos a hacer con don Alonso, que ya está llegando a los cincuenta… y cada día que pasa le veo más raro.
           
SOBRINA.- Sí, ama, mi tío debería salir más. Ya ni pasea por el campo, ni se ocupa de nada en la casa, sino que se pasa los  días y las noches encerrado en su aposento de libros, leyendo esas disparatadas novelas de caballerías…

AMA.- …y que no hacen otra cosa, que ponerle cada vez más chiflado, para desgracia nuestra.

SOBRINA.- Además, yo estoy cada vez más  preocupada, porque  ha vendido  varias tierras para comprar más libros de esos.

AMA.- Escucha, que parece que le oigo y creo que viene  por el pasillo hablando solo…

(Ambas se esconden en un rincón para observar, mientras aparece don Alonso, leyendo un libro que trae entre sus manos).
D. ALONSO.- Qué maravilla lo que leo en este libro: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de  vuestra hermosura”.
SOBRINA.- ¡Menudos disparates!

AMA.- (Poniéndose el dedo en los labios) ¡Chisss, calla hija, que nos va a descubrir!

D. ALONSO.- (Siguiendo su lectura). “Los altos cielos que de vuestra divinidad, divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece  vuestra grandeza”.

AMA.- ¡Cualquiera entiende semejantes mamarrachadas!

SOBRINA.- (Con tristeza). Desde luego que sí.

NARRADORA.- Y así es como el pobre don Alonso, perdía cada día, un poco más el juicio…

NARRADOR.- …intentando encontrar el significado de todo aquello que leía, que ni el mismo sabio y filósofo Aristóteles hubiera podido descifrarlo.

NARRADORA.- A veces pretendía  discutir con el cura del pueblo, sobre qué famoso caballero andante había sido el mejor.

NARRADOR.- Otros días, lo hacía con maese Nicolás, el barbero, discrepando sobre qué caballero había sido el más audaz  o valiente.

NARRADORA.- Pero él seguía día y noche enfrascado, cada vez más en la lectura de esos libros de caballerías.

NARRADOR.- Y tanto fue así, que del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro.

NARRADORA.- Y no pensó en otra cosa nada más, que hacerse caballero andante e irse por todo el mundo con sus armas y a caballo, a buscar aventuras.

NARRADOR.-  Y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, sobre lo que hacían los caballeros andantes, sin miedo a tantos  peligros a los que se iba a exponer.

…(Pausa, con música de fondo, mientras se cambia la escena al desván de la casa )...

NARRADORA.- Don Alonso está revolviendo en el desván viejas piezas de una armadura de caballero, de los tiempos de su bisabuelo.
NARRADOR.- El Ama y la sobrina, entran deprisa, muy alarmadas por las voces que está dando don Alonso.
D. ALONSO.- (Gritando con mucho ímpetu). ¡Ya me imagino coronado rey, por el valor de mi brazo, del  gran imperio de Trapisonda!
SOBRINA.- ¿Pero tío, qué hace con esa armadura oxidada y llena de moho?

AMA.- ¡Mucho me temo que nada bueno, hija!
D. ALONSO.- ¿Pero por qué os preocupáis tanto? Sólo pienso limpiarla, arreglarla y buscar lo que  falte, para recomponerla lo mejor que pueda.
AMA.- (Con retintín) ¡Claro, claro y luego ponérsela  para salir por ahí hecho un fantoche!
SOBRINA.- ¡Por favor tío, abandone ya esa ideas que se le vienen a la cabeza y que nada bueno le van a traer.
D. ALONSO.- No os alarméis sin motivo, simplemente porque quiera restaurar esta vieja armadura. De hecho, cuando esté  arreglada,  os va a sorprender cuando me la ponga y veáis lo bien que me queda.
AMA.- ¡Ay, hija mía, esto no va a haber nadie que lo arregle!
SOBRINA.- (Lamentándose) ¡No sé qué vamos a hacer!
NARRADORA.- Se van el ama y la sobrina, con resignación dejándole solo a don Alonso en el desván.
NARRADOR.- Don Alonso recoge su armadura y la pone en un rincón. Piensa ahora que, como buen caballero que es, necesita poner nombre a su rocín, es decir su caballo.
NARRADORA.- Decide, después de pensarlo un poco, que se llamará  Rocinante, un nombre que le parece muy adecuado, por considerarlo el mejor rocín de todos los caballeros andantes.
D. ALONSO.- (Hablando con solemnidad) Y ahora llega lo más importante, que es buscar un nombre para mi persona: un nombre que realce mi figura, mi valor, toda la grandeza que represento.
NARRADORA.- Y en este pensamiento estuvo ocupado, nada más y nada menos que  ocho días y ocho noches.
NARRADOR.- Y al cabo de ellos, decidió que se iba a llamar don Quijote, pues le pareció lo más lógico, ya que su apellido era Quijano.
D. ALONSO.- Pero falta algo: otros caballeros han añadido a su nombre el de  de su reino o patria donde nacieron. Así que me he de llamar… (Pensando un rato, mientras camina). ¡Ya está! Mi nombre completo será: ¡Don Quijote de la Mancha!
NARRADORA.- Casi preparada ya su armadura, su flamante caballo “Rocinante”  y  el  nombre con el que se daría a  conocer como caballero andante, sólo le faltaba algo importante.
NARRADOR.- Que no era otra cosa, que  buscar una dama de quien enamorarse; porque, según don Alonso, un caballero andante sin amores era como un árbol sin hojas,  o como un cuerpo sin alma.
D. ALONSO.- –Si yo algún día me encuentro por ahí con algún gigante, como les acontece a muchos caballeros andantes, le derribo, le venzo y le rindo… Será  necesario entonces enviarle a que se hinque de rodillas ante mi dulce señora y se ponga a su disposición.
NARRADORA.- ¡Oh, y cómo se alegró nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso!
NARRADOR.- Y más cuando encontró a quien dar el nombre de su dama.  
NARRADORA.- En un lugar cerca del suyo, había una moza labradora  muy guapa, de quien hacía tiempo,  él estuvo enamorado.
NARRADOR.-  Aunque ella jamás lo supo, ni se dio cuenta de nada. Se llamaba  Aldonza Lorenzo y era del pueblo del Toboso,
NARRADORA.-  Ésta va a ser la elegida como su gran amor, su señora y su princesa.
NARRADOR.-  Se puso entonces a buscar un nombre para ella, que encajase bien con el suyo.
D. ALONSO.- Se llamará, se llamará… ¡Dulcinea del Toboso! ¡No hay mejor nombre para una princesa, de semejante  categoría!
…(Música de fondo para ambientar la escena en la  que aparece Dulcinea, como en una nube imaginaria)…         
D. ALONSO.- (Arrodillándose ante la figura de Dulcinea) ¡Oh mi señora, la dueña de mis pensamientos, de mis noches y de mis días! Tú eres quien da fuerza y valor a mi brazo para vencer a tanto bellaco  que anda suelto por ahí. 
DULCINEA.-  ¡Oh, mi valiente y fiel caballero don Quijote! Por ti suspiro…Admiro día tras día  la bravura que os llena de razón y la grandeza del  corazón, que no os cabe el pecho, por tanto interés en favorecer a los más desvalidos y necesitados de este mundo.
D. ALONSO.- Yo solo no podría llevar a cabo semejantes empresas, si no fuera por tu amor, mi señora Dulcinea, que me ilumina y da sentido a todos mis actos.
DULCINEA.- ¡Mi amado caballero andante! En la soledad de mi aposento, esperaré siempre tener  noticias nuevas, de esas grandes hazañas que realizarás.
(Suenan golpes tras la puerta del desván, mientras desparece, como por arte de magia, la imagen de Dulcinea. Entran en escena el ama y la sobrina).
SOBRINA.- ¿Pero tío, qué hace ahí arrodillado, como alma en pena?

AMA.- ¡Mucho me temo que, como siempre,  nada bueno, hija!
SOBRINA.- Además se está quedando congelado, de tanto tiempo que lleva aquí arriba en el desván…
(Ambas le ayudan a levantarse y se encaminan hacia la salida).
D. ALONSO.- (Con mucha pena) ¡Mi amada Dulcinea, te has ido como rayo fulgurante, sin apenas darme tiempo a  despedirme de ti!
AMA.- ¡Ay don Alonso, que va a usted a enfermar con tanta tontuna!
SOBRINA.- Vamos a cenar, tío. Verá como después de un descanso,  se  encontrará mucho  mejor.
AMA.- Seguro que sí. Le he preparado un caldo capaz de resucitar a un muerto.
NARRADORA.- Y así es como don Alonso Quijano pasó a llamarse para la posteridad…
NARRADOR.- …¡Don Quijote de la Mancha!
NARRADORA.- Y esperamos, distinguido público…
NARRADOR.- …que esta representación haya sido de su agrado.
…(Música para finalizar, con saludo de todos los actores)…       
 
FIN



DON QUIJOTE ES ARMADO CABALLERO ANDANTE.
…(Música, antes de comenzar)…

(Don Quijote aparece en escena, sobre su caballo Rocinante. En el centro del escenario y un poco más adelantados se sitúan los dos narradores).
NARRADORA.-El hidalgo don Alonso Quijano, es decir, don Quijote de la Mancha, como bien quiso él nombrarse,  había estado  preparándose  durante días en su casa, para empezar a vivir grandes aventuras, ya como un verdadero caballero andante.
NARRADOR.- Y todo ello, siendo fiel a lo que se contaba en tantas y tantas “novelas de caballerías”, que nuestro hidalgo manchego había estado leyendo día y noche, hasta perder el juicio.
NARRADORA.-Por eso,una mañana que era de las más calurosas del mes de julio…
NARRADOR.-…se puso su armadura, se subió a su caballo Rocinante y sin decir nada a nadie, salió al campo por una puerta del corral de su casa.
NARRADORA.- Pero apenas había recorrido unos metros, cuando se acordó que no había sido aún armado caballero andante.
NARRADOR.- Lo cual le impedía según las leyes de caballería, ejercer este noble oficio.
D. QUIJOTE.- Me haré nombrar caballero por el primero que se tope conmigo. Según he leído en mis libros, así lo hicieron muchos otros, que se encontraron en mi misma situación.

NARRADORA.- Y con estos pensamientos y  un sol capaz de derretirle los sesos…

NARRADOR.- …siguió adelante cabalgando por los caminos que a Rocinante se le antojaba tomar.

NARRADORA.- Empezaba ya a anochecer y su rocín y él estaban cansados y muertos de hambre.

NARRADOR.- Pero pronto vio una venta, no lejos del camino y se apresuró a llegar hasta ella.

(Llegando a la puerta de la venta, donde se encontraban dos mozas sirvientas).

D. QUIJOTE.- (Diciendo para sí mismo) ¡Dichosa la edad y dichoso el siglo en que saldrán a la luz todas mis famosas hazañas!

(Entrando en la venta y saludando don Quijote con mucha cortesía al ventero y a dos mozas sirvientas que le acompañaban).

VENTERO.- Pase señor a ésta, que es mi humilde posada.

D. QUIJOTE.- (Algo sorprendido, mientras baja del caballo). No sea tan modesto señor alcaide, gobernador de este magnífico castillo. Le sugiero que tenga a bien llamar a las cosas como son.

VENTERO.- (Con gesto de no entender muy bien lo que le decía). Bueno, bueno, como usted diga señor.

NARRADOR.- Don Quijote se imaginó también, además de que la venta era un castillo y que el ventero era su alcaide, que las dos sirvientas, eran dos hermosas doncellas.

NARRADORA.-  Una de ellas se hacía llamar la Tolosa y la otra la Molinera y tenían poco de finas o educadas señoritas, tal y como se las imaginaba don Quijote.

TOLOSA Y MOLINERA.- Ja, ja, ja, ja…

NARRADOR.- Las dos no paraban de reírse, muy divertidas, presenciando, la escena.

NARRADORA.- Y más aún, viendo la facha y el comportamiento de tan extraño huésped.

D. QUIJOTE.-Podría usted darnos aposento y comida a mi caballo y a mí, señor alcaide. Ambos venimos exhaustos de tanto caminar bajo este implacable sol.

VENTERO.- Como no, deme su caballo y acomódese como usted guste. Tolosa y Molinera, le asignarán enseguida una alcoba que esté disponible.

TOLOSA.- Sí, pero antes siéntese, señor. Le traeremos algo para cenar.

(Mientras, el ventero se lleva a Rocinante a las cuadras, saliendo por un extremo del escenario).

MOLINERA.- ¿Le apetecen unas truchuelas, señor? Es que a estas horas, ya no disponemos de otras mejores viandas…

D. QUIJOTE.- Como no,  y muy agradecido por su  amabilidad, siendo ustedes unas damas tan distinguidas.

(Nuevamente vuelven a reírse, sin poder contenerse, las dos mozas, ante las ocurrencias del huésped) 

NARRADORA.-Intentaron entonces, entre las dos mozas, quitarle la celada, que es la parte de la armadura que le cubría la cabeza.

NARRADOR.- Pero no lo consiguieron, pues estaba muy encajada y atada con unas cintas que don Quijote se negó a cortar.

TOLOSA.- ¡Uff! ¡Es imposible quitarle esta cosa, señor.

MOLINERA.- Vuestra merced tendrá que quedarse con esto puesto toda la noche.

D. QUIJOTE.- Ya me imagino que será así, pero es un sacrificio que me corresponde hacer, como buen caballero andante que quiero llegar a ser.Muchas gracias de todas maneras, bellas damas, por el esfuerzo y las buenas intenciones que me han demostrado.

TOLOSA.- ¡Ja, ja,  ja!  ¡No hay de qué, señor!

MOLINERA.- ¡Gracias por el cumplido! ¡Ja, ja, ja!

D. QUIJOTE.- Y además, como muestra de mi agradecimiento, quiero recitarles estos famosos versos que yo mismo he adaptado para este gran momento:

(Recitando con solemnidad)

Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido,
como fuera Don Quijote,
cuando de su aldea vino.

NARRADOR.- Las dos mozas aplaudieron con ganas los versos de don Quijote les había dedicado.

NARRADORA.- Y rieron a placer, complacidas también por el hecho de que alguien les tratara con semejante delicadeza.

TOLOSA.- (Tomando una bandeja que estaba sobre un aparador cercano) Señor, aquí tiene el plato de pescado con las truchuelas.

MOLINERA.- (Sirviéndole a su vez una jarra de agua y un mendrugo de pan). Qué le aproveche, señor.

NARRADORA.- Don Quijote se dispuso a probar bocado, pero con la celada puesta le resultaba prácticamente imposible hacerlo.

NARRADOR.- Así que  Tolosa y Molinera, tuvieron que ayudarle, llevándole los trozos de pescado por los huecos que dejaba libre la celada.

D. QUIJOTE.- (Masticando y hablando con cierto apuro). Ahora me gustaría beber de esa magnifica jarra, pues me muero de sed.

(En este momento vuelve el ventero a entrar en escena y se sitúa al lado contrario de donde se encuentran las dos mozas).

NARRADOR.- Tolosa y Molinera se afanaban intentando que don Quijote pudiera beber…

NARRADORA.- …pero resultaba de nuevo, una tarea imposible  con la celada puesta.

VENTERO.- Esperad, que creo que tengo la solución.

(Toma el ventero una caña y la arrima en un extremo a la boca de don Quijote. Por el otro lado echa el agua de la jarra, para que le llegue así al pobre y sediento futuro caballero).

D. QUIJOTE.- Glu, glu, glu,glu, glu…

VENTERO.- Ya ve usted, que en estos casos, más vale maña que fuerza.

D. QUIJOTE.- (Dejando ya de beber). Así es, señor Alcaide, así es. Pero ahora, mi preocupación es otra.

VENTERO.- Dígame usted cual es esa preocupación, a ver si encuentro también una buena solución para ella…

D. QUIJOTE.- (Hincándose de rodillas ante el sorprendido ventero). ¡No me moveré de este castillo, valeroso alcaide, hasta que me concedáis el don de armarme caballero!

VENTERO.- (Hablando para sí mismo, mientras se rasca la cabeza). ¡Recorcholis! Y cómo querrá que haga yo semejante cosa…

D. QUIJOTE.-  Esta noche la pasaré velando las armas en la capilla y mañana me armaréis caballero andante, para poder partir a buscar aventuras y ayudar a los más débiles y necesitados.

VENTERO.- Siento decirle señor don Quijote, que no está disponible en estos momentos la capilla, pues la estamos arreglando, pero de igual forma podrá velar sus armas, si así lo desea junto al pozo que está en el patio.

D. QUIJOTE.-No habiendo más remedio, así será, señor alcaide.

NARRADORA.- Y dicho esto, don Quijote se dispuso  a velar sus armas con mucha solemnidad, colocándolas sobre el pozo del patio.

NARRADOR.- Después se puso a caminar de un lado a otro, delante de la las armas apiladas.

…(Pausa, con música de fondo, mientras don Quijote  vela sus armas. El ventero, Tolosa y Molinera se asoman por una ventana, viendo lo que hace don Quijote. El ventero pone cara de asombro, mientras las dos sirvientas no pueden contener la risa. )...

NARRADOR.- Al amanecer, don Quijote que ha permanecido toda la noche en vela, junto a sus armas ve como se acerca un hombre con una mula al pozo.

NARRADORA.- Se trataba de un arriero. Los arrieros eran personas que transportaban mercancías con animales, de un lugar a otro.

(Se colocan a un lado del escenario los narradores, mientras el arriero empieza a retirar las armas del pozo, para sacar agua con un cubo y dar de beber a su mula).

D. QUIJOTE.- (Gritando y con enfado). ¡Oh, tú quien quiera que seas, atrevido caballero, deja de tocar mis armas o lo lamentarás…

(Pero el arriero no hizo ningún caso y se dispuso ya a sacar el primer cubo de agua, una vez retiradas las armas).

ARRIERO.- ¡No entiendo nada de lo que me dice, señor! Déjeme en paz y siga paseando por ahí, tal y como lo estaba haciendo...

D. QUIJOTE.-(Hablando para sí mismo) Pero como se atreve este mentecato a hablarme así. ¡A ti, mi amada Dulcinea me encomiendo en este difícil lance!

(Y dicho esto, cogió el cubo y se lo encasquetó en la cabeza al pobre arriero, que muy asustado se puso a gritar).

ARRIERO.- ¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Qué algún alma caritativa venga en mi auxilio!

 (Al oír las voces aparecieron en el patio el ventero, las dos sirvientas y el resto de la gente que estaba hospedada.Mientras, el arriero conseguía sacarse el cubo de la cabeza, no sin cierta dificultad). 
GENTE.-(Gritando todos) ¡Ooooh! (Después, alguien entre el grupo de gente, se dirige al ventero). ¡Haga algo señor para detener a ese loco o tendremos que hacerlo nosotros por nuestra cuenta!

VENTERO.- ¡Tranquilos y quietos todos! Váyanse, por favor, a sus aposentos, que yo les aseguro que sé cómo manejar esta situación.

(Dicho esto, se va toda la gente por donde había venido, quedándose solo las dos sirvientas junto al ventero).
VENTERO.-(Dirigiéndose en voz baja al arriero).  Haga el favor de retirase un momento,que yo me encargaré luego de recompensarle, por este desafortunado incidente).
ARRIERO.-Eso espero señor, si quiere que alguna otra vez vuelva a hospedarme en esta dichosa venta.
(El arriero se aparta a un rincón y sale del escenario con su mula, un poco cabizbajo y aparentemente dolorido).
VENTERO.- (Dirigiéndose ahora a don Quijote). ¡Señor, le parece bien que procedamos cuanto antes a la ceremonia, para que quede así armado caballero andante!
DON QUIJOTE.- ¡Señor alcaide de este noble castillo, no hay nada en el mundo cosa que más desee en estos momentos!
TOLOSA y  MOLINERA.- (Con la risa contenida) Ji, ji ,ji, ja, ja, ja, ji, ji ,ji, ja, ja, ja.
VENTERO.- Muy bien, pues procedamos.(Dirigiéndose ahora a las dos sirvientas por lo bajo). Chissss, traedme rápido el único libro que tengo, donde apunto las cuentas de la venta.
(Se van Tolosa y Molinera a buscarlo, mientras don Quijote se coloca de rodillas y con la cabeza baja, esperando que llegue el momento).
DON QUIJOTE.- Aquí estoy postrado a sus pies, señor alcaide, con el pensamiento siempre puesto en la dueña de mi corazón: mi amada Dulcinea.
(Entran Tolosa y Molinera, la última trayendo el libro de cuentas bajo el brazo. Lo toma con rapidez el ventero para proceder al acto).
VENTERO.- (Haciendo como si leyera algo de ese el libro).

Flu, fli, flo,flu,fli, fla,
rábanos y patatas fritas,
pin, pan, pun, pun, pin, pan,…………………………………….     
higos y castañitas,……
cuqui, cuqui,cuquicón…………………………………………
canta el gallo, kikirikí, kikiricó  
y esto se acabó.
………………………………                                                                           .
TOLOSA y  MOLINERA.-(Ya, sin poderse contener al oír esto). Ji, ji,ji, ja, ja, ja, ji, ji,ji, ja, ja, ja.
(Después el ventero cogió la espada de don Quijote y le tocó en ambos hombros, para después finalizar dándole un buen golpetazo en la espalda, que acabó de sacar de su ensimismamiento al ya nuevo “caballero andante”).
DON QUIJOTE.-(Levantándose y hablando con mucha solemnidad) ¡Oh, doy gracias al cielo por ser ya por fin, quien siempre he querido ser, para gloria y beneficio de todos los necesitados  que sufren las injusticias de este mundo.
VENTERO.- ¡Pues así sea! ¡Y vaya usted con Dios! (Y ahora dirigiéndose sólo a las dos risueñas sirvientas).¡Y si es posible, lo más lejos de aquí).
(Entran de nuevo en escena los dos narradores, retirándose el ventero, acompañado de las sirvientas, entre risas de alivio y satisfacción).
NARRADORA.- Y de esta manera, se despidió el ventero de don Quijote, que una vez recogidas todas sus pertenencias y montado sobre Rocinante, salió más feliz que nunca de aquella venta (o castillo según él) y ya hecho por fin, todo un flamante “caballero andante”.
NARRADOR.-Y con esto, acaba ya nuestra representación, esperando, distinguido público, que haya sido del agrado de todos ustedes.
…(Música para finalizar, con saludo de todos los actores que vuelven, entre los aplausos del público, al escenario)…

- Fin -



SE NECESITA ESCUDERO PARA CABALLERO ANDANTE .

NARRADORA,- Don Quijote se encuentra reposando y convaleciente, después de su última aventura, en la que se enfrentó a unos mercaderes que iban por un camino.

NARRADOR.- En este enfrentamiento, tuvo tan mala suerte  que su caballo Rocinante tropezó con una piedra y lo lanzó  por los aires, cayendo al suelo bastante maltrecho.

NARRADORA.- Por si fuera esto poco, uno de los mercaderes, muy enfadado y furioso, le partió su lanza en las costillas.

NARRADOR.- Un labrador de su misma aldea que pasaba por allí, le recogió y le llevó montado en su asno hasta su casa.

NARRADORA,- Nada más llegar, el ama y su sobrina, que vivían con él, se afanaron en cuidarle  y con la ayuda del cura y el barbero del lugar, intentaron quitarle la idea de volver a salir, por esos caminos, a “arreglar el mundo”.

NARRADOR.- Sin embargo, Don Quijote planeaba volver a las andadas  y seguir ejerciendo su vocación  de caballero andante, sólo que esta vez pensaba hacerlo  acompañado.

NARRADORA.- Para ello necesitaba buscar a un escudero que le fuera fiel y  buen cumplidor de sus obligaciones…

NARRADOR.- …y que estuviera dispuesto a vivir grandes y  peligrosas aventuras  junto a él.

(Entran en escena el ama y la sobrina. Ambas se encuentran en el corral de la casa,  preparando una buena hoguera),

AMA.- (Mientras echa leña a la hoguera). Aprovechando que ahora está dormido, vamos a deshacernos de todos estos libros que le han causado tanto mal a Don Alonso. ¡Y qué no quede ninguno sin chamuscarse, bien chamuscado!
           
SOBRINA.- Sí, sí, vamos a quemar todas estas novelas de caballerías, que no han servido nada más que para comerle la cabeza, con esas fantasías e ideas tan descabelladas.

(Las dos van echando a la hoguera un buen  montón de libros, de caballerías sacados de la biblioteca de Don Quijote).

…(Pausa, con música de fondo, mientras se cambia la escena al interior de la casa, en un pasillo de acceso a la biblioteca)...


NARRADORA,- Pero no sólo se limitaron a quemar los libros, sino que por consejo del cura y el barbero, mandaron tapiar con un muro la puerta de la biblioteca.

NARRADOR,- A la mañana siguiente, cuando se levantó Don Quijote, no puedo encontrar, como es natural,  la entrada de aquella   estancia, donde tantas horas había pasado leyendo sus libros de caballerías.

D. QUIJOTE.- ¿Pero, qué ha pasado aquí?  No consigo dar con el aposento de mis libros…
SOBRINA.- (Saliendo a su encuentro). Ay, tío Alonso, cuanto siento decirle que anoche vino un encantador sobre una nube, entró en la biblioteca, y no sé lo que  hizo dentro, que al cabo de un rato, salió volando por el tejado y cuando fuimos a ver lo que había pasado, ya no quedaba aquí ni aposento ni libro alguno…
AMA.- Así es como ocurrió, Don Alonso.
SOBRINA.- Eso sí, antes de marcharse, el muy sinvergüenza, nos dijo que se llamaba  “el sabio Muñatón”, para dejar así  su firma en semejante fechoría.
D. QUIJOTE.- ¡Qué malandrín! ¡Si es que me la tiene jurada! Pero no se llama Muñatón, sino Frestón.
AMA.- –No sé si se llamará  Frestón, Fritón  o Fritangón, sólo sé que acabó en “tón” su nombre.
D. QUIJOTE.- Ese Frestón es un sabio encantador, gran enemigo mío, que me tiene mucha manía, porque ha adivinado que pronto me voy a enfrentar a un caballero amigo suyo, al que con toda seguridad voy a vencer y es por eso por lo que trata de fastidiarme, utilizando toda clase de tretas malignas.
SOBRINA.- Nadie duda de que con su gran valor, vencerá a ese caballero… ¿Pero quién le mete a usted  en esos jaleos, tío? ¿No será mejor  que  esté tranquilito en su casa y abandone esas ideas de arreglar el mundo, no sea que, por ir por lana, vuelva usted trasquilado, como bien dice el refrán.
D. QUIJOTE.- ¡Oh sobrina mía, nada de eso va a ocurrir! Porque al primero que intente  trasquilarme a mí, le pelaré yo las barbas y el pelo de la cabeza, si aún lo tuviera.
NARRADORA,- No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se empezaba a poner nervioso y  muy encendido de rabia.
NARRADOR,- Así  estuvo quince días don Quijote en casa, muy sosegado y sin dar muestras de querer volver a retomar el oficio de caballero andante.
…(Pausa, con música de fondo, mientras se cambia de escena a una pequeña calle de la aldea)…
NARRADORA,- Aquellos días  se le pasaron teniendo largas charlas con el señor cura y el barbero.
NARRADOR,- Entre ellos se contaban divertidos cuentos. El cura y el barbero,  trataban así de quitarle de la cabeza, la idea de volver a ser caballero andante y bien creían que lo estaban consiguiendo.
NARRADORA,- Pero muy lejos de lo que ellos pensaban, don Quijote seguía en sus trece y con las mismas intenciones.
NARRADOR,- Tanto era así, que en  este tiempo,  se dedicó a buscar en la aldea a alguien que le pudiera acompañar, como escudero,  para su  próxima salida, tal y como él lo había pensado desde el principio.
NARRADORA,- Y así es como fue a hablar un día, con un labrador,  hombre de bien, pero de muy poca sal en la mollera.
NARRADOR,-  No le fue difícil a don Quijote, convencer a  a este pobre labrador llamado Sancho Panza, con  fama de  gran zoquete.
(Don Quijote y Sancho hablan con discreción en un extremo de la calle).
D. QUIJOTE.- Sancho, amigo mío, esta decisión de acompañarme, te va a traer, sin duda, notables beneficios. En pago a todo ello tengo pensado hacerte, en cuanto se presente la ocasión, Gobernador de una  ínsula.
SANCHO PANZA.-  Por estas promesas que me hace señor, decido servirle,  pues dejó a mi mujer y a mis hijos, sólo pensando en que este sacrificio pueda servir para darles un futuro mejor.
D. QUIJOTE.- Piensas muy bien, Sancho. Por eso saldremos mañana mismo antes del amanecer y sin despedirnos de nadie, para no levantar sospechas y evitar así, que alguien intente  impedírnoslo. Ah y no te olvides  de llevar unas buenas alforjas, con algo de comida para el camino.
SANCHO PANZA.- Sí, mi señor. Pensaba llevarme también a mi  asno, pues no estoy demasiado  acostumbrado a dar largas caminatas  a pie.
D. QUIJOTE.- (Dudando) No sé Sancho… en esto del asno, la verdad es que no encuentro ningún ejemplo, en los libros de caballerías, en los que aparezca  un escudero acompañando a su amo montado en un burro…
SANCHO PANZA.-  Señor, debo suplicarle que me  permita hacerlo. Mi Rucio, que es así como lo llamo, es un animal muy noble y servicial.
D. QUIJOTE.- Está bien, Sancho, pero en cuanto tenga ocasión y derrote  a algún malvado caballero, le arrebataré su caballo para entregártelo;  de esta manera podrás cabalgar, con la categoría que se mereces un escudero a mi servicio.
NARRADORA,- Y de esta manera  fue, como ambos se dispusieron a salir del lugar, sin que nadie les viese.
…(Pausa, con música de fondo, mientras se cambia de escena a un lugar muy tranquilo en el campo)…
NARRADOR,- Anduvieron tanto, que al amanecer estuvieron ya seguros de que nadie los encontraría, aunque  salieran a buscarlos.
NARRADORA,- Pararon entonces a descansar en un tranquilo lugar.
NARRADOR,-  Mientras, dejaron pastando en un prado, a Rocinante y al Rucio.
SANCHO PANZA.-  Señor, he ido como un patriarca, en mi jumento, viéndome ya como gobernador de esa gran ínsula que me tiene  prometida.
D. QUIJOTE.- Por supuesto que sí, estimado Sancho. No dudes nunca de que esto se vaya a cumplir.
SANCHO PANZA.-  Y estoy seguro de que yo la sabré gobernar, por muy grande que sea esa “ínsula” (Hablando ahora para sí mismo) …Aunque no sé muy bien lo que es…¡una ínsula!
D. QUIJOTE.- Tienes que saber Sancho, que esta costumbre de los caballeros andantes, de hacer gobernadores a sus escuderos de ínsulas o reinos, es muy antigua.
SANCHO PANZA.-  ¡Por eso pienso que ha sido un gran acierto para mí  acompañarle en este oficio, mi señor!
D. QUIJOTE.- Desde luego que sí. Yo incluso pienso en ser más generoso,  porque estos caballeros andantes algunas veces, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos y ya después de hartos de servir y de llevar malos días y peores noches, les daban simplemente algún título de conde  o  de marqués en algún perdido lugar.
SANCHO PANZA.-  Y eso, en el caso de que no la hubieran “guiñado” antes en alguna desafortunada aventura…
D. QUIJOTE.- Claro que sí. Sin embargo yo, a diferencia de ellos, te coronaría rey del primer reino que ganase  para mí.
SANCHO PANZA.- –De esa manera si yo fuese rey, mi mujer Juana Gutiérrez vendría a ser reina y mis hijos infantes…¿No?
D. QUIJOTE.- ¡Por supuesto! ¿Quién lo duda?
SANCHO PANZA.- –Yo lo dudo, Don Alonso.  Porque   conozco muy bien a mi señora y sé que con la poca inteligencia y educación que ella muestra, jamás encajaría en una posición de tan elevada categoría.
D. QUIJOTE.- Encomiéndaselo a Dios, Sancho, que Él  os dará lo que más os convenga. Pero no te apoques ni te minusvalores tanto, que ya verás que, cuando llegue la ocasión,  habrá buenas maneras de ir solucionando todos los contratiempos que se presenten.
SANCHO PANZA.-  Intentaré seguir sus consejos y más adelante ya se verá… Pues también creo que las personas son muy capaces a veces de sorprender y de crecerse ante las dificultades.
D. QUIJOTE.-  Estoy de acuerdo contigo, pues además  muchas de esas personas que se creen con poca inteligencia o valía, demuestran a veces poseer más juicio y sensatez que otras que presumen de tenerlo a raudales.
NARRADORA,-  Y así es como, después de un buen  rato de charla y de descanso, ambos retomaron, con buen ánimo,  su recorrido  por los caminos de la Mancha…
NARRADOR,- Pero eso sí, no sin antes haberse dado un buen festín con un gran pedazo de queso, acompañado de una generosa hogaza de pan, que Sancho había sacado muy oportunamente, de sus socorridas alforjas.

 
                          -  FIN   - 


EL BÁLSAMO DE FIERABRÁS.

(En el centro del escenario aparecen Don Quijote y Sancho, apoyados  en un árbol. Un poco más adelantados, se sitúan los dos narradores).
NARRADORA.- Don Quijote y su fiel escudero Sancho,  se encuentran descansando ese día en un espeso bosque.
NARRADOR.- Ambos se recuperan,  después de los percances sufridos en las  últimas aventuras, recorriendo de acá para allá los caminos de la Mancha.
(Los narradores se colocan ahora en un extremo al fondo del escenario),
D. QUIJOTE.- Vaya, querido, Sancho, parece que después de reposar, al cabo de un rato, siento que aún me pesan más los huesos y que me va a resultar más difícil  levantarme…
SANCHO.-  Conmigo señor, no hace falta que disimule. Sé  a ciencia cierta que está bien molido, después de pelearse con aquel vizcaíno y no digamos yo, tras haber recibido tan buena ración de palos, de aquellos mozos, que acompañaban a la comitiva de frailes de San Benito. 
D. QUIJOTE.- Sí que llevas bien la cuenta de todo, Sancho.
SANCHO.-  ¡Claro! Y no contentos con esto, pues no hay una sin dos, ni dos sin tres, que ayer mismo tuvimos el honor de recibir ambos, otra buena “tunda”, por parte de esos cuidadores de yeguas…
D. QUIJOTE.- A esos mentecatos, que iban con semejantes animales, se les llama yangüeses, Sancho.
SANCHO.-  Pues eso, los yangüeses: esos  que querían pegar a Rocinante, simplemente por haberse acercado a cortejar a sus yeguas.
D. QUIJOTE.- ¡Y ni que decir tiene, que ningún caballero andante hubiera permitido jamás, que unos bellacos como esos maltratasen a su rocín!
SANCHO.-  Si, amo, pero  esos bellacos de los que usted habla, eran más de veinte y además bien fuertotes y robustos.
D. QUIJOTE.- Ya, Sancho,  pero bien  sabes tú, porque te lo he dicho  otras veces, que un caballero andante como yo, nunca ha de  empequeñecerse ni arrugarse ante enemigos muy superiores.
SANCHO.-  Yo diría que más que empequeñecerse, de lo que se trata en ocasiones, es de ser  prudente, pues tal como afrontamos estas situaciones,  no vamos a hacer otra cosa  que recibir paliza tras paliza y acabaremos  siempre como ahora, con los huesos molidos y el cuerpo más que dolorido.
D. QUIJOTE.- La prudencia la dejo para ti, Sancho, pues la Orden de Caballería que yo profeso, me obliga a ser audaz y justo, mucho más que prudente o melindroso.
SANCHO.- Ya me imagino  yo que deba ser así, ya…
D. QUIJOTE.- Por otro lado, quejarse jamás será algo propio de mí y nunca me verás hacerlo,  aunque me encuentre a veces muy quebrantado  o dolorido.
SANCHO.- Eso es muy de elogiar, señor, pero si al menos se pudieran aminorar  esos males o dolores con algún remedio, como el ungüento blanco, que traigo yo en mis alforjas...
D. QUIJOTE.- No digo yo que no Sancho, pero dudo mucho de las bondades que pueda tener semejante ungüento que dices tener.
(Sancho se levanta, con cierta dificultad, coge de sus alforjas un tarro de barro tapado con un trapo y se vuelve a sentar junto a su amo).
SANCHO.-  ¿Y por qué dice eso, señor? A mí casi siempre me consuela, cuando me lo doy sobre las  partes doloridas… (Mientras, comienza a darse largas friegas, con la especie de crema blanca que contiene el tarro que ha cogido).
D. QUIJOTE.- Pues te lo digo Sancho, a sabiendas de que el único y auténtico remedio válido en estos casos, es el llamado “Bálsamo de Fierabrás”.
SANCHO.-  ¡Válgame el cielo, que yo jamás he oído en mi vida semejante nombre! Ahora, que si usted dice que esa pócima es buena y curativa, no seré yo quien lo ponga en duda.
D. QUIJOTE.- Y haces bien, querido Sancho. Con ese bálsamo, pondremos remedio a nuestras dolencias con toda seguridad. Pero ahora, descansemos un rato antes de ponernos en camino, hasta que encontremos un castillo cercano, donde seamos recibidos con merecidos honores.
SANCHO.-  Pues espero que ese castillo esté habitado y no se encuentre muy lejos de aquí.
D. QUIJOTE.- Confía en mí, Sancho. Llegaremos enseguida a una fortaleza donde podré elaborar, con los ingredientes necesarios, el “Bálsamo de Fierabrás”. Ahora, como te he dicho, es mejor que descansemos y tomemos un poco más de aliento antes de partir.
(Pausa, con música de fondo, mientras se cambia de escenario).
(Los narradores se sitúan de nuevo en el centro del escenario, mientras aparecen en escena Don Quijote, Sancho y el ventero),
NARRADORA.-  Al cabo de un rato caminando,  Don Quijote y Sancho llegan a las puertas de una venta...
NARRADOR.- Don Quijote, en su imaginación, confunde esta venta con un castillo y al dueño de ella,  con el Alcaide del mismo.
NARRADORA.- Pronto piden alojamiento y el ventero les lleva a una espaciosa alcoba, donde arde una chimenea con buena lumbre.
NARRADOR.- Ambos están muy deseosos de instalarse  y poder descansar.
(Los narradores se colocan en un extremo al fondo del escenario),

VENTERO.- (Mirándoles con cierta sorpresa y  recelo).  Pasen, pasen ustedes a este acogedor y cálido aposento, para que descansen y se recuperen.   Por cierto, que  les veo algo demacrados,  como si vinieran  de un  campo de batalla…

SANCHO.-  Y no es exagerado que así le parezca, señor…

D. QUIJOTE.- Calla Sancho, que no has de ser tú quien relate al señor Alcaide de esta fortaleza, las aventuras vividas y los hechos tan heroicos y audaces de los que he sido protagonista y que algún día me serán reconocidos y elogiados en todos los lugares del mundo.

VENTERO.- (Rascándose la cabeza y hablando para sí mismo). ¡Vaya, vaya, vaya,  curioso el alegato que acabo de oír!

SANCHO.-  Como usted mande, mi señor, pero de todas formas, acuérdese de pedir los ingredientes necesarios para fabricar ese ungüento o pócima que alivie nuestros dolores.

D. QUIJOTE.- Por supuesto que sí. Y te recuerdo que no es ninguna pócima o ungüento, sino del maravilloso Bálsamo de Fierabrás. (Dirigiéndose ahora al ventero). Me hará usted el favor, señor Alcaide de entregar a mi escudero en cuanto pueda, lo siguiente que le pido y que no es otra cosa  que esto: un poco de aceite, agua, vino,  sal, romero y… (acercándose al oído del ventero, para decirle en secreto el último ingrediente). Psss, psss, psss.

VENTERO.- Como usted diga señor, intentaré  traerle lo antes que pueda,  esto que me ha pedido. (Hablando ahora para sí mismo y dirigiéndose al público). ¡Qué extraño guiso o mejunje se piensan cocinar este par de elementos!  ¡Extraños personajes estos, a los que tengo que hospedar!

(Se marcha el ventero, por un extremo del escenario, quedándose solos Don Quijote y Sancho en la alcoba. Se sientan ambos en unas sillas, uno frente al otro).


D. QUIJOTE.- (Con tono melancólico.) Amigo, Sancho, es en estos lances tan difíciles, de tristeza y soledad, cuando más echo de menos a mi amada Dulcinea del  Toboso.

SANCHO.-  No es de extrañar, mi señor, pues yo también me acuerdo mucho de Teresa, mi mujer y de mis pequeños y revoltosos “sanchillos”.

D. QUIJOTE.- (Con tono muy ceremonioso ahora). Ya me imagino, ya…Pues  a mí sólo me vale encomendarme a ella, a mi dulce y bella Dulcinea, para que estos momentos pasen lo más pronto posible y sirvan para afrontar con más fuerza y con el  valor de mi brazo, las aventuras venideras, que sin duda le darán motivo para sentirse orgullosa de éste, que es su fiel y valeroso Caballero Andante.

SANCHO.-  (Con tono algo lloroso). ¡Pues diga usted que sí! Pero mejor será que dejemos este tema, pues, de no hacerlo así, me temo que acabaré soltando más de una lagrimita, cosa que no sé si será considerada como propia de un humilde escudero, que sólo intenta servir, lo mejor que puede, a tan noble caballero.

(Vuelve el ventero, por el mismo extremo del escenario por donde había salido, trayendo una bandeja tapada con un paño. Sancho disimula, secándose con  un pañuelo, una pequeña lágrima que empieza a descender por su mejilla).

VENTERO.- (Chistando a Sancho). Aquí le traigo lo que me ha pedido su señor. Si necesitan algo más,  díganmelo.

SANCHO.-  Muchas gracias,  creo que con esto será suficiente.

(Sancho le entrega la bandeja a Don Quijote, que espera sentado junto a la chimenea de la alcoba).

D. QUIJOTE.- Vamos Sancho, apresúrate que pronto daremos forma a nuestro Bálsamo de Fierabrás.

SANCHO.-  (Con tono jocoso), No me le imaginaba a usted de “cocinillas”, señor, ja, ja, ja.

D. QUIJOTE.(Con tono molesto) ¡No te rías ni te burles, mendrugo! ¡No voy a cocinar nada! ¡Jamás haría eso un caballero andante! Tan sólo voy a fabricar el magnífico remedio que sanará nuestras dolencias.

SANCHO.-  Perdón, señor, no pretendía ofenderle, sólo es, que nunca me hubiera imaginado verle de tal guisa…

D. QUIJOTE.- (Tomando un puchero de barro, que está junto a la chimenea). Pues ya sabes el por qué y la seriedad que esto exige.  Así que  préstate de inmediato a ayudarme con todo ello.  Lo primero que tenemos que hacer es mezclar  estos ingredientes en este puchero.

SANCHO.-   Entendido, mi  señor,  la lumbre ya esta avivada.

(Vierten todos los ingredientes en el recipiente y lo ponen al fuego, en la chimenea).


D. QUIJOTE.- Perfecto, pues ahora hay que removerlo y dejarlo cocer  un buen rato.

(Breve pausa con música de fondo mientras ambos se afanan en la preparación del Bálsamo).


D. QUIJOTE.-  (Con tono solemne, mientras coge una aceitera de metal). Ya está, Sancho. Ahora vierte el contenido del puchero en esta aceitera de hojalata. Mientras, vamos a rezar un montón de padrenuestros y avemarías, para que termine de cuajarse, como Dios manda, nuestro Bálsamo de Fierabrás.

SANCHO.-   Como usted mande, señor.

(Vuelven los narradores al centro del escenario)

NARRADORA.- Hecho todo esto, Don Quijote  bebió muy animado y con mucha solemnidad, un buen trago de aquel brebaje…

NARRADOR.- Después, fue  Sancho el que hizo lo mismo que su amo, bebiéndose otro buen trago.

NARRADORA.-  Pero al poco de haberlo tomado, Don Quijote comenzó a vomitar muchísimo y de forma estruendosa.

NARRADOR.-  Y  Sancho,  no tardó tampoco  en notar los  efectos del brebaje, pues le entraron unos enormes retortijones de tripa, tan fuertes que tuvo salir corriendo de allí de forma urgente, para poder evacuar…

NARRADORA.- Así estuvieron ambos durante casi dos horas, que fue lo que  duró la “borrasca”, por decirlo de algún modo.

NARRADOR.-  Y al cabo de este tiempo, Sancho se encontraba ya  tan molido y machacado, que apenas podía moverse.

NARRADORA.-  Muy al contrario que su amo, que después de devolver todo lo que tenía en su estómago, se había quedado plácidamente dormido y aparentemente muy  aliviado.

NARRADOR.- Así, cuando por fin  despertó Don Quijote,  se sentía muy bien y con muchas ganas de emprender de nuevo la marcha para continuar con su noble oficio de Caballero Andante.

(Se retiran de nuevo los narradores a un extremo del fondo del escenario).

D. QUIJOTE.- (Con tono firme y altanero). Yo creo Sancho, que todo este mal te viene por no haber sido armado caballero, a diferencia de lo que me ocurre a mí, que como puedes ver, el Bálsamo de Fierabrás, me ha curado milagrosamente todas mis dolencias.

SANCHO.-  Ay, ay, ay…Pues puede que así sea señor, pero mal ha sido para mí, el que se haya dado cuenta de ello, cuando ya no había lugar para el remedio… (Doliéndose aún más) ¡Ay, ay, ay!

D. QUIJOTE.- Vamos, vamos, Sancho, amigo y  fiel escudero. Levanta ese ánimo y haz honor a tu noble servicio poniéndote a la altura de los más y mejores legendarios escuderos de caballeros andantes, que jamás haya dado la historia.

SANCHO.-  Ay, ay, ay, señor, si animado estoy, pero es que me encuentro muy mal. Vaya usted en busca de Rocinante y  prepare  todo para la partida, que yo  haré lo propio, en cuanto pueda ponerme en pie sin caerme redondo al suelo…

D. QUIJOTE.- (Con tono condescendiente). Está bien Sancho, tómate un tiempo más para recuperarte. Yo estaré esperándote en la puerta del castillo, dispuesto ya para la partida.

(Pausa, con música de fondo, mientras se cambia de escenario).  

(La escena tiene lugar cerca de la puerta de salida de la venta. Los narradores se sitúan de nuevo en el centro del escenario, mientras aparece  Don Quijote).

NARRADORA.- Don Quijote, muy erguido y ceremonioso, espera en la puerta de la venta.

NARRADOR.-  Al poco tiempo llega Sancho tambaleándose aún por los retortijones de tripa.

NARRADORA.- Don Quijote, se dispone a ayudarle a preparar  su jumento y  sus alforjas,  para poder partir cuanto antes.

NARRADOR.- Mientras,  ven que se acerca el ventero hacia ellos, con el fin de entablar conversación, con gesto algo serio.

VENTERO.- ¡Buenas,  señores! (Hablando ahora con retintín) Espero que la estancia haya sido de su total agrado…

D. QUIJOTE.-  Por supuesto que sí. Muchas son las gracias que debo darle, señor Alcaide, por el buen trato recibido, lo cual  le agradeceré todos los días de mi vida.

VENTERO.- (Siguiendo con el retintín) Señor “ca-ba-lle-ro”, no quiero que me agradezca nada. Tan solo necesito que me pague el gasto del alojamiento y el de su acompañante.

D. QUIJOTE.- (Con tono de sorpresa y un poco indignación)  Pues mire usted, señor, lo siento mucho, pero  he de recordarle que yo no puedo desobedecer la Orden que profeso de los Caballeros Andantes, los cuales jamás pagaron alojamiento alguno en ningún lugar.

VENTERO.- ¡Pero, oiga, y yo que tengo que ver con esa orden de no sé qué, para que me pague usted como es debido! 

D. QUIJOTE.-  ¡Lo dicho, quede usted con Dios, señor Alcaide de este magnífico castillo!

VENTERO.- (Con tono enojado) ¡Repámpanos fritos! ¡En mi vida vi cosa semejante!

(Los narradores se sitúan de nuevo enseguida en el centro del escenario).
NARRADORA.- Y sin decir más, arreó a Rocinante y salió de la venta sin que nadie le detuviese, haciendo lo que hoy llamaríamos un buen “simpa”.
NARRADOR.- Sin embargo, Sancho no tuvo la misma suerte que su amo, pues el ventero quiso cobrarle ahora a él, el alojamiento de ambos.

NARRADORA.- Ante lo cual, Sancho se negó rotundamente también.

NARRADOR.-  Pero en este caso no hubo un  “simpa”, sino buen “manteo”.
NARRADORA.- Así fue, pues al pobre escudero le cogieron unos mozos, deseosos de divertirse, que informados  por el ventero  no dudaron en mantear a Sancho, lanzándole por el aire todo lo que quisieron hasta que se hartaron.
NARRADOR.- Así, al cabo de un rato salió Sancho de la venta, lleno de moratones y doliéndole hasta en el carnet de identidad…
NARRADORA.- En el caso de que  en aquella época hubiera existido.
NARRADOR.- Y con esto, acaba ya nuestra representación, esperando, distinguido público, que haya sido del agrado de todos ustedes.
(Música para finalizar, con saludo de todos los actores que vuelven, entre los aplausos del público, al escenario).


                                                                          - Fin -


EL CABALLERO DE LA TRISTE FIGURA Y EL YELMO DE MAMBRINO.

(En el centro del escenario aparecen sentados Don Quijote y Sancho, apoyados  en un árbol. Un poco más adelantados se sitúan los dos narradores).
NARRADORA.- Después de su última aventura, Don Quijote y Sancho se encuentran en un espacioso valle, sentados sobre una espesa y mullida hierba.
NARRADOR.- Ambos descansan y se recuperan, agotados por tantas y tantas aventuras como llevan vividas, intentando hacer el bien y la justicia, por los caminos de la Mancha.
(Los narradores se retiran y se  colocan en un extremo al fondo del escenario),
D. QUIJOTE.- ¡Ay, ay querido, Sancho! Parece que ya al cabo de un rato, de tanto reposar, empiezan a hacer extraños sonidos las tripas, como si reclamaran, con notable exigencia, el  ser atendidas o escuchadas…
SANCHO.-  Pues buena manera tiene, mi señor, de dar a entender lo que yo llevo sintiendo también desde hace un buen rato, que no son sonidos, sino gritos a voces lo que sale de mis tripas y  bien le digo yo, que me comería ahora mismo un buey entero, si lo tuviera delante,  asadito y bien cocinado por mi querida mujercita, Teresa.
D. QUIJOTE.- Ya te digo yo Sancho, que en vista de cómo nos encontramos, será mejor que vayas sacando de tus alforjas, las viandas de que dispongas, para dar buena cuenta de ellas.
(Sancho se levanta y se queda mirando atentamente y de arriba abajo a D. Quijote, que también se acaba de incorporar).
SANCHO.-  ¡Señor, le juro que jamás en mi vida había visto a una persona con tan triste figura como la suya!
D. QUIJOTE.- (Volviéndose de inmediato hacia Sancho). Pues sabes lo que te digo Sancho…
SANCHO.-  (Con cierto pesar). Lo siento, señor, no quería ofenderle. Lo he dicho sin pensar, ya sabe que a veces me comporto como un tarugo y suelto majaderías por mi boca…
D. QUIJOTE.- No tienes que arrepentirte, Sancho por haber sido sincero. La sinceridad no es un defecto, sino una gran virtud.
SANCHO.-  Si usted lo dice…
D. QUIJOTE.- (Adoptando un tono más solemne) Claro que sí, por eso a partir de ahora he de llamarme con el sobrenombre  de…¡El Caballero de la Triste Figura!
SANCHO.-  Si ese es su gusto, no seré yo quien le ponga pegas,  aunque todo haya venido de una torpe ocurrencia mía.
D. QUIJOTE.- Y bien está, querido Sancho, que nos dejemos ya de tanta charla y que comencemos a dar buena cuenta de todo eso que llevas en las alforjas, que la plática está muy bien, siempre y cuando no la ensordezca el concierto de tripas, con el que ahora mismo se nos está deleitando…
SANCHO.- (Mientras va sacando comida de sus alforjas). Pues eso mismo le iba a decir yo.
(Entran de nuevo en escena los dos narradores).
NARRADORA.- Y así estuvieron, caballero y escudero comiendo con muchas ganas durante un buen rato.
NARRADOR.- Después, ambos se quedaron durmiendo una breve pero provechosa siesta, de la que sólo les despertó la lluvia que comenzaba a caer en ese momento.
NARRADORA.- Al desperezarse, vieron que  alguien montado en un burro, se acercaba con rapidez hacia ellos.
NARRADOR.- Se trataba de un barbero, en cuya cabeza relumbraba, como si fuera de oro, una bacía.
NARRADORA.- La bacía era un recipiente que los barberos utilizaban para encajarla en el cuello de las personas a las  que iban a afeitar.
NARRADOR.- Pero que en este caso, nuestro hombre la llevaba  puesta en la cabeza para protegerse de la lluvia que estaba cayendo.  
(Los narradores se retiran y se  colocan en un extremo al fondo del escenario),
(Suena una música de fondo, mientras se prepara la escena).
D. QUIJOTE.- Bien parece, querido Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, así como el que dice que “donde una puerta se cierra, otra se abre”.
SANCHO.- Así es, aunque no entiendo muy bien a santo de qué viene traer a colación semejante refrán.
D. QUIJOTE.- Pues está muy claro y entenderás que digo esto, porque, después de los fracasos que hemos tenido en nuestras últimas aventuras, creo que es ahora ya, y más cuando se nos presenta la ocasión, de conseguir el éxito con una gran victoria.
SANCHO.- Si usted lo dice…
D. QUIJOTE.- ¿Ves allí a ése que viene montado en un pollino? Pues si te fijas bien, eso que trae puesto en su cabeza, es nada más y nada menos que el famoso yelmo de Mambrino.
SANCHO.- ¿Yelmo de Mambrino? A mí me parece señor, otra cosa… Yo dría más bien que lo que lleva en cabeza es una bacía de barbero y que se la ha puesto para protegerse de la lluvia.
D. QUIJOTE.- ¡No dudes Sancho de lo que yo te digo y préstate pronto  a ayudarme!
SANCHO.-  ¡Señor, tenga  cuidado, no sea que vaya otra vez a meter la pata!
(Don Quijote, no escucha ya las advertencias de Sancho y se coloca delante del hombre, apuntándole con su lanza y haciéndole parar en seco).
D. QUIJOTE.- ¡Defiéndete infeliz criatura o entrégame por las buenas lo que se me debe!
BARBERO.- No entiendo nada de lo que me dice, señor. Y no sé qué puedo deberle yo a usted, no conociéndole de nada.
D. QUIJOTE.- ¡Insolente, bribón y mentecato! ¡Vas a pagar muy caro, el atrevimiento de hablar de esa manera a un caballero andante!
(D. Quijote le acerca la punta de la lanza al barbero, haciéndole caer de su burro y salir corriendo despavorido).
BARBERO.- ¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Un loco me quiere matar!
SANCHO.-  (Echándose las manos a la cabeza) ¡Madre mía!
(D. Quijote recoge  la bacía del suelo, que el  barbero ha perdido al caer de su burro).
D. QUIJOTE.- (Dando vueltas a la bacía sobre su cabeza, para que encaje bien). Sin duda, Sancho, el fulano al que se tomo la medida para hacer este yelmo, debía tener una grandísima cabeza…
SANCHO.-  (Hablando para sí mismo).  Por Dios, que lo que se ha puesto mi amo, a modo de sombrero es una palangana, ji, ji, ji, ji. ¿Cómo pensará que le pueda ajustar bien a su cabeza?
D. QUIJOTE.- ¡Qué orgulloso estoy, querido Sancho, de haber conseguido este magnífico yelmo de oro¡ ¡Nada más y nada menos que el Yelmo de Mambrino!
SANCHO.-  (Hablando todavía para sí mismo).  Hombre, eso de que es de oro, nada de nada. Ahora sí, que esta bacía es de muy buena calidad y tiene que valer sus buenos reales.
(Entran de nuevo en escena los dos narradores para finalizar la escenificación).
(Música de fondo).
NARRADORA.- Pues bien, así fue como nuestro D. Quijote, llevó a partir de entonces, en todas sus aventuras por tantos lugares y caminos, una bacía o palangana de barbero en su cabeza o mejor, como diría él: ¡El muy valioso Yelmo de Mambrino!
NARRADOR.- Además de haber adoptado ya para siempre, el sobrenombre de “El caballero de la Triste Figura”.
NARRADORA.- Sancho, a su vez, aprovechó la ocasión para tomar como “botín de guerra”, una  albarda que llevaba el asno del barbero (que es una pieza almohadillada  que se pone sobre el lomo de estos animales, para ir más cómodos o para que no se lastime la carga que lleven).
NARRADOR.- Así se fueron los dos muy contentos, ambos en sus monturas y se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante quisiera llevarles.
NARRADORA.- Y con esto acaba nuestra representación…
NARRADOR.- …Esperando que haya sido muy del agrado de todos los presentes.


                                                      - Fin -

   

LAS BODAS DE CAMACHO.

……………(Música, antes de comenzar)………

NARRADORA.- Iban por un camino, cerca de un pueblo, Don Quijote y Sancho y se  acercaron  a un prado de donde provenía un exquisito aroma a comida recién cocinada. Allí se  iba a celebrar una boda entre una  joven llamada Quiteria y un rico llamado Camacho,  bastante mayor que ella.
Quiteria estaba enamorada del joven Basilio, vecino también de su pueblo, pero su padre le obligaba a casarse con Camacho, sólo por la fortuna que éste poseía.
Cuando llegaron al lugar de la ceremonia y el banquete, Sancho ser acercó a uno de los cocineros:
SANCHO.- ¿Tendría inconveniente en que mojase un mendrugo de pan en una de estas ollas?
COCINERO.- Hermano, este día no es de pasar hambre, gracias al rico Camacho. Coged lo que os apetezca.
SANCHO.- ¡Gracias! ¡Muchas gracias, amigo!
NARRADORA.- Mientras tanto,  Don Quijote estaba mirando cómo llegaba por todas partes multitud gente. Venían también acompañándoles algunos músicos y danzantes.
GENTE.- ¡Vivan Camacho y Quiteria! ¡Viva Camacho, el más rico y viva Quiteria, la más hermosa!
DON QUIJOTE.-(Al oír esto). ¡Bien claro está que éstos no han visto a mi amada Dulcinea del Toboso!
NARRADORA.- En aquel momento, llegaron al lugar, adornado de alfombras y ramos, los novios, el cura y el resto de acompañantes.
Pero cuando ya estaban preparados para la ceremonia, oyeron a sus espaldas una voz que gritaba.
BASILIO.- ¡Esperad un poco! ¡No tengáis tanta prisa, gente imprudente y desconsiderada!
NARRADORA.- Al oír estas voces todos volvieron la cabeza sorprendidos hacia donde se encontraba Basilio.
BASILIO.-  Bien sabes, amada Quiteria, que mientras yo esté vivo,  no puedes tomar a nadie por esposo, así que para no estorbar tu felicidad, resolveré este inconveniente quitándome la vida. ¡Viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria y muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su felicidad!
NARRADORA.- Dicho esto, cogió una espada que llevaba envainada y se atravesó el pecho, quedando herido y tendido en el suelo. Don Quijote, que estaba a su lado, lo tomó en sus brazos y pudo comprobar que aún estaba vivo.
QUITERIA.- (Sollozando)  ¡No, Basilio!  ¡Qué has hecho, mi amor!
NARRADORA.- Acudieron rápido sus amigos socorrerle, apenados por su desgracia.
BASILIO.- (Volviendo un poco en sí, con voz doliente). Si quisieras cruel Quiteria concederme un último deseo, casándote conmigo, aún pensaría que esto que has hecho tiene alguna disculpa, pues moriría siendo tuyo.
DON QUIJOTE.- ¡Este hombre pide una cosa muy justa y en mi opinión, el señor Camacho quedará muy honrado recibiendo por  esposa a la señora Quiteria, viuda del valeroso Basilio!
CAMACHO.- (Algo confuso)  Si es así, consentiré que ambos se casen, pues es la última voluntad que pide este infeliz moribundo.
QUITERIA.- (Triste y pesarosa cogiéndole  su mano derecha). Te doy la mano de esposa y recibo la tuya si me la das.
BASILIO.-  Sí te la doy y me entrego por tu esposo.
SANCHO.-  (Hablando para sí mismo).Para estar tan herido este muchacho, bien parece que habla…
CURA.- (Bendiciendo a los dos)  Yo os declaro marido y mujer. (Después, dirigiéndose a Basilio).- Ruego a Dios que acoja el alma  de este pobre desdichado.
NARRADORA.- Nada más acabar el cura sus ruegos y oraciones, se levantó Basilio de un brinco y se sacó el estoque con gran facilidad.
GENTE.- ¡Milagro, milagro!
QUITERIA.- ¡Oh!
BASILIO.-  ¡Nada de milagro! ¡Ingenio, ingenio!
NARRADORA.- El cura sorprendido, fue a tocar la herida de Basilio y comprobó que la espada no había pasado por su cuerpo, sino por un tubo hueco que contenía  una bolsita con un líquido rojo, que simuló ser la sangre.
CAMACHO.-  ¡Esto es una burla intolerable! ¡Me siento insultado!
NARRADORA.- Los parientes y amigos de Camacho desenvainaron sus espadas, dispuestos a vengar la ofensa, pero en ese momento se puso frente a ellos Don Quijote, apuntándoles con su lanza.
DON QUIJOTE.-  ¡Calma, señores! ¡No hay razón para tomar venganza! En el amor y en la guerra, los engaños y estratagemas están permitidos para vencer al enemigo. Por lo tanto, Quiteria es de Basilio y Basilio de Quiteria, porque así lo han querido los cielos  y el que intente otra cosa, pasará por la punta de mi lanza.
NARRADORA.- Todos retrocedieron al oír esto, sorprendidos y  asustados.
CAMACHO.- (Con tono reflexivo). Puesto que no hay más remedio que aceptarlo y ambos están casados por la gracia de Dios…
CURA.- ¡Y qué así sea, con mis bendiciones!
CAMACHO.- (Retomando la palabra)…Considero que, habiéndome casado con ella, haciéndola mi esposa, ella hubiera seguido siempre muy enamorada de este joven, por lo tanto debo decir con certeza, que no me siento burlado. Y para demostrarlo, ya que el banquete está preparado, pues que lo disfruten los recién casados, parientes y amigos. ¡Qué siga la fiesta!
GENTE.- (Aplausos) ¡Viva Camacho, por su generosidad! ¡Vivan los novios!  ¡Vivan Basilio y Quiteria! 

(Suena la música, mientras invitados y danzantes comienzan a bailar con alegría).


                                                                                    -  FIN-




EL JUICIO DE LAS CAPERUZAS.

NARRADORA.- Don Quijote y Sancho se acercan a una pequeña villa. Se trata de la “Insula Barataria”,  perteneciente a unos grandes Duques, los cuales han querido cedérsela a Don Quijote, en gratitud por sus grandes hazañas y méritos alcanzados.
Se detienen un momento antes de entrar en ella, pues don Quijote quiere comunicarle,  algo muy importante a su fiel escudero Sancho:

D. QUIJOTE.- Por fin amigo Sancho, quiero ser generoso contigo y pagarte como te mereces, por tantos trabajos y desvelos que has tenido, desde el día en que decidiste servirme y acompañarme por todas estas tierras de España.
SANCHO.- A ciencia  cierta que es así y que ambos hemos padecido grandes calamidades, en cumplimiento de este duro oficio de caballero andante, que vuestra merced decidió  profesar.
D. QUIJOTE.- Por eso mismo hoy tengo el gran honor de haceros Gobernador de esta Ínsula,  la cual han tenido a bien entregarme muy generosamente, nuestros amables y bondadosos Duques.
SANCHO.- ¡Es un gran honor para mí y espero no defraudarle, mi señor!
D. QUIJOTE.- No hace falta que te diga, lo importante que es tener siempre los ojos bien abiertos y agudizar el ingenio. Debes seguir siempre los consejos que  te he dado y  aplicar la  justicia más justa en todos tus actos. Ser Gobernador es una gran responsabilidad. Si ejerces tu cargo con sabiduría y bondad, tendrás esos grandes beneficios, que sin duda te has merecido, por servirme con tanta nobleza.
NARRADORA.- Don Quijote le dio un emocionado abrazo a Sancho, dejándole  a las puertas de su Insula Barataria (al parecer Sancho, desconocía que una Ínsula es en realidad  una isla, pero eso daba igual). Pronto llegó hasta el palacio que le habían asignado como gobernador. Poco después, le llevaron hasta la sala donde se resolvían los juicios y pleitos entre los ciudadanos.
Al cabo de un rato entraron un sastre y  labrador, visiblemente contrariados.
SASTRE.- Señor gobernador, este hombre no quiere pagarme el trabajo que me encargó…
LABRADOR.- (Hablando con rabia) ¡No se lo pago, señor,  porque me siento engañado y vilmente estafado por este villano!
SANCHO.- (Intentando calmar los ánimos) Bien, lo mejor en este caso, es que me cuenten con pelos y señales todo lo que ha ocurrido.
SASTRE.- De acuerdo, señor gobernador. En un instante, si mi cliente está de acuerdo, le representaremos con exactitud, cómo ocurrieron los hechos, que nos han motivado este desagradable pleito.
LABRADOR.- Sí, estoy de acuerdo.
NARRADORA.- Y ambos se dispone a representar con detalle,  todo lo acaecido.
……………………………………………………………………………………………
SASTRE.- Hola, buenos días. ¿Qué deseaba usted?
LABRADOR.- Buenos días, señor sastre. ¿Habría suficiente tela, con este paño que le traigo para hacerme una caperuza?
SASTRE.- Sí, claro, por supuesto que sí.
NARRADORA.- Pero el labrador, muy desconfiado, pensó que el sastre, que le había contestado muy rápido, le haría una caperuza y se quedaría con la parte del paño que le sobrara. De esta manera, con tono socarrón, le volvió a preguntar:
LABRADOR.- ¿Y Habría para dos caperuzas?
SASTRE.- Sí, claro que se podrían hacer dos.
NARRADORA.- Y así continuaron, hasta que el labrador  finalizó pidiéndole lo siguiente:
LABRADOR.- (Muy altanero) ¿Y Habría hasta para cinco caperuzas?
SASTRE.- (Ya algo molesto)  ¡Sí, claro  que sí!  ¡Se podrían hacer hasta cinco caperuzas!
NARRADORA.- Al cabo de unos días… el sastre le saca las cinco caperuzas que ha confeccionado, que en lugar de servirle para la cabeza, solo le caben en cada uno de los cinco dedos de la mano.
LABRADOR.- (Indignado)  ¿Pero qué es esto? ¡Pretende que le pague esas ridículas  caperuzas!
SASTRE.- (Con tono irónico) ¡Es lo que usted me encargó! Con el paño que me dio, no se pueden confeccionar nada más que estas cinco caperucitas…
LABRADOR.-  (Muy furioso ahora) ¡Me toma usted el pelo! ¡Págueme el valor del paño o devuélvame uno que sea exactamente igual!
NARRADORA.- Y así acabó la representación de los dos hombres.  Esperaron entonces pacientemente, un veredicto justo y sensato que saliera de la boca del  gobernador  Sancho. Éste tardó poco en dictar sentencia, ante las risas de todos los presentes, que no salían de su asombro, al ver las cinco diminutas caperuzas, que el sastre, con aire burlesco, mostraba bien encajadas en los dedos de su mano.
(En este momento hace su aparición don Quijote en la sala, justo cuando Sancho se dispone a hablar).
…………………………………………………………………………………………….
SANCHO.- Doy por sentencia justa, que el sastre pierda el pago del trabajo realizado y que el labrador a su vez, pierda el paño que le entregó. También ordeno, que las caperuzas sean entregadas a los presos de la cárcel, para su provecho. ¡Y qué no se hable más de este asunto!
NARRADORA.- Los dos personajes del pleito, se fueron algo serios y pensativos, pero conformes  con la sentencia. Se despidieron del gobernador y de don Quijote con una respetuosa  reverencia.
D. QUIJOTE.- En verdad, mi fiel amigo y servidor escudero que no tengo palabras suficientes para elogiar la actuación que has tenido ante semejante pleito. Me siento orgulloso de que mis enseñanzas hayan conseguido al final dotar de  esta gran lucidez y sabiduría a vuestra sesera. ¡Doy gracias al cielo por todo ello!
SANCHO.- Agradezco mi señor, estas palabras de ánimo,  pero tengo que decir, que todo esto  se lo debo a su gran eminencia, y que por eso recibe el nombre, por el que todo el mundo le conoce ya como: ¡EL INGENIOSO HIDALGO Y CABALLERO DON QUIJOTE DE LA MANCHA!

NARRADORA.- Y  todos los presentes aplaudieron con gran entusiasmo.
(Pidiendo también un aplauso para los intervinientes).

                                              - FIN -


EL JUICIO DEL BASTÓN Y LOS DOS ANCIANOS.


NARRADORA.- Don Quijote y Sancho se encuentran en una pequeña villa, donde están pasando unos días. Se trata de la llamada “Insula Barataria”,  perteneciente a unos grandes Duques. Éstos han querido cedérsela a Don Quijote, que a su vez, se la ha entregado a Sancho,  en pago a todos los servicios que, como escudero, le ha prestado. Sancho es el gobernador de esta “Ínsula” e imparte justicia de forma muy acertada, como  en el caso del “juicio de las caperuzas”, ocurrido antes que éste, que acontece ahora:
D. QUIJOTE.- Esto es,  amigo Sancho, lo que  te mereces, por tantos trabajos y desvelos que has tenido, desde el día en que decidiste servirme y acompañarme por todas estas tierras de España.
SANCHO.- A ciencia  cierta que es así y que ambos hemos padecido grandes calamidades, en cumplimiento de este duro oficio de caballero andante, que vuestra merced decidió  profesar.
D. QUIJOTE.- Por eso mismo, estoy muy orgulloso por la manera en  que estás desempeñando este importante cargo de gobernador. Los ciudadanos de Barataria, hablan maravillas de la mesura y juicio  con les gobiernas.
SANCHO.- ¡Es un gran honor para mí y espero no defraudarle, mi señor!
D. QUIJOTE.- Lo sé y no hace falta que te recuerde, lo importante que es tener siempre los ojos bien abiertos y agudizar el ingenio. Debes seguir siempre los consejos que  te he dado y  aplicar la  justicia más justa en todos tus actos. De esta manera obtendrás esos grandes beneficios, que sin duda te has merecido, por servirme con tanta nobleza.
NARRADOR.- Ya sabemos que Sancho, desconocía que una Ínsula era en realidad  una isla, pero eso a él daba igual. (Don Quijote se despide y le da un emocionado abrazo a Sancho, antes de marcharse).
D. QUIJOTE.- ¡Queda con Dios, amigo Sancho!
 


……………….Pausa, con música de fondo…………..

NARRADOR.- Aquella mañana, Sancho volvió a entrar en la sala donde se resolvían los juicios y pleitos entre los habitantes de la villa. Aquí se encontraban varias personas, esperando su turno para ser atendidas por el gobernador. Entre ellas había dos ancianos, uno de los cuales llevaba un llamativo bastón y una mujer aldeana, con aspecto rudo, que acababa de entrar en la sala. Todos ellos se mostraban visiblemente contrariados.
ANCIANO PRESTAMISTA.- Señor gobernador, con el debido respeto me dirijo a usted, para exponerle las razones del pleito que tengo, con el que aquí me acompaña…(Señalando al anciano del bastón).
ALDEANA.- (interrumpiendo) Oiga, como se atreve, anciano… ¡Estaba yo primera!
SANCHO.- Señora, guarde usted la compostura. Estos señores estaban aquí esperando, antes de que usted llegara. Yo mismo lo he visto con mis propios ojos.
ALDEANA.- Disculpe usted mi atrevimiento, “ilustrísimo”  señor don Sancho Panza (diciéndolo con retintín), pero de toda la vida es sabido, que las buenas costumbres exigen a los caballeros ceder siempre el paso a las damas…
SANCHO.- (Con tono enfadado) Pues yo digo que, por encima de esas buenas costumbres, está la razón que nos dice,  que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos y obligaciones. Así que, le ruego que se aparte y espere su turno, como es debido. (La aldeana le obedece, pero con gestos de notable desagrado, mientras Sancho se dirige de nuevo al anciano). Prosiga usted, por favor y  sin más dilación,  con el relato de los hechos.
ANCIANO PRESTAMISTA.- Así lo haré, Señor gobernador (Haciendo un gesto de  reverencia en agradecimiento). Pues mire usted, a este  hombre le presté hace días diez escudos de oro, con la condición de que me los devolviese cuando se los pidiese…
ANCIANO DEL BASTÓN.- Sí, en verdad que eso es cierto.
ANCIANO PRESTAMISTA.- Bueno, pues pasaron muchos días y cuando se los he ido a pedir, me los niega y me dice una y otra vez que ya me los ha devuelto.
SANCHO.- ¿Qué decís a esto, buen hombre?
ANCIANO DEL BASTÓN.- Yo, señor, confieso que me los prestó, y se los devolví, pero para que crea bien que esto es cierto, estoy dispuesto a jurar por mi honor, que, tal como he dicho, se los he devuelto.
SANCHO.- Pues si ambos están de acuerdo,  que sea así. Jure usted sin más, conforme  a todo  lo que ahora está diciendo.
NARRADORA.- Entonces el  anciano que tenía el bastón, se lo dio al prestamista, para que se lo sostuviese, mientras él levantaba la mano,  para realizar el juramento.
ALDEANA.- ¡Vaya par de cansinos históricos! ¡Aquí me van a dar las uvas, hasta que a mí me llegue el turno de exponer, el penoso pleito que traigo!
SANCHO.- ¡Por qué no se calla, Señora!, Si no lo hace al punto, tendré que ordenar  que le echen  de inmediato de esta sala.
ALDEANA.- Señor gobernador, yo soy una señora muy educada y formal, por lo que no se verá obligado a tomar tal medida…(Se oyen risas de todos los presentes).
SANCHO.- ¡Pues si es tan educada y formal, vive a Dios, que no lo demuestra en absoluto! (Se oyen risas de nuevo de  los presentes).
ALDEANA.- Está bien, Señor, ya me callo: ¡punto en boca!
Por ahora… (diciendo esto último  para sí misma).
SANCHO.- Prosiga usted entonces, sin más tardanza.  con su juramento.
 


…………Breve pausa musical …………..

ANCIANO DEL BASTÓN.- Con su permiso señor, que así lo haré. (Levantando la mano derecha). Juro que yo he devuelto, de mi mano a la suya, los diez escudos de oro que este hombre me prestó.
(Una vez hecho el juramento, le pidió de nuevo su bastón, con un gesto, al anciano prestamista y éste se lo devolvió).
SANCHO.- ¿Qué responde usted ante esto, señor prestamista?
ANCIANO PRESTAMISTA.- (Dubitativo y sumiso).Creo que debe decir la verdad, pues nadie es capaz de jurar en falso…Quizá, por mi edad, debo reconocer que me va fallando la memoria...
ANCIANO DEL BASTÓN.- (Con la cabeza extrañamente baja). Pues en ese caso y ante este reconocimiento, creo que podré marcharme sin más premura…
ALDEANA.- (Dirigiéndose al público). ¡Por fin, parece que estos dos carcamales terminan ya su ridículo pleito!
SANCHO.-  ¿Decía algo usted señora?
ALDEANA.- No señor, Dios me libre… Tan solo pensaba en voz alta. (Se vuelven a oír risas entre los presentes).
ANCIANO DEL BASTÓN.(Dirigiéndose ya a la salida). Pues bien, si no necesitan nada más de mí, les deseo a todos que tengan un buen día…
SANCHO.- (Interrumpiendole con autoridad) ¡No tan deprisa, amigo mío! ¡Pare usted un momento y venga para acá de nuevo!
ANCIANO DEL BASTÓN.(Con sorpresa) ¿Cómo…? De acuerdo, como usted ordene, gobernador...Pero no entiendo…
SANCHO.- Yo sí que lo entiendo…¿Me puede usted dar su bastón?
ANCIANO DEL BASTÓN.(Mientras se lo entrega, todos los presentes atienden intrigados). ¿Pero y esto? ¿Por qué…?
SANCHO.- (Le da  a su vez el bastón al prestamista). Tenga, buen hombre, que con esto ya estáis pagado.
ALDEANA.- ¡Esto sí que es bueno! ¡Menuda sentencia más chunga!
ANCIANO PRESTAMISTA.- (Muy extrañado). ¿Acaso puede valer este bastón diez ducados de oro, señor?
SANCHO.- ¡Ya lo creo que los vale, o si no yo soy el mayor necio del mundo! Deme usted su bastón y preste mucha atención.
(La aldeana se toca con un dedo la sien, haciendo un gesto de locura, referido al gobernador, mientras éste parte el bastón en dos, ante el asombro de todos los presentes, que llenan la sala con un “oooh” , pues nada más hacerlo, caen sobre el suelo las diez monedas de oro del prestamista).
ANCIANO PRESTAMISTA.- (Dirigiéndose al otro anciano). ¡Tenía yo razón! ¡Eras un granuja! Como iba yo a pensar que cuando jurabas que me habías devuelto mi dinero, era porque mientras lo hacías, me entregabas el bastón donde se encontraba y así decías en verdad, que me los habías devuelto.
SANCHO.- Pues sí, y este sinvergüenza se va a pasar tres días en el calabozo, para que reflexione y no vuelva nunca más a engañar a la gente honrada.
ALDEANA.- ¿Y en lo que a mí respecta, señor? Podrá atenderme ahora después de tanta espera…
SANCHO.- (Pensando un poco antes de responder). A usted, señora, tengo que decirle, que me han molestado mucho sus impertinencias, así que hoy no la voy a atender, será…¡Mañana! (Alargando la palabra y con mucha ironía)
NARRADOR.-  Y así acabó este juicio.  El anciano prestamista agradeció mucho a Sancho la gran agudeza que había tenido y su sentido de la justicia, mostrándole una enorme admiración, al igual que hicieron todos los allí presentes

……Breve pausa musical, mientras hace su aparición don Quijote en la sala).  …………..

D. QUIJOTE.- En verdad, mi fiel amigo y servidor escudero que no tengo palabras suficientes para elogiar la actuación que has tenido ante semejante pleito. Me siento orgulloso de que mis enseñanzas hayan conseguido al final dotar de gran lucidez y sabiduría a vuestra sesera. ¡Doy gracias al cielo por todo ello!
SANCHO.- Agradezco mi señor, estas palabras de ánimo,  pero tengo que decir, que todo  se lo debo a su  eminencia, que por esto recibe el nombre, por todo el mundo ya conocido de:  
¡EL INGENIOSO HIDALGO Y CABALLERO DON QUIJOTE DE LA MANCHA!

NARRADOR.- Y  todos los presentes aplauden con gran entusiasmo. (Pidiendo también un aplauso para los intervinientes).



……………………………..Música para finalizar………………


-        FIN    -




EL MENÚ DE BARATARIA.

NARRADORA.- Don Quijote y Sancho se encuentran en una pequeña villa, llamada “Insula Barataria”, perteneciente a unos grandes Duques. Éstos han querido cedérsela a Don Quijote, que a su vez, se la ha entregado a Sancho,  en pago a todos los servicios que, como escudero, le ha prestado. Sancho es el gobernador de esta “Ínsula” e imparte justicia de forma muy acertada, como  en los casos del “Juicio de las caperuzas”, o el del “Bastón y los dos ancianos”. Terminado el trabajo de la mañana, Sancho se encuentra, junto a D. Quijote, en la sala del comedor, dispuesto a saciar su enorme apetito.
D. QUIJOTE.- Esto es,  amigo Sancho, lo que  te mereces, por tantos trabajos y desvelos que has tenido, desde el día en que decidiste servirme y acompañarme por todas estas tierras de España.
SANCHO.- A ciencia  cierta que es así y que ambos hemos padecido grandes calamidades, en cumplimiento de este duro oficio de caballero andante, que vuestra merced decidió  profesar.
D. QUIJOTE.- Tengo que decirte además, que estoy muy orgulloso, por la manera en  que estás desempeñando este importante cargo de gobernador. Los ciudadanos de Barataria, hablan maravillas de la mesura y juicio  con que les gobiernas.
SANCHO.- ¡Es un gran honor para mí y espero no defraudarle, mi señor!
D. QUIJOTE.- Lo sé y no hace falta que te recuerde, lo importante que es tener  los ojos bien abiertos y agudizar el ingenio. Debes seguir siempre los consejos que  te he dado y  aplicar la  justicia más justa en todos tus actos. De esta manera obtendrás esos grandes beneficios, que sin duda te has merecido, por servirme con tanta nobleza.
NARRADOR.- Ya sabemos que Sancho, desconocía que una Ínsula era en realidad  una isla, pero eso a él daba igual. (Don Quijote se despide y le da un emocionado abrazo a Sancho, antes de marcharse).
D. QUIJOTE.- ¡Queda con Dios, amigo Sancho!
 

……………….Pausa, con música de fondo…………..


CAMARERA 1.- Siéntese  señor gobernador a disfrutar del “Menú de Barataria”, famoso en el mundo entero por sus grandes exquisiteces y “delicateses”.
CAMARERA 2.- Sí, pero antes, le deleitaremos con un pequeño espectáculo de recitación, música y danza, que sin duda va a ser de su agrado.
SANCHO.- (Sentándose en la mesa y relamiéndose, pensando ya en la comilona que le esperaba). Pues bien, que comience cuanto antes, que ya me están las tripas pidiendo guerra…(Mientras se toca la barriga).
 

……Comiena a sonar una suave musiquilla …………..

CAMARERA 1.-
La de los molinos fue una aventura,
para don Quijote muy dura,
pues creyó que  estaban encantados
y  que eran  gigantes malvados.

CAMARERA 2.-
Don Quijote con Rocinante se abalanzaba
hacia los molinos que sus aspas giraban.
“¡No huyáis malditos cobardes y malandrines,
qué un solo hombre os arremete, jolines!”

CAMARERA 1.-
Sancho Panza con furor le gritaba:
¡Señor, por favor, no lo haga!
Que los gigantes están en su mente,
y yo veo  molinos, simplemente

CAMARERA 2.-
Don Quijote con fuerza embistió
y el molino por los aires  lo lanzó.
En el suelo quedó  mal parado
y también muy enfadado.

CAMARERA 1.-
Y Sancho Panza corrió a su lado…

SANCHO.- (Interrumpiendo y levantándose visiblemente molesto)
¡Pues también estaba muy malhumorado…!
¡Y basta ya de tanta mandanga,
y que comience ya la  comanda!
Que empiezo muy harto a estar,
de no comer y   tanto danzar.
(Remarcando ahora con  retintín)
¡Y harto de tanta  coplilla  y bailoteo
que recuerda  a mi amo con tanto “choteo”!

(Para entonces de sonar la música y las camareras salen del comedor, dispuestas ya para traer los primeros platos, mientras entra el médico en escena).

MÉDICO.- Cálmese,  señor gobernador que ya verá como enseguida podrá degustar el  excelente menú que le han preparado los cocineros. (El médico bendijo la mesa y Sancho se ajustó la servilleta al cuello, bebió un poco de la copa que tenía en la mesa y se dispuso a dar buena cuenta de todos los manjares que le esperaban).
CAMARERA 1.- ¡Aquí está el primer plato, señor! Una exquisita sopa de olla podrida. (La camarera le sirve la sopa con un cazo).
SANCHO.- ¡Eche, eche sin temor, que ya me crujen las tripas nada más oler ese caldo y ver  los tropezones que lo acompañan!
CAMARERA 1.- Qué le aproveche, señor.
(Pero antes de que Sancho pudiera probar la primera cucharada, el médico interviene, dándole con una varita en la mano y haciéndole devolver la cuchara al plato).
MÉDICO.- ¡Pare, señor gobernador! (Haciendo un gesto a la camarera para que retirara el plato). Esta sopa con tropezones, puede provocar un verdadero tropezón en su estómago…
SANCHO.- (Con tono suplicante) ¿Pero por qué, si parece buenísima?
MÉDICO.- ¿Por qué…?  Pues,  porque nuestro maestro Hipócrates  lo dice: “Omnis saturatio mala es”, que traducido del latín, significa que todo hartazgo es malo.
SANCHO.- Bueno, pues no seré yo quien contradiga a ese maestro Hi-pó-gri-fa, Hi-pó-gra-sa (trabándosele la lengua), Hi-pó-cri-ta o como quiera que se llame…
MÉDICO.-  “Hi-pó-cra-tes”, señor. Fue un famoso médico de la antigua Grecia …
CAMARERA 2.- (interrumpiendo) ¡Segundo plato!  Alubias rojas con carne de cerdo, chorizo,  verdura y huevos.
SANCHO.- ¡Oh! ¡Qué olor tan maravilloso desprende! ¡Sirva, sirva sin temor, que ya se me está haciendo la boca agua! (La camarera se dispone a llenarle el plato, pero el médico interpone su vara impidiéndolo, ante la perplejidad de Sancho).
MÉDICO.-  ¡Pare usted de servir este plato
                   y retírelo de inmediato!
SANCHO.- ¿Pero qué hace usted,  mentecato?
MÉDICO.-  ¡Cuidar de su salud, desde hace un rato!
SANCHO.- ¡Pues deje de hacerlo o le mato!
Y basta ya de tanta rima y tanta majadería... Ya me gustaría, al punto saber, en qué clase de universidad de pollinos estudió usted, y  dónde tan disparatados conocimientos le enseñaron…
MÉDICO.-  Señor gobernador, me ofende usted. Mis estudios fueron  en la prestigiosa y conocida Universidad de…
SANCHO.- (Interrumpiéndole) ¡Me da igual saber o no. el nombre de ese lugar y más todavía, si de él  salen enseñados de esta guisa, semejantes asnos, que sólo saben matar de hambre a la gente!  

Y de mi vista quítese de inmediato,
no sea que me dé un arrebato
y coja un buen garrote
y le dé con él en el cogote.

MÉDICO.- (El médico, después de oír esto, se marcha de inmediato)….Y  luego  dirá  él  que:  “¡basta ya de tanta rima!”.

CAMARERA 1 y CAMARERA 2.- (Apareciendo una con una fuente repleta de fruta y la otra con una bandeja con un pastel) ¡Señor gobernador: aquí le traemos  el postre!
SANCHO.-  Venga, venga aquí ese postre, tan huérfano de comida.
(Se van las camareras, después de dejar la fuente y la bandeja sobre la mesa, pero vuelven de inmediato, trayendo,  la Camarera 1,  una carta en su mano).
SANCHO.-  ¡Por fin, gracias al cielo, podré meter algo en mi andorga!
CAMARERA 2.- Espere, espere un momento, señor gobernador: los duques de Barataria nos acaban de enviar una carta urgente para usted.
SANCHO.-  ¿Ah sí? Pues díganme  rapidito lo que pone en ella, que  ya no puedo esperar más, si no quieren que desfallezca aquí mismito…
CAMARERA 1.- Como desee, señor. Le resumo lo que pone. A ver, a ver… Aquí dice que tienen noticia ellos, de que han entrado unos enemigos en la Ínsula y que le han envenenado la comida  del menú de hoy.
SANCHO.- (Atónito)  ¡Recórcholis!  ¡Gracias a Dios que no la he llegado a probar! ¡A  final tendré que dar las gracias al medicucho ese de las narices!
CAMARERA 2.- (Compadecida, saca algo de una bolsa que lleva colgada). Tenga, señor, este racimo de uvas: está con seguridad libre de veneno, pues lo acabo de coger de la parra que hay en el patio.
SANCHO.- Gracias, gracias … Al menos no acabará así mi estómago tan vacío y desfallecido. ¡Y qué ricas parecen estas uvitas!

(……Breve pausa musical. Las camareras se van y hace su aparición don Quijote en la sala).  …………..

D. QUIJOTE.- En verdad, mi fiel amigo y servidor escudero que ya  tenía ganas de verte de nuevo  y preguntarte cómo te había ido con  el menú de Barataria y si te había gustado. Según me han comentado, aquí trabajan algunos de los mejores cocineros del país…(Fijándose en el racimo que comía Sancho). Ah…y   veo que  ya estás dando buena cuenta del postre.
SANCHO.- (Mientras devora las uvas). Sí y con gran disgusto, tengo que decirle mi amo, que es lo único que he probado, pues  un miserable médico, que decía que velaba por mi salud, no me ha dejado ni oler la comida, aunque, bien le digo, que  si no llega a ser por ese gran zoquete, quizá ahora…  ya no estaría en este mundo.
D. QUIJOTE.- ¿Cómo es posible esto que me cuentas? Y yo que te hacía degustando y hartándote de riquísimos manjares, aunque… ya me imagino yo la “maldad” que escondían dentro.  Ahora bien te digo, Sancho, que así debes darte cuenta, que la vida de los gobernantes, es más dura de lo que parece y que han de hacer frente a multitud de tribulaciones, enemigos, magos encantadores y malandrines de todo tipo, que en ocasiones,  sólo pretenden acabar con ellos.
SANCHO.- Y nunca mejor dicho señor. Como siempre,  sus palabras no pueden ser de lo más acertadas y juiciosas.
D. QUIJOTE.- Y yo me siento muy orgulloso de cómo estás llevando a cabo este difícil gobierno de la Ínsula y de la manera en que aplicas, punto a punto,  mis enseñanzas, que sin duda van dando lucidez a todas tus actuaciones. 
SANCHO.- Agradezco  señor, estas palabras de ánimo y tengo que decir, que todo ello se lo debo a su  eminencia, que por esto recibe el nombre, tan conocido ya por  todos los rincones del mundo, de:  
“¡EL INGENIOSO HIDALGO  DON QUIJOTE DE LA MANCHA!”

NARRADOR.- ¡Pido un aplauso muy fuerte para todos los intervinientes!
 

……………………………..Música para finalizar………………          
                                              -  FIN -

SERIE: PERSONAJES ILUSTRES DE TALAVERA DE LA REINA.









FRAY HERNANDO Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA.

                                                   ACTO I
NARRADORA.- Os voy a presentar a alguien que desempeñó un   papel muy importante, en un momento crucial de la historia de España.  Nació en Talavera de la Reina y  es precisamente, quien da nombre a nuestro querido Colegio.
FRAY HERNANDO.- Déjame al menos, que diga yo algunas palabras, a este  distinguido público que se encuentra en la sala.
NARRADORA.- Me imagino que ya sabréis de quien se trata…(Pausa para que el público diga el nombre: “¡Fray Hernando!”) …estoy de  acuerdo, nadie mejor que el  protagonista de esta historia, para que nos dé unas breves pinceladas sobre su vida.
FRAY HERNANDO.-  Pues bien, empezaré mi autobiografía, diciendo que nací en esta noble ciudad de Talavera de la Reina, en la calle que ahora recibe mi mismo nombre y en el año 1428. Ya me imagino (Dirigiéndose ahora al público),  que  todos sabréis que este año pertenece al siglo… XV. (Espera un poco por si el público lo dice).
NARRADORA.-  Debo  deciros que el que tengo aquí a mi lado,  fue un fraile perteneciente a la Orden de los Jerónimos, llegó a ser obispo de Ávila, primer arzobispo de Granada y confesor de la reina Isabel la Católica. Como podéis ver: ¡casi nada!
FRAY HERNANDO.-  Veo que conocéis muy bien los principales logros de mi vida…sobre todo los que tuvieron lugar durante el reinado de los Reyes Católicos: Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.
NARRADORA.-  …Sí, pero hay un episodio de vuestra vida, al que quizá no se le haya dado la importancia que se merece y es precisamente, sobre el que se va a centrar esta representación, que desde este momento y sin más dilación quiero que comience ya. (Música,  mientras aparece ahora en escena  la Reina Isabel).
REINA ISABEL.- (Dirigiéndose a Fray Hernando) Estimado confesor, tengo que deciros que hay un famoso  almirante llamado Cristóbal Colón que  ha propuesto a nuestra corona una importante empresa: consiste en buscar una nueva ruta  para llegar a las Indias, navegando hacia el oeste y atravesando todo el océano.
FRAY HERNANDO.- (Se queda pensando un rato) Parece, en principio,  un proyecto bastante complicado y difícil, en mi opinión.
REINA ISABEL.- Por eso mismo quiero  pediros que presidáis una Comisión de expertos, que examine con detalle, todos los pormenores de esta empresa y valore la conveniencia o no de llevarla a cabo.
FRAY HERNANDO.- Así lo haré, mi señora.
(Se van todos y entra  el/la  narrador/a  en escena).
NARRADORA.-   Fray Hernando se despidió de la Reina y formó en seguida la Comisión de sabios y expertos encargados de analizar los pros y contras del viaje que Colón pretendía realizar. Al mando de ellos nombró a un Comisionado de su confianza, para que le informara del resultado de las deliberaciones.
(Música de fondo, mientras entran en escena Fray Hernado y el Comisionado).
FRAY HERNANDO.-  Y bien, decidme pues, cuál ha sido por fin la valoración que ha hecho vuestro grupo de sabios y  expertos.
COMISIONADO.- Sí, al momento se la daré: pues bien, después de largas deliberaciones y estudios,  dudamos mucho de que este viaje se pueda realizar. Lo consideramos muy costoso y lleno de riesgos, ya que  los cálculos de Colón nos parecen  erróneos.
FRAY HERNANDO.-  ¿Estáis seguros de ello? Yo pienso sin embargo que abrir una nueva ruta comercial hasta las Indias, descubriendo islas o territorios nuevos, podría ser una gran oportunidad para nuestro reino.
COMISIONADO.- Sin embargo, nosotros estamos completamente seguros de nuestra decisión. Somos hombres sabios y  hemos estudiado todo minuciosamente. Tened en cuenta, que este proyecto  ha sido rechazado también por otras coronas, como la de Portugal.
FRAY HERNANDO.-  Pues si todo esto  es así,  tendré que informar de inmediato a nuestros  Reyes  y darles a conocer este resultado, tan poco favorable.
NARRADORA.-  Fray Hernando se lo comunicó  en seguida a los Reyes Católicos, los cuales  acordaron aplazar la decisión, pues además en esos momentos, estaban muy ocupados en la conquista del Reino de Granada,  que significaba el fin de La Reconquista para  España.  Después de esto, fue a ver al almirante Colón, el cual recibió  la noticia con gran enojo y   decepción.
CRISTOBAL COLÓN.- (Notablemente enfadado)  Después de lo que me habéis contado, no me queda nada más que hacer. Me marcharé  de España… y seguro que encontraré a otros reyes o príncipes que entiendan la valía de mi empresa y  los beneficios que ésta puede reportar.
FRAY HERNANDO.-  (Calmándole)  Sosegaos, Almirante. Los Reyes me han pedido que  os quedéis  bajo mi protección hasta que la decisión  sea firme y definitiva. (Fray Hernando le da unas palmaditas de ánimo en el hombro a Colón, que muestra su conformidad, y ambos abandonan lentamente la escena). TERMINA ESTE PRIMER ACTO. HAY BREVE INTERMEDIO  MUSICAL ANTES DE PASAR AL ACTO II.   …Música



                                                   ACTO II   
NARRADORA.- Antes de comenzar este acto final, nos detendremos un poco en algunos otros aspectos importantes de la vida de Fray Hernando de Talavera. Solicito que alguien me ayude en esta tarea.
CHICA DEL PÚBLICO.- Yo  le ayudaré, si no tiene inconveniente en ello.
NARRADORA.- Me parece adecuado que lo haga alguien del público. Empecemos pues…
CHICA DEL PÚBLICO.- La primera infancia de Fray Hernando, transcurrió en Talavera, su ciudad natal, donde aprendió las primeras letras. Más adelante, en Salamanca, estudió Artes y Teología.
NARRADORA.- En Alba de Tormes se formó como fraile Jerónimo para ser enviado más tarde, como prior de Nuestra Señora de Prado, a Valladolid, en donde abriría las puertas a la primera imprenta de la ciudad en 1480.
CHICA DEL PÚBLICO.- En Valladolid entró en contacto con la Corte y se hizo célebre por sus dotes como predicador. Su fama pronto le hizo ganarse la confianza de la reina Isabel, que por eso le nombró su confesor personal.
NARRADORA.- Entre los  libros que escribió,  hay uno dedicado a los niños, titulado “Cartilla y doctrina en romance para enseñar a los niños a leer.
CHICA DEL PÚBLICO.- En Granada, siendo ya arzobispo, trató justamente a todos  sus habitantes sin excepción alguna, de manera humana y equitativa.
NARRADORA.-  Y fue en esta misma ciudad de Granada, donde  falleció   en el año 1507.
(Se marcha la CHICA DEL PÚBLICO de la escena, mientras suena una música de fondo).
NARRADORA.- Bien, pues volvamos ahora a nuestro relato, justo en el punto donde lo habíamos dejado: pasado algún tiempo, los Reyes Católicos terminaron la conquista de Granada y retomaron  de nuevo  el proyecto de Colón. Así Fray Hernando y el Almirante fueron llamados, de forma inmediata  a la Corte, para reunirse con ellos.
(Breve intermedio musical, para la entrada de  los personajes en escena).
REY FERNANDO.- (Tomando la palabra). Pienso que aunque los gastos de este viaje pueden ser muy grandes, más grande puede ser lo que se consiga para nuestro comercio y  más todavía si se descubren nuevas tierras, en esa  ruta hacia las Indias.

REINA ISABEL.-  Sí, puede que haya magníficas cosas que lograr también, como atraer a un gran número  de almas nuevas para la cristiandad.

REY FERNANDO.- Además,  nuestro rechazo, podría  provocar que esta gran empresa se hiciera bajo bandera de otro país.

REINA ISABEL.-  Nuestra decisión definitiva es por tanto, que  esto se lleve a cabo sin más deliberaciones.

CRISTÓBAL COLÓN.- (Mostrando  contento y alivio) Gran acierto es éste, mi señora y  gran honor para sus majestades, por  haberse convertido en los promotores de esta magnífica empresa.

CRISTÓBAL COLÓN.- Les doy las gracias más sinceras  y  prometo que nos les defraudaré. Agradezco especialmente a Fray Hernando, su acogimiento y  comprensión durante todo este tiempo.
FRAY HERNANDO.- Ha sido para mí un honor, Almirante. Id entonces a preparar  todo lo necesario para la realización de esta gran aventura y que Dios os acompañe en todo momento, para que  pueda culminarse felizmente.
REINA ISABEL Y REY FERNANDO.-  ¡Partid pues, con todas nuestras bendiciones!
NARRADORA.- Y lo que vino después, como sabéis muy bien,  fue la gran gesta del Descubrimiento, con aquellas tres carabelas comandadas por Colón: la Pinta, la Niña y la Santa María. Colón buscaba una ruta de navegación para el comercio con los países de Oriente y lo que  encontró, fue un nuevo y gran continente: América.
Y con esto acaba ya  nuestra representación, esperando que haya sido muy del agrado de todos los presentes.


           …Música para finalizar….
                                                                      -  FIN  -

  

 JUAN ANTONIO CASTRO: POETA Y DRAMATURGO.

                                              
 ACTO I
(Entran en escena Miriam y Nacho, una chica y un chico de Segundo de ESO,  llevando ambos un portátil en un brazo y el móvil en la mano. Se sientan en una cafetería que da a la Plaza del Pan, con vistas al teatro Victoria y al teatro Palenque).  
MIRIAM.- Venga, Nacho, vamos a ponernos a hacer el trabajo enseguida, pues hoy  tengo que ir antes a casa, para quedarme con mi hermana pequeña y ayudarle a hacer los deberes…
NACHO.- Sí, Miriam, pero es que no tengo ni pizca de ganas de empezar… Y tampoco sé por qué hemos venido a hacerlo  aquí.
MIRIAM.-  Vale sí, ya sé que este tema de la poesía, el teatro, la literatura en general, no te interesa lo más mínimo,  pero tenemos que hacer el trabajo ¡Y no pienso cargarme yo con todo! Ah y lo vamos a hacer aquí, para inspirarnos, pues estamos al lado de los dos grandes teatros de la ciudad.
NACHO.- (Levantándose dispuesto a ir hacia la barra de la cafetería) Bueno, de acuerdo, Tienes razón ¿Qué quieres que te traiga?
MIRIAM.- Un refresco de limón, gracias.
NACHO.- Pues que sean dos.
(Se va a pedir las bebidas, mientras Miriam se queda en la mesa, encendiendo su ordenador. Al poco rato regresa Nacho con dos vasos y un plato de frutos secos).
MIRIAM.- ¿Has estado buscando la información en las páginas que te dije?
NACHO.- (Se sienta y enciende su portátil). Sí, pero es que  no hay apenas nada. Y si lo pongo en el buscador aparece sólo la web del Instituto y un montón de fotos de actos, excursiones, celebraciones de graduaciones, etc.
MIRIAM.- (Con ironía) Vale, vale, Nachete. Ya veo que te esfuerzas mucho…
NACHO.- (Con tono de mal humor) ¡Lo siento de verdad, Miriam! Supongo que te ha tocado el peor compañero para hacer este  trabajo.
MIRIAM.- Bueno, bueno, que no hay tiempo para discutir y tampoco quiero que te sientas mal…  Así que vamos a seguir buscando, que el que busca halla.
NACHO.- (Con tono quejumbroso) Si tú lo dices…
 
        (Música de fondo, mientras pasa un rato y ambos se afanan en buscar la información que necesitan, en sus respectivos portátiles)
………………………………………………………………………
MIRIAM.- (Mirando el reloj)  ¡Vaya,  ya me tengo que ir!  Escúchame bien: mientras estoy con mi hermanita, echándole una mano con sus deberes, recopilaré los datos y te los mandaré en unos audios al móvil.
NACHO.(Bostezando) Ok. ¿Y qué quieres que haga con eso?
MIRIAM.- Pues muy sencillo, escucharlos, seleccionar  los más importantes y redactarlos en los apartados correspondientes. No querrás que el profesor nos suspenda el trabajo,  por haber hecho un simple “copia y pega”.
NACHO.(Bostezando de nuevo) No, no,  tranquila Miriam, que mañana tienes en tu correo el trabajito redactado.
MIRIAM.-  (Con retintín) Y que luego tendré yo que revisar y corregir…
NACHO.-  ¡Qué poco te fías de mí, muchacha!
MIRIAM.- (Mientras se levanta, haciendo un gesto de despedida) Nada de nada, Nachete. Ah, y ponte “las pilas” tú y  los auriculares en tus oídos, para cuando te lleguen mis audios.
NACHO.(Con fastidio) A sus órdenes, mi generala.
(Se va Miriam, despidiéndose con un medio gesto, entre la indiferencia y el enfado).
       …(Finaliza el acto con una música de fondo actual).
                                    
 ACTO II

NACHO.- (Hablando para sí mismo). Vaya marrón. No se le ocurre otra cosa al profe, que mandarnos un trabajo sobre el personaje que da nombre a nuestro Instituto. Ya nos lo podría haber encargado,  sobre  el Real Madrid y  Santiago Bernabeu, por ejemplo…
(Aparece en ese momento de repente, un señor junto a su mesa, mientras  Nacho hace estas reflexiones).
JUAN A. CASTRO.-  (Con tono simpático y amigable) ¡ Hola!
NACHO.- Ah, hola… No le había visto ¿Quería usted algo?
JUAN A. CASTRO.-  Sí, sí, bueno, es que antes oí que teníais que realizar un trabajo… Y creo que hablabais de un tal…
NACHO.- …Juan Antonio de Castro.
JUAN A. CASTRO.- Eso es lo que me había parecido. Pero oye, puedes tutearme, que me gusta hablar en confianza con la gente joven.
NACHO.- De acuerdo, como prefieras.
JUAN A. CASTRO.- Pues has tenido mucha suerte, muchacho.
NACHO.- ¿Y eso por qué?
JUAN A. CASTRO.- Porque …¡ Aquí me tienes presente!
NACHO.- ¡No! ¡Caramba que sorpresa! ¡No es posible! ¿Eres acaso un fantasma salido del teatro o un guasón que me quiere tomar el pelo?
JUAN A. CASTRO.-  Ja, ja , ja ... Piensa lo que quieras, pero ahora, conmigo, vas a tener, si quieres, la oportunidad de  hacer un trabajo excelente y sorprender a tu compañera.
NACHO.- Me parece alucinante, no me lo puedo creer, pero bueno, vamos a probar: podrías decirme dónde y cuándo naciste y algunos datos más sobre tu vida.
JUAN A. CASTRO.- Por supuesto. Yo nací aquí, en Talavera de la Reina, un 23 de junio de 1927  y me marché de este mundo un 4 de junio de 1980. Mis padres eran comerciantes de clase media-alta…
NACHO.- (Interrumpiéndole) ¡Oh, entonces es cierto, eres Juan Antonio Castro! Pero, siéntate aquí conmigo. ¿Quieres que te pida algo para tomar?
JUAN A. CASTRO.- No muchas gracias, chico, Estoy muy bien así.
NACHO.- Vale, vale,  como quieras. Y a todo esto, ¿cuándo decidiste ser escritor y dedicarte al teatro?
JUAN A. CASTRO.- Mi vocación teatral fue un poco tardía, hasta que un día asistí a la  representación en Talavera, de una  obra un autor llamado Thornton Wilder. A partir de entonces,  me aficioné e ilusioné mucho por el teatro.
NACHO.- ¿Y a parte del teatro, a qué más facetas te dedicaste como escritor?
JUAN A. CASTRO.- Pues me dediqué también a la  poesía. Con ella llegué a ganar un accésit del prestigioso premio  Adonais. También me dediqué al periodismo, pues trabajé en  “La Voz de Talavera” y en el desaparecido diario “Ya”.
NACHO.- ¿Perteneciste a algún movimiento o generación literaria de la época?
JUAN A. CASTRO.- Sí, claro. Los críticos literarios me consideran perteneciente a la Segunda Generación de la Posguerra, y me incluyen  dentro del  Movimiento Neorrealista,  junto a otros autores como Antonio Buero Vallejo o Alfonso Sastre. 
NACHO.-  ¿Cuáles fueron tus primeras obras teatrales?
JUAN A. CASTRO.- Mi primera obra de teatro fue de género lírico-dramático y se tituló  “Bodas del pan y del vino”, con forma de auto sacramental  y fue estrenada en el atrio de la Catedral de Toledo.
NACHO.-  ¿Y tu primer premio teatral?
JUAN A. CASTRO.- Fue el premio “Guipúzcoa”, que me entregaron  por la obra “Plaza de mercado”.
NACHO.-  ¿Escribiste también teatro para niños?
JUAN A. CASTRO.- Sí, también lo hice. Entre 1968 y 1969 estrené en el Teatro Español de Madrid dos obras infantiles: “El infante Arnaldos”  y  “El Juglarón”.
NACHO.- ¡Qué bien, seguro que gustaron mucho a los más pequeños! ¿Y trabajaste con algún grupo teatral de aficionados  aquí en Talavera?
JUAN A. CASTRO.- Sí, antes de trasladarme a vivir a Madrid colaboré  con el grupo  "El Candil"  y otros grupos teatrales de la ciudad, aprendiendo, no solo el papel de escritor, sino el oficio de la “carpintería”  de la dramaturgia.
NACHO.- ¿Y a todo esto, cuáles fueron las obras más importantes  que te llevaron a alcanzar la fama?
JUAN A. CASTRO.- Fueron las  que escribí  para  expresar una visión comprometida de la historia de España, a través de la comedia costumbrista: como la ya mencionada “Plaza del mercado” en 1964 o  “Diálogos docentes”  en 1967. Pero sobre todas ellas, destaca una: “Tiempo de 98”. 
NACHO.- ¡Qué interesante! Háblame más de esta obra tuya.
JUAN A. CASTRO.- Sí, desde luego. Fue en el año 1969 cuando Adolfo Marsillach, conocido actor, escritor y  director de teatro, la escogió para formar parte del repertorio de su compañía, de la que formaban parte actrices  tan conocidas como Terele Pávez.
NACHO.- ¡Claro! ¡Terele Pávez! Ha sido una actriz muy famosa y querida aquí… Y de ahí viene el nombre de los “Premios Terele Pávez”, del Festival de Cortometrajes que se celebra en Talavera.
JUAN A. CASTRO.- Así es, mi querido muchacho.
NACHO.- Es todo muy interesante, pero continúe con lo que me estaba contando.
JUAN A. CASTRO.- Desde luego;  mi obra se estrenó con mucho éxito en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1971 y ese mismo año tuve la satisfacción de ver representándose a la vez, dos obras mías en la capital de España, ya que también estuvo en cartel, en el teatro María Guerrero,  la obra  “Ejercicios en la noche”.
NACHO.- Curiosa coincidencia, ¿no? ¿Y, volviendo a Tiempo de 98”, de qué trata principalmente esta obra?
JUAN A. CASTRO.-  Trata de dos temas: uno histórico y otro literario. El histórico se desarrolla en una clase de un colegio de niñas, que canturrean canciones sobre diferentes ambientes costumbristas  de la España de la época: los toros, el caciquismo, el flamenquismo, la tertu­lia politiquera, etc.
NACHO.- ¿Y el tema literario?
JUAN A. CASTRO.- Pues el tema literario, se fundamenta en torno a textos de los escritores de la Generación del 98: Valle Inclán, Unamuno, Baroja, Azorín y Antonio Ma­chado,
(En ese momento ocurre algo inesperado: van apareciendo en escena, uno a uno, estos personajes literarios de la Generación del 98).
NACHO.- ¡Repámpanos! ¡Qué es esto! ¡Ver para creer!
JUAN A. CASTRO.- ¡Adelante, insignes escritores de mi querida Generación del 98!
(Los escritores se quedan de pie, frente a ellos  y van leyendo o recitando  uno a uno, diferentes  textos de sus obras).

VALLE INCLÁN.- (Ceceando). 
“En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero. ZARATUSTRA, abichado y giboso –la cara de tocino rancio y la bufanda de verde serpiente–, promueve, con su caracterización de fantoche, una aguda y dolorosa disonancia muy emotiva y muy moderna”.
UNAMUNO.- (Enfatizando). 
“Las olas de la historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo no llega el sol”.    
AZORÍN.- (Con minuciosidad)  
“¡Pobre Rosa!
De nada te han servido tus defensas,
ni tus estambres, reclamando vida,
ni las fragancias que en el alma escondes:
el jardinero te troquela en ramo...”
          
PÍO BAROJA.- (Bronco)
“El egoísmo del hombre hace a la sociedad malvada desde tiempos inmemoriales y los líderes que mueven a esta sociedad lo hacen prometiendo paraísos inexistentes; sin embargo, es cierto que existen formas sociales mejores hacia las que debemos tender, utilizando para ello la serenidad la madurez y el análisis”.             
ANTONIO MACHADO.- (Con sentimiento)
“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, 
y un huerto claro donde madura el limonero; 
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; 
mi historia, algunos casos de recordar no quiero”.            
JUAN A. CASTRO.- (Dejando una pequeña pausa de silencio, mientras los escritores desaparecen por un lateral del escenario) ¿Bueno, chico,  qué te ha parecido?
NACHO.- ¿Qué quieres que te diga? ¡Alucinante!
JUAN A. CASTRO.- Pues esto es, en síntesis,  lo que te puedo decir sobre mi vida y mi obra.
NACHO.- No sé cómo agradecértelo. ¡Cuánto me gustaría que Miriam hubiera estado aquí para verlo! 
JUAN A. CASTRO.- Ya me imagino, aunque tú te encargarás de contárselo  todo muy bien. Pero eso sí, una cosa más: me gustaría que pusierais este párrafo al final de vuestro trabajo.

NACHO.-  Desde luego, faltaría más.
JUAN A. CASTRO.- (Pronunciando el texto).
Mi vocación ha coincidido con la de otros escritores de vanguardia, empeñados en rescatar el teatro de dos de sus peores enemigos: la ramplonería y la costumbre, empecinadas siempre en mantenerlo en perpetua agonía".
 
(Suena una música, se oscurece el escenario y cuando se ilumina de nuevo, Nacho se encuentra ya solo sentado en la terraza de la cafetería. Mira a todos los lados, sorprendido aún por lo ocurrido, pero no ve a nadie y  acaba aquí el acto)


 ACTO III

(Al día siguiente, en el mismo lugar,  en la misma mesa y con las mismas bebidas).

MIRIAM.-  Buenas, Nachete, he leído ya lo que me has enviado al  correo.
NACHO.-   (Con impaciencia). ¿Y…?
MIRIAM.- Pues que… sorprendentemente está bien, vamos que está muy bien; bien estructurado, bien redactado y con todos los datos que te envié en los audios.
NACHO.-  ¿Te das cuenta? ¡Y no te fiabas  de mí, muchacha! Es que hay que ver, cuando uno tiene  fama de algo …
MIRIAM.- Bueno, anda, que sí, que tienes razón. Además has demostrado un verdadero interés por el tema.
NACHO.- Ya, en realidad es que me ha ocurrido algo que ha hecho que despertara en mí, el gusto por el teatro, los escritores,  la literatura…
MIRIAM.- ¿Ah sí? Cuenta, cuenta, que soy todo oídos.
NACHO.- Pues, no te lo vas a creer. Todo comenzó ayer, poco después de que te marcharas.
MIRIAM.- (Haciendo un gesto de impaciencia).  Venga, venga, desembucha rápido, que aún tenemos que rematar algunas cosillas del trabajo.
NACHO.- Sí, sí. Tal y como te decía, al poco de marcharte, apareció de repente un señor junto a mi mesa y… ¡No te puedes imaginar de quien se trataba!
MIRIAM.- Pues no, si no me lo dices.
NACHO.-  Oye, y no te rías, ni me tomes por loco. ¿Vale?
MIRIAM.- Bueno depende, si es una de esas chorradas a las que me tienes acostumbrada, veremos.
NACHO.-  A ver,  el personaje era, nada más y nada menos que el mismísimo…¡Juan Antonio!
MIRIAM.- ¿Qué Juan Antonio?
NACHO.(Titubeando) ¡Castro!
MIRIAM.- (Levantándose de la silla como  un resorte) ¡Juan Antonio  Castro! ¡Acabáramos! ¿Pero qué me estás contando? ¡Y luego dices que no te tome por un zumbado!
NACHO.(Titubeando de nuevo). Pero, no acabó la cosa ahí, cálmate y  siéntate, por favor, para que te siga contando todo lo que pasó.
MIRIAM.- Mira, Nachete, no sé si seguir escuchándote. Me parece que te  estás quedando conmigo, me tomas el pelo o vete a  saber qué pretendes con semejante majadería.
NACHO.-  Tranquila, siéntate y escucha …
(        Suena la música de fondo, mientras Nacho le explica a Miriam, durante un rato y con detalle, todo lo ocurrido. Los dos escenifican con mímica lo que supuestamente están hablando. Nacho le cuenta como fueron apareciendo los escritores de la generación del 98 y Miriam le responde  con  gestos de desaprobación, que expresan algo así como:  “tú no estás bien”, “estás como siempre de cachondeo” o “te ha dado un aire”).
(Para la música y vuelve el diálogo hablado entre ellos).
MIRIAM.- ¡Vamos qué estoy flipando!
NACHO.-  ¡Anda  y yo, no sabes hasta qué punto!
MIRIAM.- Sí, claro. Pues ahora me vas a escuchar a mí, que te voy a explicar bien, lo que en realidad te ha pasado.
NACHO.-  Vale, vale, mi generala. Le escucho.
MIRIAM.- Pues mira, pedazo de… bueno mejor me lo callo. Lo que te ha pasado es que te quedaste dormido como una marmota, -(haciendo gestos de bostezo)- mientras escuchabas los audios que te envié. La información que oías a través de los audios, se mezcló con tu descomunal sueño y la enorme imaginación de tu cabeza de chorlito.
NACHO.(Con alivio) ¡Oh, menos mal, Miriam! Por un momento llegué a pensar que todo esto podía haber sido real.
MIRIAM.- (Con recochineo). Sí claro, los fantasmas, que verdaderamente existen, ja, ja, van a visitar a otro fantasma, que eres tú. Lo único positivo de esto,  es que  ha servido para que hicieras, y no me duele reconocerlo, un buen  trabajo.
NACHO.- Gracias, Miriam.
MIRIAM.- Bueno y vamos a dejarlo ya, que tenemos que rematarlo con algunas imágenes, la documentación, las páginas consultadas… En definitiva, poner el punto y final.
NACHO.- Ok. ¿Y qué te parece, si añadimos que nos hemos documentado también con los testimonios de varios fantasmas salidos del teatro, entre ellos el de Juan Antonio Castro?
MIRIAM.- ¡Mira, Nachete, yo es que flipo en colores contigo! ¡No tienes remedio!
NACHO.- Chica, pero si era sólo una broma…
MIRIAM.- (Con rotundidad) ¡Pues ahora, no va a ser ninguna  broma! ¡Lo vamos a poner y a ver qué cara ponen el profe y los compañeros cuando se lo leamos en la exposición!
NACHO.-  ¡Supongo que se partirán  todos de risa! Ja, ja , ja, jaaa. jaaa, jaaaa…
 (A Nacho se le congela la risa cuando ve aparecer desfilando, de espaldas a Miriam, y sin que ésta pueda verlo, a Juan Antonio de Castro, seguido de los autores de la Generación del 98, que pasan haciéndole un guiño y un gesto  con el dedo en la boca para que guarde silencio.)
                                                                              - FIN -



JUAN RUIZ DE LUNA. 

    Sugerencia: se pueden intercalar imágenes alusivas a Ruiz de Luna y la cerámica de Talavera, proyectadas en una pantalla y en diferentes momentos de la representación, con el fin de ilustrarla y hacerla más amena para el público.   
                                 
Narradora 1.- Os voy a presentar a alguien que desempeñó un   papel muy importante en el desarrollo cultural y económico de la ciudad de Talavera de la Reina.
Narradora 2.- Nos estamos refiriendo a Juan Ruiz de Luna.
Narradora 1.- Nació en Noez, un pueblecito de los Montes de Toledo.
Narradora 2.- Fue en el año 1863,  que como ya sabéis muchos,   pertenece al siglo…(Espera unos segundos para que el público lo diga). Así es…pertenece  al siglo XIX.
Narradora 1.- Pasó la infancia y juventud en su pueblo natal, ayudando a sus padres, que eran de condición  humilde.
Narradora 2.- Se dedicaban a la fabricación de castañuelas, oficio muy habitual entre los vecinos de  Noez y  lo ejercían alternándolo con jornales de trabajo en el campo.
Narradora 1.- Juan Ruiz de Luna, desde muy pequeño dio muestras de su buena disposición hacia los oficios artísticos.
Narradora 2.- En el año 1880, con 17 años, se reunió con sus hermanos Jerónimo y Emilio, que ya se habían afincado en la ciudad de Talavera.
Narradora 1.- Transcurrieron así cinco años de su vida, decidido a cumplir su sueño de ser pintor, dedicándose en los ratos libres, a aprender y a experimentar todas las modalidades y curiosidades que le van surgiendo.
Narradora 2.- Así llega a dominar diferentes técnicas, como la pintura escenográfica…
Narradora 1.- El dorado de retablos de iglesias y la restauración de imágenes religiosas.
Narradora 2.- Pero dejemos que sea él mismo, quien nos cuente  con detalle, más cosas interesantes de su vida…
…..( Pausa musical, que da paso al personaje protagonista, Ruiz de Luna  y a su acompañante, Enrique Guijo. Ambos hacen un breve saludo de cortesía justo al entrar, mientras las narradoras se colocan al fondo del escenario)….

J. Ruiz de Luna.- Como habéis podido escuchar, de boca de estas amables narradoras, antes de dedicarme a la profesión de ceramista fui pintor, pero  también  me dediqué al oficio de fotógrafo, con un estudio propio donde solía hacer, sobre todo, retratos a las  familias…(Interrumpiéndole su acompañante, con un leve carraspeo de garganta).
Enrique Guijo.-Pero tu vida, estimado socio y amigo,  cobra relevancia gracias al trabajo de recuperación de la antigua cerámica de Talavera,  a la que conseguiste elevar a la categoría de auténtica creación artística…
J. Ruiz de Luna.- …Ah, perdonad que no os haya presentado a este señor que me acompaña. Se trata de  Enrique Guijo, excelente pintor y ceramista, al que tuve el gran honor y la dicha de conocer…
Enrique Guijo.-  (interrumpiéndolo de nuevo)… El honor fue sin duda el mío, Juan. Pero, dejemos esto y hagamos un poco de historia sobre la cerámica de Talavera:
En primer lugar tengo que deciros, que ésta alcanzó su máximo esplendor durante los siglos XV y XVI.
J. Ruiz de Luna.- Así es y desafortunadamente, inició  su decadencia en el siglo XVII por causa de las influencias francesas de la época, que dieron lugar a la creación de una Real Fábrica de Cerámica  en Castellón. 
(Ambos andan por el escenario y se cruzan pensativos mientras siguen dialogando).
Enrique Guijo.-  Pero volvamos a lo que nos ocupa…Todo el mundo está de acuerdo en que fue providencial nuestro encuentro, para que se produjera el resurgimiento de la cerámica artística en Talavera de la Reina.
J. Ruiz de Luna.-  Ciertamente. Enrique y yo éramos dos artistas, que sin habernos conocido anteriormente, coincidíamos en idénticas aficiones  y en la voluntad de entregarnos de lleno al oficio artístico de la cerámica.
Enrique Guijo.-  ¿Recuerdas cuándo en el año 1849 Juan Niveiro, fundó el Alfar del Carmen? Este era el único taller de cerámica importante  que había por aquel entonces en Talavera.
J. Ruiz de Luna.- Sí, pero solo se dedicaba a la fabricación de loza popular, platos, jarras…    
Enrique Guijo.- Nosotros tratamos más tarde de convencer a Emilio Niveiro, heredero del taller, de la oportunidad de fabricar conjuntamente, una cerámica artística de calidad.
J. Ruiz de Luna.- Sí, pero desgraciadamente, no fue posible ningún acuerdo.
Enrique Guijo.- No obstante, tampoco abandonamos el empeño y nos dispusimos a buscar otros socios, para poder llevar acabo esta empresa.
…..( Pausa musical, mientras entran de nuevo las  narradoras en escena, mientras los dos personajes se quedan detrás, andando por el escenario, en actitud pensativa)….

Narradora 1. Y por fin,  el 18 de junio de 1908 se constituye la sociedad llamada “Ruiz de Luna, Guijo y Cía”.
Narradora 2.-  El alfar creado por estos dos artistas, se hizo siguiendo las costumbres gremiales de los alfareros de aquella época y se fundó bajo la advocación de Nuestra Señora del Prado, Patrona de Talavera.
Narradora 1. Tuvieron muchas y grandes dificultades en sus inicios  para poder lograr sus objetivos.
Narradora 2.- Lo más urgente, era la formación de personal cualificado. Talavera contaba entonces, con  una población de unos 12.000 habitantes y un analfabetismo del 35 % en los hombres, que aún era mayor  en las mujeres.
Narradora 1. Comenzaron por eso, a impartir clases nocturnas de dibujo artístico y lineal, de pintura y de primera enseñanza, en unos locales facilitados por el Ayuntamiento.
Narradora 2. En cuanto al material disponible, sólo pudieron comprar  un molino para arcillas y una vieja y deteriorada prensa de azulejos.

…..( Pausa musical, para que vuelvan a colocarse en primer plano, los dos protagonistas de esta historia)….

J. Ruiz de Luna.- Recuerdo perfectamente aquel 8 de septiembre de 1908, festividad de la Virgen del Prado, nuestra Patrona, cuando por fin se abrió el primer horno, en el que se había cocido precisamente, un panel de azulejos con la figura  de la Virgen del Prado.
Enrique Guijo.- Sí. En la mañana de ese día, estábamos los  dos muy callados y ensimismados como nunca, esperando con  impaciencia, a que se quitaran los ladrillos de la puerta de aquel horno...
J. Ruiz de Luna.-  ¿Qué habrá dentro? nos preguntábamos los dos…¡Qué momentos  de angustia, que nos parecieron siglos!
Enrique Guijo.-  Pero de  la duda,  pasamos a una alegría sin límites, cuando vimos salir la primera pieza…
J. Ruiz de Luna.-  ¡A los dos nos pareció una cosa extraordinaria!
Enrique Guijo.-  ¡Qué emoción tuvimos aquel día, Juan!
J. Ruiz de Luna.-  Sí, una emoción   comparable a la del padre que coge a su primer hijo al nacer.
…..( Pausa musical, para que finalmente, tomen de nuevo la iniciativa las narradoras)….

Narradora 1.- Y así cogieron ellos la primera pieza de cerámica artística, que aún quemaba, recién salida de su querido alfar.
Narradora 2.-  Los años fueron pasando y el arte de este taller de cerámica se extendió y cobró fama, dentro y fuera de nuestras fronteras.
Narradora 1.-  Juan  Ruiz de Luna, abrió un camino de progreso e innovación, para futuras generaciones. Su calidad humana y su espíritu de artista influyeron de manera decisiva en la vocación de sus hijos y de todos los discípulos y ceramistas posteriores.
Narradora 2.- La Fábrica de Cerámica Artística “Nuestra Señora del Prado” no fue un alfar más. Fue un proyecto capaz de dar el apellido a la ciudad de Talavera, que será conocida ya para siempre, como “La Ciudad de la Cerámica”.
(Breve pausa de silencio, para continuar)
Narradora 1.-  (Suspirando) Y los  días de Juan Ruiz de Luna acabaron aquí, en su ciudad de adopción, a la que tanto amó y  tanto trabajo dedicó.
Narradora 2.-  Fue a la edad de 82 años, en 1945, que como muchos sabéis es el siglo… (esperando  que alguien conteste). …el siglo XX.
Narradora 1.- Desafortunadamente, no se ha conservado el espacio original en el que desarrolló su arte: aquel  Alfar de Nuestra Señora del Prado.
Narradora 1.-  Pero nos queda una gran colección de su cerámica artística, ubicada actualmente en el Museo de su mismo nombre, que es lugar muy visitado, por todos los turistas que llegan a la ciudad de Talavera.
Narradora 2.-  Y nos quedan también frases magistrales del libro de firmas del Alfar, como la del insigne escritor Miguel de  Unamuno,  que en 1909 decía así:
Narradora 1.-  “Resucitar lo pasado, renovando la tradición, es una de las maneras más hondas de fraguar porvenir y hacer progreso”.             
                                                                                                                                             - FIN -





P. JUAN DE MARIANA.

 …………(Música , antes de comenzar)……………………

NARRADORA.- Hola, distinguido público.
NARRADOR.- Queremos representar, con esta obra, la vida de un insigne personaje nacido en Talavera de la Reina.
NARRADORA.- Nació en el año 1536, en el seno de familia  humilde.
NARRADOR.- (Haciendo como que duda). El año 1536, 1536 
NARRADORA.-Ya me imagino que sabréis a que siglo  pertenece …
(Deja un momento de silencio, para que el público conteste: “siglo XVI”).
NARRADOR.- ¡Muy bien! Efectivamente, pertenece al siglo XVI.
NARRADORA.- Época ésta, que se conoce como el “Siglo de Oro” español.
NARRADOR.- Y se denomina  así por el gran florecimiento que tuvieron las artes y la literatura, durante estos años, en nuestro país.
NARRADORA.- Bien, pues sigamos: Juan de Mariana, es considerado hoy día, como uno de los más grandesteólogos e historiadores españoles
NARRADOR.- Además de ser un ejemplo  representativo, de los escritores e intelectuales españoles de la orden de la  Compañía de Jesús, durante este Siglo de Oro.
(Entra el personaje de Juan de Mariana en escena, por un lateral).
JUAN DE MARIANA.- Si me permitís, mis queridos colaboradores, me gustaría dirigirme ahora  a este amabilísimo público, para contar algunos de los acontecimientos más importantes que acaecieron en mi humilde vida.
NARRADORA.- (Mostrando sorpresa y agrado al mismo tiempo). ¡Desde luego que sí!
NARRADOR.- ¡Qué gran honor poder compartir escenario con el mismísimo Padre Juan de Mariana!
(Se retiran el narrador y la narradora hacia un extremo del escenario).
JUAN DE MARIANA.- Gracias, muchas gracias. Pues bien, tengo que decir, que a los diecisiete años me marché a estudiar Artes y Teología en Alcalá de Henares, en una atmósfera saturada de humanistas...
(Alguien del público levanta la mano).
CHICA DEL PÚBLICO.- ¿Y podría explicarme alguien quiénes eran esos  “ humanistas” ?
JUAN DE MARIANA.- Claro, claro… Yo mismo te lo explicaré, muchachita: pues los humanistas fueron…
(Irrumpe entonces en escena otro gran personaje).
FRANCISCO DE BORJA.- Permitid que me presente y perdonad que haya entrado en este escenario, con tanta sorpresa y premura.
JUAN DE MARIANA.- (Mostrando respeto y admiración). ¡Oh, Francisco de Borja! Mi querido y admirado tutor, en aquellos años en que entré en el noviciado de la Compañía de Jesús.
FRANCISCO DE BORJA.- Así, es mi estimado discípulo. Pero dejad que primero conteste yo a esta simpática jovencita. (Dirigiéndose a la chica del público).
JUAN DE MARIANA.- Desde luego que sí…
FRANCISCO DE BORJA.- Pues bien, los humanistas  fueron sobre todo,intelectuales, filósofos y escritores, de la época, que se llamaron así, por la gran  preocupación que tenían por el hombre y por todo lo relacionado con lo humano.
CHICA DEL PÚBLICO.-  ¡Ah! ¡Qué interesante! Ahora lo entiendo todo mejor. Muchas gracias por su aclaración.
FRANCISCO DE BORJA.- De nada, estimada joven.
JUAN DE MARIANA.- (Dirigiéndose ahora a todo  el público). No sé si conocen la verdadera importancia que tuvo Francisco de Borja dirigiendo y renovando la Compañía de Jesús.Él dio un gran impulso a la labor solidaria y evangelizadora de las misiones en América. Por todo ello fue canonizado y reconocido como Santo Patrón de España y de muchos otros lugares de la América Hispana.
FRANCISCO DE BORJA.- Muchas gracias, querido Juan, por esta breve y emotiva reseña sobre mi vida. (Despidiéndose ahora del público). Adiós a todos. Me ausento para que podáis seguir conociendo la gran figura de este personaje que, tan dignamente da nombre a esta obra, que hoy se representa en este lugar.
(Sale del escenario Francisco de Borja, después de despedirse dando un emotivo abrazo al P. Juan de Mariana).
CHICA DEL PÚBLICO.- (Levantándose, para volver a pedir la palabra). ¡Qué interesante es todo esto! ¿Podría seguir contándonos más cosas sobre su vida?
JUAN DE MARIANA.- Sí, por supuesto. A eso iba, querida jovencita.
CHICA DEL PÚBLICO.- ¡Gracias, gracias! Y perdone mi impetuosidad y mi atrevimiento.
JUAN DE MARIANA.- No hay de qué, más bien al contrario, me agrada mucho que tengas este gran interés y atención. Pero para seguir este relato biográfico y autobiográfico, reclamo de nuevo la colaboración de los dos magníficos narradores, que me han acompañado en todo momento. (Mientras, señala el extremo del escenario donde se encuentran los dos narradores y se retira él hacia el otro extremo. Ambos narradores se sitúan ahora en el centro del escenario).
NARRADORA.- Muchas gracias, muchas gracias...  Pues bien, tengo que decir que Juan de Mariana acabó  su formación sacerdotal en el Colegio Jesuita de Roma.
NARRADOR.- Y fue considerado como uno de los mejores profesores que allí ejercieron su magisterio.
NARRADORA.-Pasó en total,   ocho largos años en Italia.
NARRADOR.- Después marchó a  París, donde recibió el grado de doctor y permaneció cinco años enseñando Teología.
NARRADORA.- Más tarde regresaría a España y se instalaría  en el Colegio de los Jesuitas de Toledo y en ese retiro se consagró a la redacción de  libros, en particular sobre una versión  del Nuevo Testamento.
NARRADOR.- Por entonces hizo amistad con el también talaverano…
(Entra en escena un nuevo personaje).
GARCÍA LOAYSA.- …Permitidme, permitidme, os lo suplico, que yo mismo sea en persona quien lo diga: García Loaysa y Girón, que es mi mismo nombre y con el que mis progenitores tuvieron a bien bautizarme.
CHICA DEL PÚBLICO.- (Interviniendo de nuevo). ¡Vaya, vaya, esto es genial!¡Vamos de sorpresa en sorpresa!
(Se acerca entonces el P. Juan de Mariana, para dar un abrazo al nuevo personaje, mientras los dos narradores se vuelven a retirar, al mismo extremo del escenario de donde habían salido).
JUAN DE MARIANA.- Mi querido García Loaysa…
GARCÍA LOAYSA.- ¡Qué gran gusto el mío, poder volver a saludar a mi gran maestro y amigo Juan de Mariana!
JUAN DE MARIANA.- Y yo al que fuera mi discípulo y que más tarde se convertiría también  en mi protector, al  ocupar el cargo de Gobernador eclesiástico de la archidiócesis de Toledo y  miembro del Consejo de Estado.
GARCÍA LOAYSA.- ¡Qué gran honor para mí, el haber podido desempeñar este papel de protector de alguien como vos!
JUAN DE MARIANA.- El honor sin duda el mío,por haber conocido y tratado a un talaverano como yo, que ostentó el cargo de preceptor del príncipe Felipe, hijo del Gran Emperador Felipe II y que además llegaría a ser  Arzobispo de Toledo. Ése personaje fuiste tú, mi querido García Loaysa.
GARCÍA LOAYSA.- Sí, pero tengo que añadir a todo esto, si me lo permitís, uno de los hechos que más me llenan de orgullo y es el haber sido fundador del Colegio Menor de San Clemente Mártir en Alcalá de Henares.
JUAN DE MARIANA.- Cierto, que es así.
GARCÍA LOAYSA.- Ahora bien, sigamos hablando de vos, ya que esta obra está por supuesto dedicada, a vuestra ilustre y célebre persona.
JUAN DE MARIANA.- Gracias, gracias, por así considerarme, amigo García.
GARCÍA LOAYSA.- No hay de qué, pues sin duda  os lo merecéis. Quiero por eso continuar, recordando como gozabais de una grandísima reputación en la sociedad de aquella época, por lo que os fueron encargados grandes e importantísimos trabajos.
JUAN DE MARIANA.- Sí, y por aquel entonces en 1601, tuve a bien publicar un libro titulado Historia general de España”. La obra abarca hasta la muerte de Fernando el Católico, porque no me atreví a pasar más adelante y relatar las cosas más modernas, para no ofender a algunos si decía las grandes verdades,  sobre los acontecimientos ocurridos.
GARCÍA LOAYSA.- Sin embargo, más tarde  publicasteis una obra,“De la alteración de la moneda”, en la que  hicisteis una dura denuncia contra el robo de aquellos gobernantes, que usaban el recurso que hoy llamaríamos inflación, para financiar los gastos del Estado.
JUAN DE MARIANA.- Fue un momento complicado de mi vida, pues nada más publicarse la obra, fui denunciado, encerrado y enjuiciado en un proceso impulsado por el propio rey Felipe III.
GARCÍA LOAYSA.- Y mostrasteis  un gran valor, pues nunca os  retractasteis   de haber escrito este libro, a pesar de los graves problemas que ello os  acarreó.
JUAN DE MARIANA.- Pues sí y después de año y medio de estar retenido en el convento de San Francisco el Grande, de Madrid, salí libre, sin  se conociera sentencia ni condena alguna.
GARCÍA LOAYSA.- De cualquier manera, no os quedaron ganas de volver a escribir sobre asuntos de carácter político o social. Y desde entonces,os dedicasteis sólo a la publicación de obras de carácter teológico.
JUAN DE MARIANA.- Así es, querido García. Y con esto creo que debemos despedirnos ya de este encantador público, que con tanta dedicación e interés ha seguido el desarrollo de esta representación.
(Ambos se funden en un emotivo abrazo, mientras se disponen a abandonar el escenario).
CHICA DEL PÚBLICO.- Pido un fuerte aplauso para ellos, por habernos relatado de forma tan magnífica,  hechos tan relevantes de su biografía y de los acontecimientos ocurridos en aquélla época en España.
(Se sitúan de nuevo los dos narradores en el centro del escenario. Piden que acaben los aplausos, para poder poner el punto y final a la representación).
NARRADORA.- Bien, pues finalizaremos diciendo que el Padre Juan de Mariana, tuvo una larga vida, pues vivió hasta los ochenta y ocho años.
NARRADOR.- Murió en la ciudad de Toledo, en 1624.
NARRADORA.- Su vida se convirtió en  un ejemplo para jóvenes literatos y científicos españoles de la época, por su gran valentía y su defensa de la libertad.
NARRADOR.- Entre sus seguidores figuraron grandes hombres y escritores, como Francisco de Quevedo o Lope de Vega.
NARRADORA.- Y con esto, queremos dar por finalizada esta representación
NARRADOR.-…Esperando que haya sido muy del agrado, de todo este distinguido público.

(Salen a saludar todos los actores, mientras el público aplaude de nuevo).



GABRIEL ALONSO DE HERRERA. 



…………………………(Música , antes de comenzar)

(Salen los dos narradores a escena y saludan al público asistente).                                                
NARRADORA.- Hola a todos: Os quiero presentar a alguien que desempeñó un papel muy importante en el desarrollo y mejora de las técnicas de la agricultura y la ganadería en España.
NARRADOR.- Su nombre es… Bueno os sonará porque es así  como se llama, uno de los institutos más famosos de Talavera de la Reina.
NARRADORA.-  (Dando una palmada) ¡Ya está! ¡Gabriel Alonso de Herrera!
(Aparece de inmediato el personaje de Gabriel Alonso de Herrera).                                                 
GABRIEL  ALONSO.-  (Con un tono divertido) ¡Hola! Si no os importa sigo yo ahora, que creo que podré aportar algo, a este maravilloso público, sobre mi propia vida. Pero vosotros quedaos aquí para ayudarme, por supuesto.
NARRADOR.- Claro, claro que sí; quién sino mejor que el mismo protagonista, para narrar su propio relato autobiográfico. (Se retiran a un segundo plano los dos narradores).
GABRIEL  ALONSO.-  Gracias, chicos, muy agradecido por vuestra ayuda. (Haciendo una pequeña pausa, mientras camina). Diré, en primer lugar, que nací en Talavera de la Reina en 1470. Me imagino que sabréis todos a qué siglo pertenece este año…
(Una chica que se encuentra en el público, levanta la mano 
para contestar).
CHICA DEL PÚBLICO.-  ¡Al siglo XV!
GABRIEL  ALONSO.-  ¡Perfecto! Así es. Gracias por tu acertada intervención. Pues bien, me gustaría continuar diciendo, que debo mi fama al hecho de haber sido agrónomo y escritor.
CHICA DEL PÚBLICO.- ¡Qué interesante! ¡Pero cuéntenos
 más cosas sobre su vida, por favor!
GABRIEL  ALONSO.- Sí, desde luego. Respecto a mi familia, diré que también destacaron mis dos hermanos, Hernando y Diego, que fueron unos grandes humanistas.
CHICA DEL PÚBLICO.- ¿Y quiénes fueron “los humanistas”?
GABRIEL ALONSO.- Pues los humanistas fueron intelectuales, filósofos, escritores, etc, de esta época, que se llamaron así, por la gran  preocupación que tenían por el hombre y por todo lo humano.
CHICA DEL PÚBLICO.- Muchas gracias por la aclaración.
GABRIEL  ALONSO.- (Prosiguiendo). ¡De nada!  Pues bien, mi hermano Hernando fue además un gran gramático y mi otro hermano Diego, destacó como uno de los músicos más importantes de la época.
CHICA DEL PÚBLICO.- Y volviendo a usted… ¿Puedo 
preguntarle de dónde le venía esa afición por las tareas de
 la agricultura y el campo?
GABRIEL  ALONSO.-  Sí, claro. Mi vocación venía de cuando yo era joven y practicaba entonces la agricultura con mi padre.
NARRADORA.- (Interviniendo de nuevo, junto a su compañero. Se sitúan en el centro del escenario y hacen un gesto, con el dedo en la boca, a la “chica del público” para que se calle y otro con la mano para que se siente). ¡Bueno, ahora vamos a seguir nosotros …!  
NARRADOR.- (Con tono  molesto y con retintín, mientras señala a la “chica del público”.) , claro, que para eso somos una parte del reparto de actores, no como otras…
(“La chica del público” hace un mohín de contrariedad desde 
su asiento).
NARRADORA.- ¡Vale, vale,  tengamos la fiesta en paz! Por lo tanto y siguiendo con mi cometido de narradora, tengo que decir, que Gabriel Alonso se instaló en Granada, poco después de que los Reyes Católicos la reconquistaran.   
NARRADOR.-  Y es allí donde conoció a otro ilustre talaverano, Fray Hernando, que fue  el primer arzobispo que tuvo  esta ciudad.
(Entra, en este momento en escena, el personaje de Fray
Hernando de Talavera).
FRAY HERNANDO.- Querido Gabriel, os acordáis cuando os dije que os quedarais  aquí, en la hermosa ciudad de Granada,  bajo mi protección.
GABRIEL ALONSO.- Sí, claro que me acuerdo. Y así lo hice, reverendísima excelencia. Para mí fue una gran suerte y gran honor poderme quedar bajo vuestra tutela.
FRAY HERNANDO.- De esta manera, pudisteis  educaros y formaros de manera muy afortunada.
GABRIEL ALONSO.- Así es y fue gracias a vuestra reverendísima  excelencia, que en esta ciudad, siempre  consideraron  como un arzobispo ejemplar, por saber  tratar  a todos  sus habitantes de manera  justa, humana y equitativa, sin excepción alguna, fuera cual fuese su condición.
FRAY HERNANDO.- Muchas gracias, querido paisano por tan  emotivo reconocimiento.
GABRIEL ALONSO.- Y es por eso que más tarde, yo pude abrazar la carrera eclesiástica,  todo gracias a vuestra  influencia y a las magníficas enseñanzas que recibí.
FRAY HERNANDO.-  Y por cierto, volviendo a vuestra otra gran dedicación, recordareis  que ya en Granada, llegasteis a tener una gran fama como experto en cuestiones agrícolas.
GABRIEL ALONSO.- Sí, es verdad. Hay varios documentos en los que se reconoce mi trabajo como agrónomo y la gran calidad de las huertas que yo cuidaba.
FRAY HERNANDO.- Creo que viajasteis además por Italia y Francia, a fin de recoger información y adquirir mayores conocimientos prácticos, muy necesarios para mejorar la producción agrícola y ganadera de esta época.
(Aparece en este momento en escena, el personaje del Cardenal Cisneros).
GABRIEL  ALONSO.- (Dirigiéndose al Cardenal). Oh, mi Eminencia Reverendísima, cuánto honor supone para mí el que se haya dignado intervenir en esta humilde representación sobre mi vida y mi obra.
(Fray Hernando se despide, dándole un efusivo abrazo a Gabriel Alonso y saludando afectuosamente a Cisneros).
FRAY HERNANDO.- Adiós, mi querido discípulo, os dejo en buenas manos. (Y dirigiéndose ahora al cardenal). Adiós, Eminencia Reverendísima, he tenido mucho gusto en volver a saludaros, como en tantas ocasiones ha sido.
CARDENAL CISNEROS.- Adiós, estimado Fray Hernando de Talavera. Cuidaros mucho.
(Quedándose ahora los dos solos).
CARDENAL CISNEROS.- El honor por visitaros también es  mío,  querido y admirado Gabriel Alonso. Vos fuisteis mi fiel y leal capellán. ¿Lo recordáis?
GABRIEL  ALONSO.- ¡Jamás podría olvidarme de aquellos años en que ejercí de clérigo bajo vuestro mandato!
CARDENAL CISNEROS.- Sí, como bien sabéis, por aquel entonces, os encargué que escribierais un tratado de agricultura,  que se editaría más tarde con el título de…Seguro que vos lo recordáis mejor.
GABRIEL  ALONSO.-  Si, por supuesto, se llamó elLibro de agricultura que es de la labranza y crianza y de muchas otras particularidades y provechos de las cosas del campo”.
CARDENAL CISNEROS.- Así es, hijo mío, así es.
GABRIEL  ALONSO.- Posteriormente, este libro será conocido como  “Agricultura general”, el cual vuestra Eminencia Reverendísima tuvo a bien financiarlo  y repartirlo gratuitamente entre los labradores, para mejorar las  condiciones de producción y los recursos alimentarios de aquella época.
CARDENAL CISNEROS.- Fue una magnífica obra, con una enorme repercusión práctica,  que se tradujo además al latín, italiano  y francés, durante el siglo XVI. 
GABRIEL  ALONSO.- A través de estas páginas dejé constancia de mi admiración por los autores clásicos. Tenía como objetivo, por aquel entonces, que mi obra fuera un claro exponente del espíritu científico.
CARDENAL CISNEROS.- Sí, algo muy propio de nuestra época del Renacimiento.
GABRIEL  ALONSO.- Por eso mismo,  para su redacción me inspiré en tratados de agricultura de autores como Plinio el Viejo, o los filósofos griegos como Teofrasto  o el mismísimo Aristóteles.
CARDENAL CISNEROS.- También, como  recordareis, recogíais en este libro, determinadas y valiosas técnicas utilizadas por los musulmanes, en el cultivo de las tierras y el cuidado de los animales.
GABRIEL  ALONSO.- Sí, y eso fue fruto de los diez años en que residí y tuve contacto con esta cultura,  en la ciudad de Granada.
CARDENAL CISNEROS.- Bueno, debo marcharme ya, pues mis muchas obligaciones me reclaman. Adiós, mi siempre querido y estimado capellán.
(Se despide el Cardenal, dándole un cariñoso abrazo y abandona la escena. Gabriel Alonso, a su vez, se va por el lado opuesto. Vuelven de inmediato los dos narradores, a situarse en el centro del escenario).
NARRADORA.-  Pues bien, como hemos podido ver, aunque Gabriel Alonso de Herrera se basa fundamentalmente en los tratados de la agricultura clásica, su fin era eminentemente práctico
NARRADOR.- Y buscaba con ello, sobre todo, favorecer y mejorar la producción agrícola y ganadera de la población.
NARRADORA.-  Pero su obra no se limita sólo a la agricultura y la ganadería, sino que profundiza en temas de meteorología, medicina veterinaria  y medicina humana a través de las plantas y los alimentos.
NARRADOR.-  Es por eso que nos habla de los procedimientos para trabajar  mejor la tierra, del cuidado de los animales, de la elaboración de los productos obtenidos y de los problemas  que surgen; e incluso llega a recoger, hasta las supersticiones más extendidas sobre estos temas.
NARRADORA.- Hay también aspectos muy novedosos e interesantes de Gabriel Alonso, como el convencimiento que él tenía, de la existencia  del sexo en las plantas.
CHICA DEL PÚBLICO.- (Interviniendo de nuevo en la escena, con risa  escandalosa) ¡ Ja, ja, ja ,ja !
NARRADORA.-  (Con tono algo indignado y recalcando las palabras) Pues sí, existe el sexo en las plantas y esto es algo demostrado científicamente. ¡Así que no entiendo esa risita...!
CHICA DEL PÚBLICO.-  (Con tono pesaroso).Lo siento, no pretendía molestar a nadie, es simplemente, que me ha sorprendido...
NARRADORA.- (Volviéndole a hacer un gesto para que se siente y se calle) ¡Pues ya ves que no hay motivo para ello! Volviendo al tema, tengo que decir, que entre una de técnicas agrícolas más novedosas, practicada por Gabriel Alonso, estaba, la de realizar encurvamientos en las ramas, como una alternativa a las podas de los frutales.
NARRADOR.-  Y también hay que decir, que estudió el carácter venenoso de algunas especies de plantas, introduciendo numerosas técnicas sobre su conocimiento.
NARRADORA.- Quiero recordar además, que su libro está escrito en un lenguaje popular y castizo, pero que con sus muchas y sucesivas reimpresiones, fue llenándose de matizaciones y modernizaciones.
NARRADOR.-  Su obra influyó en importantes tratadistas  extranjeros, expertos y estudiosos de estos temas.
NARRADORA.- Tuvo vigencia incluso más allá de la Guerra Civil Española. Sus ediciones más recientes tienen lugar entre los años 1970 y 1979… ​
CHICA DEL PÚBLICO.- (Interviniendo una vez más con rapidez). Del siglo pasado, es decir,  el siglo XX.
NARRADOR.- (Moviendo la cabeza y mirando con  cansancio al lugar donde se sienta la “chica del público”). Y no nos olvidemos, finalmente, que Gabriel Alonso de Herrera es quien da nombre a uno de los Institutos de Educación Secundaria más célebres e importantes de Talavera de la Reina.
(Vuelve otra vez a escena Gabriel Alonso).
GABRIEL  ALONSO.- Así es. Y os agradezco enormemente, que hayáis hecho esta exposición de  manera  tan brillante  y magnífica, sobre mi vida y mi obra.
NARRADORA.- ¡El agradecimiento es nuestro, pues  ha sido un gran placer para nosotros poder hacerlo!
NARRADOR.- ¡Sí, desde luego que sí!  
GABRIEL  ALONSO.- (Dirigiéndose ahora a la chica del público, con un tono más jocoso y divertido)  Ah, y muchas gracias también a vos, bueno quería decir a ti, por tus audaces y agudas  intervenciones.
CHICA DEL PÚBLICO.- ¡De nada, de nada, para mí ha sido algo genial, el que me hayan permitido poder hacerlo! Y quiero pedir disculpas, por si en algún momento, he podido ser impertinente o he molestado a alguien.
GABRIEL  ALONSO.- Nada, nada, ja, ja, ja. Disculpas aceptadas.
NARRADORA  Y NARRADOR.-  (Con cierta resignación). ¡Lo mismo te decimos!
GABRIEL  ALONSO.- Muy bien, pues ya solamente me queda contaros, que dejé este mundo en 1539, que como supongo   sabréis, este año pertenece al siglo…
CHICA DEL PÚBLICO.- (Interviniendo  una vez más  con 
rapidez) ¡Al siglo XVI!
NARRADORA.- (Hablando para sí). ¡Yo es que estoy flipando! ¡A esta chica no hay quien la calle! (Y dirigiéndose finalmente al público). Bueno, pues esperamos que esta representación, que ha llegado ya a su fin, haya sido del agrado de todos ustedes.
NARRADOR.-  Y que, en definitiva, haya servido para que todos conozcamos  mejor, la  importancia y  relevancia  que tuvo  la figura de Gabriel Alonso de Herrera.  
(Salen todos los que han intervenido en la representación y 
saludan al público presente)

 ……………(Música, para finalizar)……………………
                                                
 -  Fin  –

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