SERIE: LOS TEATRILLOS DE DON QUIJOTE.
Obras originales, basadas en diferentes capítulos del Quijote.
Escritas y adaptadas para el Taller de Teatro, por el profesor
Jesús Fragua Serna, del CEIP Fray Hernando de Talavera.
Talavera de la Reina. (TOLEDO).
(Ilustraciones originales del autor)
DE DON ALONSO A DON QUIJOTE.
NARRADORA.- En un lugar de la Mancha, vivía
don Alonso, un hidalgo “de los de lanza en astillero, adarga antigua,
rocín flaco y galgo corredor”.
NARRADOR.- Así es como nos lo describe
Miguel de Cervantes…
NARRADORA.- …que como sabéis es el autor
del Quijote, la obra más importante y universal de la literatura española.
NARRADOR.- Pues bien, vivía don Alonso en su casa con
un ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte.
(Entran
en escena el ama y la sobrina),
AMA.- (Hablando con sofoco). Yo no sé qué
vamos a hacer con don Alonso, que ya está llegando a los cincuenta… y cada día
que pasa le veo más raro.
SOBRINA.- Sí,
ama, mi tío debería salir más. Ya ni pasea por el campo, ni se ocupa de nada en
la casa, sino que se pasa los días y las
noches encerrado en su aposento de libros, leyendo esas disparatadas novelas de
caballerías…
AMA.- …y
que no hacen otra cosa, que ponerle cada vez más chiflado, para desgracia
nuestra.
SOBRINA.-
Además, yo estoy cada vez más preocupada, porque ha vendido varias tierras para comprar más libros de esos.
AMA.-
Escucha, que parece que le oigo y creo que viene por el pasillo hablando solo…
(Ambas se esconden en un rincón para observar, mientras
aparece don Alonso, leyendo un libro que trae entre sus manos).
D. ALONSO.- Qué maravilla lo que leo en este libro: “La razón de la
sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con
razón me quejo de vuestra hermosura”.
SOBRINA.-
¡Menudos disparates!
AMA.- (Poniéndose el dedo en los labios) ¡Chisss,
calla hija, que nos va a descubrir!
D.
ALONSO.- (Siguiendo su lectura). “Los
altos cielos que de vuestra divinidad, divinamente con las estrellas os
fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece vuestra grandeza”.
AMA.- ¡Cualquiera
entiende semejantes mamarrachadas!
SOBRINA.- (Con tristeza). Desde luego que sí.
NARRADORA.- Y así es como el pobre don Alonso,
perdía cada día, un poco más el juicio…
NARRADOR.- …intentando encontrar el significado
de todo aquello que leía, que ni el mismo sabio y filósofo Aristóteles hubiera
podido descifrarlo.
NARRADORA.- A veces pretendía discutir con el cura del pueblo, sobre qué
famoso caballero andante había sido el mejor.
NARRADOR.- Otros días, lo hacía con maese
Nicolás, el barbero, discrepando sobre qué caballero había sido el más audaz o valiente.
NARRADORA.- Pero él seguía día y noche
enfrascado, cada vez más en la lectura de esos libros de caballerías.
NARRADOR.- Y tanto fue así, que del poco dormir
y del mucho leer, se le secó el cerebro.
NARRADORA.- Y no pensó en otra cosa nada más,
que hacerse caballero
andante e irse por todo el mundo con sus armas y a caballo, a buscar aventuras.
NARRADOR.- Y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, sobre lo que hacían
los caballeros andantes, sin miedo a tantos
peligros a los que se iba a exponer.
NARRADORA.- Don Alonso está revolviendo en
el desván viejas piezas de una armadura de caballero, de los tiempos de su
bisabuelo.
NARRADOR.- El Ama y la sobrina, entran
deprisa, muy alarmadas por las voces que está dando don Alonso.
D. ALONSO.- (Gritando con mucho ímpetu). ¡Ya me imagino
coronado rey, por el valor de mi
brazo, del gran imperio de Trapisonda!
SOBRINA.- ¿Pero tío, qué hace con esa armadura oxidada y
llena de moho?
AMA.-
¡Mucho me temo que nada bueno, hija!
D. ALONSO.- ¿Pero por qué os preocupáis tanto? Sólo pienso limpiarla,
arreglarla y buscar lo que falte, para
recomponerla lo mejor que pueda.
AMA.- (Con retintín) ¡Claro, claro y luego
ponérsela para salir por ahí hecho un
fantoche!
SOBRINA.- ¡Por favor tío,
abandone ya esa ideas que se le vienen a la cabeza y que nada bueno le van a
traer.
D. ALONSO.- No os alarméis sin motivo, simplemente porque
quiera restaurar esta vieja armadura. De hecho, cuando esté arreglada, os va a sorprender cuando me la ponga y veáis
lo bien que me queda.
AMA.- ¡Ay, hija mía, esto
no va a haber nadie que lo arregle!
SOBRINA.- (Lamentándose) ¡No sé qué vamos a hacer!
NARRADORA.- Se van el ama y la sobrina, con
resignación dejándole solo a don Alonso en el desván.
NARRADOR.- Don Alonso recoge
su armadura y la pone en un rincón. Piensa ahora que, como buen caballero que es,
necesita poner nombre a su rocín, es decir su caballo.
NARRADORA.- Decide, después de pensarlo un
poco, que se llamará Rocinante, un
nombre que le parece muy adecuado, por considerarlo el mejor rocín de todos los
caballeros andantes.
D.
ALONSO.-
(Hablando con solemnidad) Y ahora
llega lo más importante, que es buscar un nombre para mi persona: un nombre que
realce mi figura, mi valor, toda la grandeza que represento.
NARRADORA.- Y en este pensamiento estuvo
ocupado, nada más y nada menos que ocho
días y ocho noches.
NARRADOR.- Y al cabo de ellos, decidió que
se iba a llamar don Quijote, pues le pareció lo más lógico, ya que su apellido
era Quijano.
D. ALONSO.- Pero falta algo: otros caballeros han añadido a su
nombre el de de su reino o patria donde
nacieron. Así que me he de llamar… (Pensando un rato, mientras camina).
¡Ya está! Mi nombre completo será: ¡Don Quijote de la Mancha!
NARRADORA.- Casi preparada ya su armadura, su flamante
caballo “Rocinante” y el
nombre con el que se daría a
conocer como caballero andante, sólo le faltaba algo importante.
NARRADOR.- Que no era otra
cosa, que buscar una dama de quien enamorarse; porque,
según don Alonso, un caballero andante sin amores era como un árbol sin hojas, o como un cuerpo sin alma.
D. ALONSO.- –Si yo algún día me encuentro por ahí con algún gigante,
como les acontece a muchos caballeros andantes, le derribo, le venzo y le
rindo… Será necesario entonces enviarle
a que se hinque de rodillas ante mi dulce señora y se ponga a su disposición.
NARRADORA.- ¡Oh, y cómo
se alegró nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso!
NARRADOR.- Y más cuando encontró a quien
dar el nombre de su dama.
NARRADORA.- En un lugar
cerca del suyo, había una moza labradora muy guapa, de quien hacía tiempo, él estuvo enamorado.
NARRADOR.-
Aunque ella jamás lo supo, ni se dio cuenta de nada. Se llamaba Aldonza Lorenzo y era del pueblo del Toboso,
NARRADORA.- Ésta va a ser la elegida como su gran amor, su
señora y su princesa.
NARRADOR.- Se puso entonces a buscar un nombre para ella,
que encajase bien con el suyo.
D. ALONSO.- Se llamará, se llamará… ¡Dulcinea del Toboso! ¡No
hay mejor nombre para una princesa, de semejante categoría!
D. ALONSO.- (Arrodillándose ante la figura de Dulcinea)
¡Oh mi señora, la dueña de mis pensamientos, de mis noches y de mis días! Tú
eres quien da fuerza y valor a mi brazo para vencer a tanto bellaco que anda suelto por ahí.
DULCINEA.- ¡Oh, mi
valiente y fiel caballero don Quijote! Por ti suspiro…Admiro día tras día la bravura que os llena de razón y la
grandeza del corazón, que no os cabe el
pecho, por tanto interés en favorecer a los más desvalidos y necesitados de
este mundo.
D. ALONSO.- Yo solo no podría llevar a cabo semejantes
empresas, si no fuera por tu amor, mi señora Dulcinea, que me ilumina y da
sentido a todos mis actos.
DULCINEA.- ¡Mi amado caballero andante! En la soledad de mi
aposento, esperaré siempre tener noticias nuevas, de esas grandes hazañas que
realizarás.
(Suenan golpes tras la puerta del desván, mientras desparece, como
por arte de magia, la imagen de Dulcinea. Entran en escena el ama y la
sobrina).
SOBRINA.- ¿Pero tío, qué hace ahí arrodillado, como alma en
pena?
AMA.-
¡Mucho me temo que, como siempre, nada
bueno, hija!
SOBRINA.- Además se está
quedando congelado, de tanto tiempo que lleva aquí arriba en el desván…
(Ambas le ayudan a
levantarse y se encaminan hacia la salida).
D. ALONSO.- (Con mucha pena) ¡Mi amada Dulcinea, te has
ido como rayo fulgurante, sin apenas darme tiempo a despedirme de ti!
AMA.- ¡Ay don Alonso, que
va a usted a enfermar con tanta tontuna!
SOBRINA.- Vamos a cenar, tío.
Verá como después de un descanso,
se encontrará mucho mejor.
AMA.- Seguro que sí. Le
he preparado un caldo capaz de resucitar a un muerto.
NARRADORA.- Y así es como don
Alonso Quijano pasó a llamarse para la posteridad…
NARRADOR.- …¡Don Quijote de la
Mancha!
NARRADORA.- Y esperamos,
distinguido público…
…(Música para finalizar, con saludo de todos
los actores)…
FIN
DON QUIJOTE ES ARMADO CABALLERO ANDANTE.
…(Música,
antes de comenzar)…
(Don Quijote aparece en escena, sobre
su caballo Rocinante. En el centro del escenario y un poco más adelantados se
sitúan los dos narradores).
NARRADORA.-El hidalgo don Alonso Quijano, es decir, don Quijote de la Mancha, como
bien quiso él nombrarse, había
estado preparándose durante días en su casa, para empezar a vivir
grandes aventuras, ya como un verdadero caballero andante.
NARRADOR.- Y todo ello, siendo fiel a lo que se
contaba en tantas y tantas “novelas de caballerías”, que nuestro hidalgo
manchego había estado leyendo día y noche, hasta perder el juicio.
NARRADORA.-Por eso,una mañana que era de las más calurosas del mes de
julio…
NARRADOR.-…se puso su armadura, se subió a su
caballo Rocinante y sin decir nada a nadie, salió al campo por una puerta del
corral de su casa.
NARRADORA.- Pero apenas había recorrido unos metros, cuando se acordó que no había
sido aún armado caballero andante.
NARRADOR.- Lo cual le impedía según las leyes de caballería,
ejercer este noble oficio.
D. QUIJOTE.-
Me haré nombrar caballero por el primero que se tope conmigo. Según he leído en
mis libros, así lo hicieron muchos otros, que se encontraron en mi misma
situación.
NARRADORA.- Y con estos pensamientos y un sol capaz de derretirle los sesos…
NARRADOR.- …siguió adelante cabalgando por los
caminos que a Rocinante se le antojaba tomar.
NARRADORA.- Empezaba ya a anochecer y su rocín y
él estaban cansados y muertos de hambre.
NARRADOR.- Pero pronto vio una venta, no lejos
del camino y se apresuró a llegar hasta ella.
(Llegando a la puerta de
la venta, donde se encontraban dos mozas sirvientas).
D. QUIJOTE.-
(Diciendo para sí mismo) ¡Dichosa la edad y dichoso el siglo en que
saldrán a la luz todas mis famosas hazañas!
(Entrando en la venta y
saludando don Quijote con mucha cortesía al ventero y a dos mozas sirvientas
que le acompañaban).
VENTERO.- Pase señor a ésta, que es mi humilde
posada.
D. QUIJOTE.-
(Algo sorprendido, mientras baja del caballo). No sea tan modesto señor alcaide,
gobernador de este magnífico castillo. Le sugiero que tenga a bien llamar a las
cosas como son.
VENTERO.- (Con
gesto de no entender muy bien lo que le decía). Bueno, bueno, como usted
diga señor.
NARRADOR.- Don Quijote se imaginó también,
además de que la venta era un castillo y que el ventero era su alcaide, que las
dos sirvientas, eran dos hermosas doncellas.
NARRADORA.-
Una de ellas se hacía llamar la Tolosa y la otra la Molinera y tenían
poco de finas o educadas señoritas, tal y como se las imaginaba don Quijote.
TOLOSA
Y MOLINERA.- Ja, ja,
ja, ja…
NARRADOR.- Las dos no paraban de reírse, muy divertidas, presenciando, la
escena.
NARRADORA.- Y más aún, viendo la facha y el
comportamiento de tan extraño huésped.
D. QUIJOTE.-Podría usted darnos aposento y comida
a mi caballo y a mí, señor alcaide. Ambos venimos exhaustos de tanto caminar
bajo este implacable sol.
VENTERO.-
Como no, deme su caballo y acomódese como usted guste. Tolosa y Molinera, le
asignarán enseguida una alcoba que esté disponible.
TOLOSA.- Sí, pero antes siéntese, señor. Le
traeremos algo para cenar.
(Mientras, el ventero se
lleva a Rocinante a las cuadras, saliendo por un extremo del escenario).
MOLINERA.- ¿Le apetecen unas truchuelas, señor?
Es que a estas horas, ya no disponemos de otras mejores viandas…
D. QUIJOTE.-
Como no, y muy agradecido por su amabilidad, siendo ustedes unas damas tan
distinguidas.
(Nuevamente vuelven a reírse, sin poder contenerse, las dos mozas,
ante las ocurrencias del huésped)
NARRADORA.-Intentaron entonces, entre las dos mozas,
quitarle la celada, que es la parte de la armadura que le cubría la cabeza.
NARRADOR.- Pero no lo consiguieron, pues estaba
muy encajada y atada con unas cintas que don Quijote se negó a cortar.
TOLOSA.- ¡Uff! ¡Es imposible quitarle esta
cosa, señor.
MOLINERA.-
Vuestra merced tendrá
que quedarse con esto puesto toda la noche.
D. QUIJOTE.-
Ya me imagino que será así, pero es un sacrificio que me corresponde hacer,
como buen caballero andante que quiero llegar a ser.Muchas gracias de todas
maneras, bellas damas, por el esfuerzo y las buenas intenciones que me han
demostrado.
TOLOSA.-
¡Ja, ja, ja! ¡No
hay de qué, señor!
MOLINERA.- ¡Gracias por el cumplido! ¡Ja, ja,
ja!
D. QUIJOTE.-
Y además, como muestra de mi agradecimiento, quiero recitarles estos famosos
versos que yo mismo he adaptado para este gran momento:
(Recitando con
solemnidad)
Nunca fuera caballero
de damas tan bien
servido,
como fuera Don Quijote,
cuando de su aldea vino.
NARRADOR.- Las dos mozas aplaudieron con ganas
los versos de don Quijote les había dedicado.
NARRADORA.- Y rieron a placer, complacidas
también por el hecho de que alguien les tratara con semejante delicadeza.
TOLOSA.-
(Tomando
una bandeja que estaba sobre un aparador cercano) Señor, aquí tiene el plato de pescado
con las truchuelas.
MOLINERA.- (Sirviéndole
a su vez una jarra de agua y un mendrugo de pan). Qué le aproveche, señor.
NARRADORA.- Don Quijote se dispuso a probar
bocado, pero con la celada puesta le resultaba prácticamente imposible hacerlo.
NARRADOR.- Así que Tolosa y Molinera, tuvieron que ayudarle,
llevándole los trozos de pescado por los huecos que dejaba libre la celada.
D. QUIJOTE.-
(Masticando y hablando con cierto apuro). Ahora me gustaría beber de esa
magnifica jarra, pues me muero de sed.
(En este momento vuelve el ventero a entrar en escena y se sitúa
al lado contrario de donde se encuentran las dos mozas).
NARRADOR.- Tolosa y Molinera se afanaban
intentando que don Quijote pudiera beber…
NARRADORA.- …pero resultaba de nuevo, una tarea
imposible con la celada puesta.
VENTERO.- Esperad, que creo que tengo la
solución.
(Toma el ventero una
caña y la arrima en un extremo a la boca de don Quijote. Por el otro lado echa
el agua de la jarra, para que le llegue así al pobre y sediento futuro
caballero).
D. QUIJOTE.-
Glu, glu, glu,glu, glu…
VENTERO.- Ya ve usted, que en estos casos, más
vale maña que fuerza.
D. QUIJOTE.-
(Dejando ya de beber). Así es, señor Alcaide, así es. Pero ahora, mi
preocupación es otra.
VENTERO.- Dígame usted cual es esa
preocupación, a ver si encuentro también una buena solución para ella…
D. QUIJOTE.-
(Hincándose de rodillas ante el sorprendido ventero). ¡No me moveré de este
castillo, valeroso alcaide, hasta que me concedáis el don de armarme caballero!
VENTERO.- (Hablando
para sí mismo, mientras se rasca la cabeza). ¡Recorcholis! Y cómo querrá
que haga yo semejante cosa…
D. QUIJOTE.- Esta noche la pasaré velando las armas en la
capilla y mañana me armaréis caballero andante, para poder partir a buscar
aventuras y ayudar a los más débiles y necesitados.
VENTERO.- Siento decirle señor don Quijote,
que no está disponible en estos momentos la capilla, pues la estamos arreglando,
pero de igual forma podrá velar sus armas, si así lo desea junto al pozo que
está en el patio.
D. QUIJOTE.-No
habiendo más remedio, así será, señor alcaide.
NARRADORA.- Y dicho esto, don Quijote se
dispuso a velar sus armas con mucha
solemnidad, colocándolas sobre el pozo del patio.
NARRADOR.- Después se puso a caminar de un lado
a otro, delante de la las armas apiladas.
NARRADOR.- Al amanecer, don Quijote que ha
permanecido toda la noche en vela, junto a sus armas ve como se acerca un
hombre con una mula al pozo.
NARRADORA.- Se trataba de un arriero. Los
arrieros eran personas que transportaban mercancías con animales, de un lugar a
otro.
(Se colocan a un lado
del escenario los narradores, mientras el arriero empieza a retirar las armas
del pozo, para sacar agua con un cubo y dar de beber a su mula).
D. QUIJOTE.-
(Gritando y con enfado). ¡Oh, tú quien quiera que seas, atrevido
caballero, deja de tocar mis armas o lo lamentarás…
(Pero el arriero no hizo ningún
caso y se dispuso ya a sacar el primer cubo de agua, una vez retiradas las
armas).
ARRIERO.- ¡No entiendo nada de lo que me dice,
señor! Déjeme en paz y siga paseando por ahí, tal y como lo estaba haciendo...
D. QUIJOTE.-(Hablando
para sí mismo) Pero como se atreve este mentecato a hablarme así. ¡A ti, mi
amada Dulcinea me encomiendo en este difícil lance!
(Y dicho esto, cogió el cubo y se lo encasquetó en la
cabeza al pobre arriero, que muy asustado se puso a gritar).
ARRIERO.-
¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Qué algún alma caritativa venga en mi auxilio!
(Al oír las voces
aparecieron en el patio el ventero, las dos sirvientas y el resto de la gente
que estaba hospedada.Mientras, el arriero conseguía sacarse el cubo de la
cabeza, no sin cierta dificultad).
GENTE.-(Gritando todos) ¡Ooooh! (Después, alguien entre el grupo de gente,
se dirige al ventero). ¡Haga algo señor para detener a ese loco o tendremos
que hacerlo nosotros por nuestra cuenta!
VENTERO.- ¡Tranquilos y quietos todos! Váyanse,
por favor, a sus aposentos, que yo les aseguro que sé cómo manejar esta
situación.
(Dicho esto, se va toda la gente por donde había venido,
quedándose solo las dos sirvientas junto al ventero).
VENTERO.-(Dirigiéndose
en voz baja al arriero). Haga el
favor de retirase un momento,que yo me encargaré luego de recompensarle, por
este desafortunado incidente).
ARRIERO.-Eso espero señor, si quiere que alguna
otra vez vuelva a hospedarme en esta dichosa venta.
(El arriero se aparta a un rincón y
sale del escenario con su mula, un poco cabizbajo y aparentemente dolorido).
VENTERO.- (Dirigiéndose
ahora a don Quijote). ¡Señor, le parece bien que procedamos cuanto antes a
la ceremonia, para que quede así armado caballero andante!
DON
QUIJOTE.- ¡Señor
alcaide de este noble castillo, no hay nada en el mundo cosa que más desee en
estos momentos!
TOLOSA
y MOLINERA.- (Con
la risa contenida)
Ji, ji ,ji, ja, ja, ja, ji, ji ,ji, ja, ja, ja.
VENTERO.- Muy bien, pues procedamos.(Dirigiéndose ahora a las dos sirvientas por
lo bajo). Chissss, traedme rápido el único libro que tengo, donde apunto
las cuentas de la venta.
(Se van Tolosa y Molinera a buscarlo,
mientras don Quijote se coloca de rodillas y con la cabeza baja, esperando que
llegue el momento).
DON
QUIJOTE.- Aquí estoy
postrado a sus pies, señor alcaide, con el pensamiento siempre puesto en la
dueña de mi corazón: mi amada Dulcinea.
(Entran Tolosa y Molinera, la última
trayendo el libro de cuentas bajo el brazo. Lo toma con rapidez el ventero para
proceder al acto).
VENTERO.-
(Haciendo
como si leyera algo de ese el libro).
Flu, fli, flo,flu,fli, fla,…
rábanos y
patatas fritas,…
pin, pan,
pun, pun, pin, pan,…………………………………….
higos y
castañitas,……
cuqui,
cuqui,cuquicón…………………………………………
canta el
gallo, kikirikí, kikiricó
y esto se
acabó.
……………………………… .
TOLOSA
y MOLINERA.-(Ya,
sin poderse contener al oír esto).
Ji, ji,ji, ja, ja, ja, ji, ji,ji, ja, ja, ja.
(Después el ventero cogió la espada de
don Quijote y le tocó en ambos hombros, para después finalizar dándole un buen
golpetazo en la espalda, que acabó de sacar de su ensimismamiento al ya nuevo
“caballero andante”).
DON
QUIJOTE.-(Levantándose y hablando con mucha
solemnidad) ¡Oh, doy
gracias al cielo por ser ya por fin, quien siempre he querido ser, para gloria y
beneficio de todos los necesitados que
sufren las injusticias de este mundo.
VENTERO.- ¡Pues así sea! ¡Y vaya usted con
Dios! (Y ahora dirigiéndose sólo a las
dos risueñas sirvientas).¡Y si es posible, lo más lejos de aquí).
(Entran de nuevo en escena los dos
narradores, retirándose el ventero, acompañado de las sirvientas, entre risas
de alivio y satisfacción).
NARRADORA.- Y de esta manera, se despidió el
ventero de don Quijote, que una vez recogidas todas sus pertenencias y montado
sobre Rocinante, salió más feliz que nunca de aquella venta (o castillo según
él) y ya hecho por fin, todo un flamante “caballero andante”.
NARRADOR.-Y con esto, acaba ya nuestra
representación, esperando, distinguido público, que haya sido del agrado de
todos ustedes.
- Fin -
SE NECESITA ESCUDERO PARA CABALLERO ANDANTE .
NARRADORA,- Don Quijote se encuentra reposando y
convaleciente, después de su última aventura, en la que se enfrentó a unos
mercaderes que iban por un camino.
NARRADOR.- En este enfrentamiento, tuvo tan
mala suerte que su caballo Rocinante
tropezó con una piedra y lo lanzó por
los aires, cayendo al suelo bastante maltrecho.
NARRADORA.- Por si fuera esto poco, uno de los
mercaderes, muy enfadado y furioso, le partió su lanza en las costillas.
NARRADOR.- Un labrador de su misma aldea que
pasaba por allí, le recogió y le llevó montado en su asno hasta su casa.
NARRADORA,- Nada más llegar, el ama y su sobrina,
que vivían con él, se afanaron en cuidarle y con la ayuda del cura y el barbero del lugar,
intentaron quitarle la idea de volver a salir, por esos caminos, a “arreglar el
mundo”.
NARRADOR.- Sin embargo, Don Quijote planeaba
volver a las andadas y seguir ejerciendo
su vocación de caballero andante, sólo
que esta vez pensaba hacerlo acompañado.
NARRADORA.- Para ello necesitaba buscar a un
escudero que le fuera fiel y buen cumplidor
de sus obligaciones…
NARRADOR.- …y que estuviera dispuesto a vivir
grandes y peligrosas aventuras junto a él.
(Entran en escena el ama
y la sobrina. Ambas se encuentran en el corral de la casa, preparando una buena hoguera),
AMA.- (Mientras echa leña a la hoguera). Aprovechando
que ahora está dormido, vamos a deshacernos de todos estos libros que le han
causado tanto mal a Don Alonso. ¡Y qué no quede ninguno sin chamuscarse, bien
chamuscado!
SOBRINA.- Sí,
sí, vamos a quemar todas estas novelas de caballerías, que no han servido nada
más que para comerle la cabeza, con esas fantasías e ideas tan descabelladas.
(Las dos van echando a la hoguera un buen montón de libros, de caballerías sacados de la
biblioteca de Don Quijote).
NARRADORA,- Pero no sólo se limitaron a quemar
los libros, sino que por consejo del cura y el barbero, mandaron tapiar con un
muro la puerta de la biblioteca.
NARRADOR,- A la mañana siguiente, cuando se
levantó Don Quijote, no puedo encontrar, como es natural, la entrada de aquella estancia, donde tantas horas había pasado
leyendo sus libros de caballerías.
D.
QUIJOTE.- ¿Pero, qué
ha pasado aquí? No consigo dar con el aposento
de mis libros…
SOBRINA.- (Saliendo a su encuentro). Ay, tío
Alonso, cuanto siento decirle que anoche vino un
encantador sobre una nube, entró en la biblioteca, y no sé lo que hizo dentro, que al cabo de un rato, salió
volando por el tejado y cuando fuimos a ver lo que había pasado, ya no quedaba
aquí ni aposento ni libro alguno…
AMA.- Así es como
ocurrió, Don Alonso.
SOBRINA.- Eso sí, antes de
marcharse, el muy sinvergüenza, nos dijo que se llamaba “el sabio Muñatón”, para dejar así su firma en semejante fechoría.
D.
QUIJOTE.- ¡Qué
malandrín! ¡Si es que me la tiene jurada! Pero no se llama Muñatón, sino
Frestón.
AMA.- –No
sé si se llamará Frestón, Fritón o Fritangón, sólo sé que acabó en “tón” su
nombre.
D.
QUIJOTE.- Ese Frestón es un sabio
encantador, gran enemigo mío, que me tiene mucha manía, porque ha adivinado que
pronto me voy a enfrentar a un caballero amigo suyo, al que con toda seguridad
voy a vencer y es por eso por lo que trata de fastidiarme, utilizando toda
clase de tretas malignas.
SOBRINA.- Nadie
duda de que con su gran valor, vencerá a ese caballero… ¿Pero quién le mete a
usted en esos jaleos, tío? ¿No será
mejor que esté tranquilito en su casa y abandone esas
ideas de arreglar el mundo, no sea que, por ir por lana, vuelva usted
trasquilado, como bien dice el refrán.
D.
QUIJOTE.- ¡Oh sobrina mía, nada de eso va
a ocurrir! Porque al primero que intente
trasquilarme a mí, le pelaré yo las barbas y el pelo de la cabeza, si
aún lo tuviera.
NARRADORA,- No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se empezaba a
poner nervioso y muy encendido de rabia.
NARRADOR,- Así estuvo quince días don
Quijote en casa, muy sosegado y sin dar muestras de querer volver a retomar el
oficio de caballero andante.
NARRADORA,- Aquellos días se le pasaron teniendo largas charlas con el
señor cura y el barbero.
NARRADOR,- Entre ellos se contaban divertidos cuentos. El cura y el barbero, trataban así de quitarle de la cabeza, la idea
de volver a ser caballero andante y bien creían que lo estaban consiguiendo.
NARRADORA,- Pero muy lejos de lo que ellos pensaban, don Quijote seguía en sus
trece y con las mismas intenciones.
NARRADOR,- Tanto era así, que en este
tiempo, se dedicó a buscar en la aldea a
alguien que le pudiera acompañar, como escudero, para su
próxima salida, tal y como él lo había pensado desde el principio.
NARRADORA,- Y así es como fue a hablar un día, con un labrador, hombre de bien, pero de muy poca sal en la
mollera.
NARRADOR,- No le fue difícil a don
Quijote, convencer a a este pobre
labrador llamado Sancho Panza, con fama
de gran zoquete.
(Don Quijote y Sancho hablan con discreción en un extremo de la
calle).
D.
QUIJOTE.- Sancho, amigo mío, esta
decisión de acompañarme, te va a traer, sin duda, notables beneficios. En pago
a todo ello tengo pensado hacerte, en cuanto se presente la ocasión, Gobernador
de una ínsula.
SANCHO PANZA.-
Por estas promesas que me hace señor,
decido servirle, pues dejó a mi mujer y a
mis hijos, sólo pensando en que este sacrificio pueda servir para darles un
futuro mejor.
D.
QUIJOTE.- Piensas muy bien, Sancho. Por
eso saldremos mañana mismo antes del amanecer y sin despedirnos de nadie, para
no levantar sospechas y evitar así, que alguien intente impedírnoslo. Ah y no te olvides de llevar unas buenas alforjas, con algo de
comida para el camino.
SANCHO PANZA.-
Sí, mi señor. Pensaba llevarme también a mi asno, pues no estoy demasiado acostumbrado a dar largas caminatas a pie.
D.
QUIJOTE.- (Dudando) No sé Sancho… en
esto del asno, la verdad es que no encuentro ningún ejemplo, en los libros de
caballerías, en los que aparezca un
escudero acompañando a su amo montado en un burro…
SANCHO PANZA.- Señor, debo suplicarle que me permita hacerlo. Mi Rucio, que es así como lo
llamo, es un animal muy noble y servicial.
D.
QUIJOTE.- Está bien, Sancho, pero en
cuanto tenga ocasión y derrote a algún
malvado caballero, le arrebataré su caballo para entregártelo; de esta manera podrás cabalgar, con la
categoría que se mereces un escudero a mi servicio.
NARRADORA,- Y de esta manera fue, como
ambos se dispusieron a salir del lugar, sin que nadie les viese.
NARRADOR,- Anduvieron tanto, que al amanecer estuvieron ya seguros
de que nadie los encontraría, aunque
salieran a buscarlos.
NARRADORA,- Pararon entonces a descansar en un
tranquilo lugar.
NARRADOR,-
Mientras, dejaron pastando en un prado, a Rocinante y al Rucio.
SANCHO PANZA.-
Señor, he ido como un patriarca, en mi
jumento, viéndome ya como gobernador de esa gran ínsula que me tiene prometida.
D.
QUIJOTE.- Por supuesto que sí, estimado
Sancho. No dudes nunca de que esto se vaya a cumplir.
SANCHO PANZA.-
Y estoy seguro de que yo la sabré
gobernar, por muy grande que sea esa “ínsula” (Hablando ahora para sí mismo)
…Aunque no sé muy bien lo que es…¡una ínsula!
D.
QUIJOTE.- Tienes que saber Sancho, que esta
costumbre de los caballeros andantes, de hacer gobernadores a sus escuderos de
ínsulas o reinos, es muy antigua.
SANCHO PANZA.- ¡Por eso pienso que ha sido un gran acierto
para mí acompañarle en este oficio, mi
señor!
D.
QUIJOTE.- Desde luego que sí. Yo incluso
pienso en ser más generoso, porque estos
caballeros andantes algunas veces, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos y
ya después de hartos de servir y de llevar malos días y peores noches, les
daban simplemente algún título de conde o de
marqués en algún perdido lugar.
SANCHO PANZA.- Y eso, en el caso de que no la hubieran “guiñado”
antes en alguna desafortunada aventura…
D.
QUIJOTE.- Claro que sí. Sin embargo yo, a
diferencia de ellos, te coronaría rey del primer reino que ganase para mí.
SANCHO PANZA.-
–De esa manera si yo fuese rey, mi mujer Juana Gutiérrez vendría a ser reina y
mis hijos infantes…¿No?
D. QUIJOTE.- ¡Por supuesto! ¿Quién lo duda?
SANCHO PANZA.-
–Yo lo dudo, Don Alonso. Porque conozco
muy bien a mi señora y sé que con la poca inteligencia y educación que ella
muestra, jamás encajaría en una posición de tan elevada categoría.
D.
QUIJOTE.- Encomiéndaselo a Dios, Sancho, que Él os dará lo que más os convenga. Pero no te apoques
ni te minusvalores tanto, que ya verás que, cuando llegue la ocasión, habrá buenas maneras de ir solucionando todos
los contratiempos que se presenten.
SANCHO PANZA.-
Intentaré seguir sus consejos y más
adelante ya se verá… Pues también creo que las personas son muy capaces a veces
de sorprender y de crecerse ante las dificultades.
D.
QUIJOTE.- Estoy de acuerdo contigo, pues además muchas de esas personas que se creen con poca
inteligencia o valía, demuestran a veces poseer más juicio y sensatez que otras
que presumen de tenerlo a raudales.
NARRADORA,-
Y así es como, después de un buen
rato de charla y de descanso, ambos retomaron, con buen ánimo, su recorrido
por los caminos de la Mancha…
- FIN -
EL BÁLSAMO DE FIERABRÁS.
(En el centro del escenario aparecen
Don Quijote y Sancho, apoyados en un árbol.
Un poco más adelantados, se sitúan los dos narradores).
NARRADORA.- Don Quijote y su fiel escudero Sancho, se encuentran descansando ese día en un espeso
bosque.
NARRADOR.- Ambos se recuperan, después de los percances sufridos en las últimas aventuras, recorriendo de acá para
allá los caminos de la Mancha.
(Los narradores se
colocan ahora en un extremo al fondo del escenario),
D. QUIJOTE.-
Vaya, querido, Sancho, parece que después de reposar, al cabo de un rato,
siento que aún me pesan más los huesos y que me va a resultar más difícil levantarme…
SANCHO.-
Conmigo señor, no hace falta que
disimule. Sé a ciencia cierta que está bien
molido, después de pelearse con aquel vizcaíno y no digamos yo, tras haber
recibido tan buena ración de palos, de aquellos mozos, que acompañaban a la
comitiva de frailes de San Benito.
D. QUIJOTE.-
Sí que llevas bien la cuenta de todo, Sancho.
SANCHO.-
¡Claro! Y no contentos con esto, pues no
hay una sin dos, ni dos sin tres, que ayer mismo tuvimos el honor de recibir
ambos, otra buena “tunda”, por parte de esos cuidadores de yeguas…
D. QUIJOTE.-
A esos mentecatos, que iban con semejantes animales, se les llama yangüeses,
Sancho.
SANCHO.-
Pues eso, los yangüeses: esos que querían pegar a Rocinante, simplemente
por haberse acercado a cortejar a sus yeguas.
D. QUIJOTE.-
¡Y ni que decir tiene, que ningún caballero andante hubiera permitido jamás,
que unos bellacos como esos maltratasen a su rocín!
SANCHO.-
Si, amo, pero esos bellacos de los que usted habla, eran
más de veinte y además bien fuertotes y robustos.
D. QUIJOTE.-
Ya, Sancho, pero bien sabes tú, porque te lo he dicho otras veces, que un caballero andante como yo,
nunca ha de empequeñecerse ni arrugarse
ante enemigos muy superiores.
SANCHO.-
Yo diría que más que empequeñecerse, de
lo que se trata en ocasiones, es de ser
prudente, pues tal como afrontamos estas situaciones, no vamos a hacer otra cosa que recibir paliza tras paliza y
acabaremos siempre como ahora, con los
huesos molidos y el cuerpo más que dolorido.
D. QUIJOTE.-
La prudencia la dejo para ti, Sancho, pues la Orden de Caballería que yo
profeso, me obliga a ser audaz y justo, mucho más que prudente o melindroso.
SANCHO.- Ya
me imagino yo que deba ser así, ya…
D. QUIJOTE.-
Por otro lado, quejarse jamás será algo propio de mí y nunca me verás hacerlo, aunque me encuentre a veces muy
quebrantado o dolorido.
SANCHO.-
Eso es muy de elogiar, señor, pero si al menos se pudieran aminorar esos males o dolores con algún remedio, como
el ungüento blanco, que traigo yo en mis alforjas...
D. QUIJOTE.-
No digo yo que no Sancho, pero dudo mucho de las bondades que pueda tener
semejante ungüento que dices tener.
(Sancho se levanta, con cierta dificultad, coge de sus alforjas un
tarro de barro tapado con un trapo y se vuelve a sentar junto a su amo).
SANCHO.-
¿Y por qué dice eso, señor? A mí casi
siempre me consuela, cuando me lo doy sobre las
partes doloridas… (Mientras, comienza a darse largas friegas, con la
especie de crema blanca que contiene el tarro que ha cogido).
D. QUIJOTE.-
Pues te lo digo Sancho, a
sabiendas de que el único y auténtico remedio válido en estos casos, es el
llamado “Bálsamo de Fierabrás”.
SANCHO.-
¡Válgame el cielo, que yo jamás he oído
en mi vida semejante nombre! Ahora, que si usted dice que esa pócima es buena y
curativa, no seré yo quien lo ponga en duda.
D. QUIJOTE.-
Y haces bien, querido Sancho. Con ese bálsamo, pondremos remedio a nuestras
dolencias con toda seguridad. Pero ahora, descansemos un rato antes de ponernos
en camino, hasta que encontremos un castillo cercano, donde seamos recibidos
con merecidos honores.
SANCHO.-
Pues espero que ese castillo esté
habitado y no se encuentre muy lejos de aquí.
(Pausa, con música de fondo, mientras se cambia de escenario).
(Los narradores se
sitúan de nuevo en el centro del escenario, mientras aparecen en escena Don
Quijote, Sancho y el ventero),
NARRADORA.-
Al cabo de un rato caminando, Don
Quijote y Sancho llegan a las puertas de una venta...
NARRADOR.- Don Quijote, en su imaginación, confunde
esta venta con un castillo y al dueño de ella,
con el Alcaide del mismo.
NARRADORA.- Pronto piden alojamiento y el
ventero les lleva a una espaciosa alcoba, donde arde una chimenea con buena
lumbre.
NARRADOR.- Ambos están muy deseosos de
instalarse y poder descansar.
(Los narradores se
colocan en un extremo al fondo del escenario),
VENTERO.- (Mirándoles
con cierta sorpresa y recelo). Pasen, pasen ustedes a este acogedor y cálido aposento,
para que descansen y se recuperen. Por
cierto, que les veo algo demacrados, como si vinieran de un campo de batalla…
SANCHO.-
Y no es exagerado que así le parezca,
señor…
D. QUIJOTE.-
Calla Sancho, que no has de ser tú quien relate al señor Alcaide de esta
fortaleza, las aventuras vividas y los hechos tan heroicos y audaces de los que
he sido protagonista y que algún día me serán reconocidos y elogiados en todos
los lugares del mundo.
VENTERO.-
(Rascándose
la cabeza y hablando para sí mismo). ¡Vaya,
vaya, vaya, curioso el alegato que acabo
de oír!
SANCHO.-
Como usted mande, mi señor, pero de
todas formas, acuérdese de pedir los ingredientes necesarios para fabricar ese
ungüento o pócima que alivie nuestros dolores.
D. QUIJOTE.-
Por supuesto que sí. Y te recuerdo que no es ninguna pócima o ungüento, sino
del maravilloso Bálsamo de Fierabrás. (Dirigiéndose ahora al ventero).
Me hará usted el favor, señor Alcaide de entregar a mi escudero en cuanto
pueda, lo siguiente que le pido y que no es otra cosa que esto: un poco de aceite, agua, vino, sal, romero y… (acercándose al oído del
ventero, para decirle en secreto el último ingrediente). Psss, psss, psss.
VENTERO.- Como usted diga señor, intentaré traerle lo antes que pueda, esto que me ha pedido. (Hablando ahora para sí mismo y dirigiéndose al público). ¡Qué
extraño guiso o mejunje se piensan cocinar este par de elementos! ¡Extraños personajes estos, a los que tengo
que hospedar!
(Se marcha el ventero,
por un extremo del escenario, quedándose solos Don Quijote y Sancho en la
alcoba. Se sientan ambos en unas sillas, uno frente al otro).
D. QUIJOTE.-
(Con tono melancólico.) Amigo, Sancho, es en estos lances tan difíciles,
de tristeza y soledad, cuando más echo de menos a mi amada Dulcinea del Toboso.
SANCHO.-
No es de extrañar, mi señor, pues yo
también me acuerdo mucho de Teresa, mi mujer y de mis pequeños y revoltosos
“sanchillos”.
D. QUIJOTE.-
(Con tono muy ceremonioso ahora). Ya me imagino, ya…Pues a mí sólo me vale encomendarme a ella, a mi dulce
y bella Dulcinea, para que estos momentos pasen lo más pronto posible y sirvan
para afrontar con más fuerza y con el valor
de mi brazo, las aventuras venideras, que sin duda le darán motivo para
sentirse orgullosa de éste, que es su fiel y valeroso Caballero Andante.
SANCHO.-
(Con tono algo lloroso). ¡Pues
diga usted que sí! Pero mejor será que dejemos este tema, pues, de no hacerlo
así, me temo que acabaré soltando más de una lagrimita, cosa que no sé si será
considerada como propia de un humilde escudero, que sólo intenta servir, lo
mejor que puede, a tan noble caballero.
(Vuelve el ventero, por
el mismo extremo del escenario por donde había salido, trayendo una bandeja
tapada con un paño. Sancho disimula, secándose con un pañuelo, una pequeña lágrima que empieza a
descender por su mejilla).
VENTERO.- (Chistando
a Sancho). Aquí le traigo lo que me ha pedido su señor. Si necesitan algo
más, díganmelo.
SANCHO.-
Muchas gracias, creo que con esto
será suficiente.
(Sancho le entrega la
bandeja a Don Quijote, que espera sentado junto a la chimenea de la alcoba).
D. QUIJOTE.-
Vamos Sancho, apresúrate
que pronto daremos forma a nuestro Bálsamo de Fierabrás.
SANCHO.-
(Con tono jocoso), No me le
imaginaba a usted de “cocinillas”,
señor, ja, ja, ja.
D. QUIJOTE.- (Con tono molesto) ¡No te rías ni te
burles, mendrugo! ¡No voy a cocinar nada! ¡Jamás haría eso un caballero
andante! Tan sólo voy a fabricar el magnífico remedio que sanará nuestras
dolencias.
SANCHO.-
Perdón, señor, no pretendía ofenderle, sólo es, que nunca me hubiera
imaginado verle de tal guisa…
D. QUIJOTE.-
(Tomando un puchero de barro, que está junto a la chimenea). Pues ya
sabes el por qué y la seriedad que esto exige.
Así que préstate de inmediato a
ayudarme con todo ello. Lo primero que tenemos que hacer es mezclar estos ingredientes en este puchero.
SANCHO.-
Entendido, mi señor, la lumbre ya esta avivada.
(Vierten todos los
ingredientes en el recipiente y lo ponen al fuego, en la chimenea).
D. QUIJOTE.-
Perfecto, pues ahora hay que removerlo y dejarlo cocer un buen rato.
D. QUIJOTE.-
(Con tono solemne, mientras coge una
aceitera de metal). Ya está, Sancho. Ahora vierte el contenido del puchero en esta aceitera de
hojalata. Mientras, vamos a rezar un montón de padrenuestros y avemarías, para
que termine de cuajarse, como Dios manda, nuestro Bálsamo de Fierabrás.
SANCHO.-
Como usted mande, señor.
(Vuelven los narradores
al centro del escenario)
NARRADORA.- Hecho todo esto, Don Quijote bebió muy animado y con mucha solemnidad, un
buen trago de aquel brebaje…
NARRADOR.- Después, fue Sancho el que hizo lo mismo que su amo,
bebiéndose otro buen trago.
NARRADORA.- Pero al poco de haberlo tomado, Don Quijote
comenzó a vomitar muchísimo y de forma estruendosa.
NARRADOR.- Y Sancho,
no tardó tampoco en notar
los efectos del brebaje, pues le
entraron unos enormes retortijones de tripa, tan fuertes que tuvo salir
corriendo de allí de forma urgente, para poder evacuar…
NARRADORA.- Así estuvieron ambos durante casi
dos horas, que fue lo que duró la
“borrasca”, por decirlo de algún modo.
NARRADOR.- Y al cabo de este tiempo, Sancho se encontraba
ya tan molido y machacado, que apenas
podía moverse.
NARRADORA.- Muy al contrario que su amo, que después de devolver
todo lo que tenía en su estómago, se había quedado plácidamente dormido y
aparentemente muy aliviado.
NARRADOR.- Así, cuando por fin despertó Don Quijote, se sentía muy bien y con muchas ganas de
emprender de nuevo la marcha para continuar con su noble oficio de Caballero
Andante.
(Se retiran de nuevo los
narradores a un extremo del fondo del escenario).
D. QUIJOTE.-
(Con tono firme y altanero). Yo
creo Sancho, que todo este mal te viene por no haber sido armado caballero, a
diferencia de lo que me ocurre a mí, que como puedes ver, el Bálsamo de
Fierabrás, me ha curado milagrosamente todas mis dolencias.
SANCHO.- Ay, ay, ay…Pues puede que así sea señor, pero
mal ha sido para mí, el que se haya dado cuenta de ello, cuando ya no había
lugar para el remedio… (Doliéndose aún
más) ¡Ay, ay, ay!
D. QUIJOTE.-
Vamos, vamos, Sancho, amigo y fiel escudero.
Levanta ese ánimo y haz honor a tu noble servicio poniéndote a la altura de los
más y mejores legendarios escuderos de caballeros andantes, que jamás haya dado
la historia.
SANCHO.- Ay, ay, ay, señor, si animado estoy, pero es
que me encuentro muy mal. Vaya usted en busca de Rocinante y prepare todo para la partida, que yo haré lo propio, en cuanto pueda ponerme en pie
sin caerme redondo al suelo…
D. QUIJOTE.-
(Con tono condescendiente). Está bien Sancho, tómate un tiempo más para
recuperarte. Yo estaré esperándote en la puerta del castillo, dispuesto ya para
la partida.
(La escena tiene lugar
cerca de la puerta de salida de la venta. Los narradores se sitúan de nuevo en
el centro del escenario, mientras aparece Don Quijote).
NARRADORA.- Don Quijote, muy erguido y
ceremonioso, espera en la puerta de la venta.
NARRADOR.- Al poco tiempo llega Sancho tambaleándose aún
por los retortijones de tripa.
NARRADORA.- Don Quijote, se dispone a ayudarle a
preparar su jumento y sus alforjas,
para poder partir cuanto antes.
NARRADOR.- Mientras, ven que se acerca el ventero hacia ellos, con
el fin de entablar conversación, con gesto algo serio.
VENTERO.- ¡Buenas, señores! (Hablando
ahora con retintín) Espero que la estancia haya sido de su total agrado…
D. QUIJOTE.- Por supuesto que sí. Muchas son las gracias
que debo darle, señor Alcaide, por el buen trato recibido, lo cual le agradeceré todos los días de mi vida.
VENTERO.- (Siguiendo
con el retintín) Señor “ca-ba-lle-ro”,
no quiero que me agradezca nada. Tan solo necesito que me pague el gasto del
alojamiento y el de su acompañante.
D. QUIJOTE.-
(Con tono de sorpresa y un poco indignación) Pues mire usted, señor, lo siento mucho, pero
he de recordarle que yo no puedo
desobedecer la Orden que profeso de los Caballeros Andantes, los cuales jamás
pagaron alojamiento alguno en ningún lugar.
VENTERO.- ¡Pero, oiga, y yo que tengo que ver
con esa orden de no sé qué, para que me pague usted como es debido!
D. QUIJOTE.- ¡Lo dicho, quede usted con Dios, señor
Alcaide de este magnífico castillo!
VENTERO.- (Con
tono enojado) ¡Repámpanos fritos! ¡En mi vida vi cosa semejante!
(Los narradores se
sitúan de nuevo enseguida en el centro del escenario).
NARRADORA.- Y sin decir más, arreó a Rocinante y
salió de la venta sin que nadie le detuviese, haciendo lo que hoy llamaríamos
un buen “simpa”.
NARRADOR.- Sin embargo, Sancho no tuvo la misma
suerte que su amo, pues el ventero quiso cobrarle ahora a él, el alojamiento de
ambos.
NARRADORA.- Ante lo cual, Sancho se negó
rotundamente también.
NARRADOR.- Pero en este caso no hubo un “simpa”,
sino buen “manteo”.
NARRADORA.- Así fue, pues al pobre escudero le
cogieron unos mozos, deseosos de divertirse, que informados por el ventero no dudaron en mantear a Sancho, lanzándole
por el aire todo lo que quisieron hasta que se hartaron.
NARRADOR.- Así, al cabo de un rato salió Sancho
de la venta, lleno de moratones y doliéndole hasta en el carnet de identidad…
NARRADORA.- En el caso de que en aquella época hubiera existido.
NARRADOR.- Y con esto, acaba ya nuestra
representación, esperando, distinguido público, que haya sido del agrado de
todos ustedes.
EL CABALLERO DE LA TRISTE FIGURA Y EL YELMO DE MAMBRINO.
(En el centro del escenario aparecen sentados
Don Quijote y Sancho, apoyados en un árbol.
Un poco más adelantados se sitúan los dos narradores).
NARRADORA.- Después de su última aventura, Don Quijote y Sancho se
encuentran en un espacioso valle, sentados sobre una espesa y mullida hierba.
NARRADOR.- Ambos descansan y se recuperan, agotados por tantas y tantas aventuras
como llevan vividas, intentando hacer el bien y la justicia, por los caminos de
la Mancha.
(Los narradores se
retiran y se colocan en un extremo al
fondo del escenario),
D. QUIJOTE.-
¡Ay, ay querido, Sancho! Parece que ya al cabo de un rato, de tanto reposar, empiezan
a hacer extraños sonidos las tripas, como si reclamaran, con notable exigencia,
el ser atendidas o escuchadas…
SANCHO.-
Pues buena manera tiene, mi señor, de
dar a entender lo que yo llevo sintiendo también desde hace un buen rato, que
no son sonidos, sino gritos a voces lo que sale de mis tripas y bien le digo yo, que me comería ahora mismo
un buey entero, si lo tuviera delante,
asadito y bien cocinado por mi querida mujercita, Teresa.
D. QUIJOTE.-
Ya te digo yo Sancho, que en vista de cómo nos encontramos, será mejor que
vayas sacando de tus alforjas, las viandas de que dispongas, para dar buena
cuenta de ellas.
(Sancho se levanta y se queda mirando atentamente y de arriba
abajo a D. Quijote, que también se acaba de incorporar).
SANCHO.-
¡Señor, le juro que jamás en mi vida
había visto a una persona con tan triste figura como la suya!
D. QUIJOTE.-
(Volviéndose de inmediato hacia Sancho). Pues sabes lo que te digo
Sancho…
SANCHO.-
(Con cierto pesar). Lo siento, señor, no quería ofenderle. Lo he dicho sin pensar, ya sabe que a veces
me comporto como un tarugo y suelto majaderías por mi boca…
D. QUIJOTE.-
No tienes que arrepentirte, Sancho por haber sido sincero. La sinceridad no es
un defecto, sino una gran virtud.
SANCHO.-
Si usted lo dice…
D. QUIJOTE.-
(Adoptando un tono más solemne) Claro que sí, por eso a partir de ahora
he de llamarme con el sobrenombre de…¡El
Caballero de la Triste Figura!
SANCHO.-
Si ese es su gusto, no seré yo quien le
ponga pegas, aunque todo haya venido de
una torpe ocurrencia mía.
D. QUIJOTE.-
Y bien está, querido Sancho, que nos dejemos ya de tanta charla y que comencemos
a dar buena cuenta de todo eso que llevas en las alforjas, que la plática está
muy bien, siempre y cuando no la ensordezca el concierto de tripas, con el que
ahora mismo se nos está deleitando…
SANCHO.-
(Mientras va sacando comida de sus alforjas). Pues eso mismo le iba a
decir yo.
(Entran de nuevo en escena los dos narradores).
NARRADORA.- Y así estuvieron, caballero y escudero comiendo con muchas ganas
durante un buen rato.
NARRADOR.- Después, ambos se quedaron durmiendo
una breve pero provechosa siesta, de la que sólo les despertó la lluvia que
comenzaba a caer en ese momento.
NARRADORA.- Al desperezarse, vieron que alguien montado en un burro, se acercaba con
rapidez hacia ellos.
NARRADOR.- Se trataba de un barbero, en cuya
cabeza relumbraba, como si fuera de oro, una bacía.
NARRADORA.- La bacía era un recipiente que los
barberos utilizaban para encajarla en el cuello de las personas a las que iban a afeitar.
NARRADOR.- Pero que en este caso, nuestro
hombre la llevaba puesta en la cabeza
para protegerse de la lluvia que estaba cayendo.
(Suena una música de fondo, mientras se prepara la escena).
D. QUIJOTE.-
Bien parece, querido Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, así como
el que dice que “donde una puerta se cierra, otra se abre”.
SANCHO.-
Así es, aunque no entiendo muy bien a santo de qué viene traer a colación
semejante refrán.
D. QUIJOTE.-
Pues está muy claro y entenderás que digo esto, porque, después de los fracasos
que hemos tenido en nuestras últimas aventuras, creo que es ahora ya, y más
cuando se nos presenta la ocasión, de conseguir el éxito con una gran victoria.
SANCHO.-
Si usted lo dice…
D. QUIJOTE.-
¿Ves allí a ése que viene montado en un pollino? Pues si te fijas bien, eso que
trae puesto en su cabeza, es nada más y nada menos que el famoso yelmo de
Mambrino.
SANCHO.-
¿Yelmo de Mambrino? A mí me parece señor, otra cosa… Yo dría más bien que lo
que lleva en cabeza es una bacía de barbero y que se la ha puesto para
protegerse de la lluvia.
D. QUIJOTE.-
¡No dudes Sancho de lo que yo te digo y préstate pronto a ayudarme!
SANCHO.-
¡Señor, tenga cuidado, no sea que vaya otra vez a meter la
pata!
(Don Quijote, no escucha ya las advertencias de Sancho y se coloca
delante del hombre, apuntándole con su lanza y haciéndole parar en seco).
D. QUIJOTE.-
¡Defiéndete infeliz criatura o entrégame por las buenas lo que se me debe!
BARBERO.-
No entiendo nada de lo que me dice, señor. Y no sé qué puedo deberle yo a
usted, no conociéndole de nada.
D. QUIJOTE.-
¡Insolente, bribón y mentecato! ¡Vas a pagar muy caro, el atrevimiento de
hablar de esa manera a un caballero andante!
(D. Quijote le acerca la punta de la lanza al barbero, haciéndole
caer de su burro y salir corriendo despavorido).
BARBERO.-
¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Un loco me quiere matar!
SANCHO.-
(Echándose las manos a la cabeza) ¡Madre
mía!
(D. Quijote recoge la bacía
del suelo, que el barbero ha perdido al
caer de su burro).
D. QUIJOTE.-
(Dando vueltas a la bacía sobre su cabeza, para que encaje bien). Sin
duda, Sancho, el fulano al que se tomo la medida para hacer este yelmo, debía
tener una grandísima cabeza…
SANCHO.-
(Hablando para sí mismo). Por Dios, que lo que se ha puesto mi amo,
a modo de sombrero es una palangana, ji, ji, ji, ji. ¿Cómo pensará que le pueda
ajustar bien a su cabeza?
D. QUIJOTE.-
¡Qué orgulloso estoy, querido Sancho, de haber conseguido este magnífico yelmo
de oro¡ ¡Nada más y nada menos que el Yelmo de Mambrino!
SANCHO.-
(Hablando todavía para sí mismo). Hombre, eso de que es de oro, nada de
nada. Ahora sí, que esta bacía es de muy buena calidad y tiene que valer sus
buenos reales.
(Música de fondo).
NARRADORA.- Pues bien, así fue como nuestro D.
Quijote, llevó a partir de entonces, en todas sus aventuras por tantos lugares
y caminos, una bacía o palangana de barbero en su cabeza o mejor, como diría
él: ¡El muy valioso Yelmo de Mambrino!
NARRADOR.- Además de haber adoptado ya para
siempre, el sobrenombre de “El caballero
de la Triste Figura”.
NARRADORA.- Sancho, a su vez, aprovechó la
ocasión para tomar como “botín de guerra”, una albarda que llevaba el asno del barbero (que
es una pieza almohadillada que se pone sobre el lomo de estos animales,
para ir más cómodos o para que no se lastime la carga que lleven).
NARRADOR.- Así se fueron los dos muy contentos,
ambos en sus monturas y se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante
quisiera llevarles.
NARRADORA.- Y con esto acaba nuestra
representación…
NARRADOR.- …Esperando que haya sido muy del
agrado de todos los presentes.
……………(Música, antes de comenzar)………
NARRADORA.- Iban por un camino, cerca de un
pueblo, Don Quijote y Sancho y se
acercaron a un prado de donde
provenía un exquisito aroma a comida recién cocinada. Allí se iba a celebrar una boda entre una joven llamada Quiteria y un rico llamado
Camacho, bastante mayor que ella.
Quiteria
estaba enamorada del joven Basilio, vecino también de su pueblo, pero su padre
le obligaba a casarse con Camacho, sólo por la fortuna que éste poseía.
Cuando
llegaron al lugar de la ceremonia y el banquete, Sancho ser acercó a uno de los
cocineros:
SANCHO.- ¿Tendría inconveniente en que
mojase un mendrugo de pan en una de estas ollas?
COCINERO.- Hermano, este día no es de pasar
hambre, gracias al rico Camacho. Coged lo que os apetezca.
SANCHO.- ¡Gracias! ¡Muchas gracias, amigo!
NARRADORA.- Mientras tanto, Don Quijote estaba mirando cómo llegaba por
todas partes multitud gente. Venían también acompañándoles algunos músicos y
danzantes.
GENTE.- ¡Vivan Camacho y Quiteria! ¡Viva
Camacho, el más rico y viva Quiteria, la más hermosa!
DON
QUIJOTE.-(Al oír
esto). ¡Bien claro está que éstos no han visto a mi amada Dulcinea del Toboso!
NARRADORA.- En aquel momento, llegaron al lugar,
adornado de alfombras y ramos, los novios, el cura y el resto de acompañantes.
Pero
cuando ya estaban preparados para la ceremonia, oyeron a sus espaldas una voz
que gritaba.
BASILIO.- ¡Esperad un poco! ¡No tengáis tanta
prisa, gente imprudente y desconsiderada!
NARRADORA.- Al oír estas voces todos volvieron la
cabeza sorprendidos hacia donde se encontraba Basilio.
BASILIO.-
Bien sabes, amada Quiteria, que mientras yo
esté vivo, no puedes tomar a nadie por
esposo, así que para no estorbar tu felicidad, resolveré este inconveniente
quitándome la vida. ¡Viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria y muera el
pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su felicidad!
NARRADORA.- Dicho esto, cogió una espada que
llevaba envainada y se atravesó el pecho, quedando herido y tendido en el
suelo. Don Quijote, que estaba a su lado, lo tomó en sus brazos y pudo
comprobar que aún estaba vivo.
QUITERIA.-
(Sollozando) ¡No, Basilio!
¡Qué has hecho, mi amor!
NARRADORA.- Acudieron rápido sus amigos
socorrerle, apenados por su desgracia.
BASILIO.-
(Volviendo un poco en
sí, con voz doliente). Si quisieras cruel Quiteria concederme un último deseo,
casándote conmigo, aún pensaría que esto que has hecho tiene alguna disculpa,
pues moriría siendo tuyo.
DON
QUIJOTE.- ¡Este
hombre pide una cosa muy justa y en mi opinión, el señor Camacho quedará muy
honrado recibiendo por esposa a la
señora Quiteria, viuda del valeroso Basilio!
CAMACHO.- (Algo confuso) Si es así, consentiré que ambos se casen, pues
es la última voluntad que pide este infeliz moribundo.
QUITERIA.-
(Triste y pesarosa
cogiéndole su mano derecha). Te doy la
mano de esposa y recibo la tuya si me la das.
BASILIO.-
Sí te la doy y me entrego por tu esposo.
SANCHO.-
(Hablando para sí mismo).Para estar tan herido este muchacho, bien
parece que habla…
CURA.- (Bendiciendo a los dos) Yo os declaro marido y mujer. (Después,
dirigiéndose a Basilio).- Ruego a Dios que acoja el alma de este pobre desdichado.
NARRADORA.- Nada más acabar el cura sus ruegos y
oraciones, se levantó Basilio de un brinco y se sacó el estoque con gran
facilidad.
GENTE.- ¡Milagro, milagro!
QUITERIA.-
¡Oh!
BASILIO.-
¡Nada de milagro! ¡Ingenio, ingenio!
NARRADORA.- El cura sorprendido, fue a tocar la
herida de Basilio y comprobó que la espada no había pasado por su cuerpo, sino
por un tubo hueco que contenía una
bolsita con un líquido rojo, que simuló ser la sangre.
CAMACHO.-
¡Esto es una burla intolerable! ¡Me siento
insultado!
NARRADORA.- Los parientes y amigos de Camacho
desenvainaron sus espadas, dispuestos a vengar la ofensa, pero en ese momento
se puso frente a ellos Don Quijote, apuntándoles con su lanza.
DON
QUIJOTE.- ¡Calma, señores! ¡No hay razón para tomar
venganza! En el amor y en la guerra, los engaños y estratagemas están
permitidos para vencer al enemigo. Por lo tanto, Quiteria es de Basilio y
Basilio de Quiteria, porque así lo han querido los cielos y el que intente otra cosa, pasará por la
punta de mi lanza.
NARRADORA.- Todos retrocedieron al oír esto,
sorprendidos y asustados.
CAMACHO.- (Con tono reflexivo). Puesto que no
hay más remedio que aceptarlo y ambos están casados por la gracia de Dios…
CURA.- ¡Y qué así sea, con mis bendiciones!
CAMACHO.- (Retomando la palabra)…Considero que,
habiéndome casado con ella, haciéndola mi esposa, ella hubiera seguido siempre
muy enamorada de este joven, por lo tanto debo decir con certeza, que no me
siento burlado. Y para demostrarlo, ya que el banquete está preparado, pues que
lo disfruten los recién casados, parientes y amigos. ¡Qué siga la fiesta!
GENTE.- (Aplausos) ¡Viva Camacho, por su
generosidad! ¡Vivan los novios! ¡Vivan
Basilio y Quiteria!
(Suena
la música, mientras invitados y danzantes comienzan a bailar con alegría).
EL JUICIO DE LAS CAPERUZAS.
NARRADORA.- Don Quijote y Sancho se acercan a una
pequeña villa. Se trata de la “Insula Barataria”, perteneciente a unos grandes Duques, los
cuales han querido cedérsela a Don Quijote, en gratitud por sus grandes hazañas
y méritos alcanzados.
Se
detienen un momento antes de entrar en ella, pues don Quijote quiere
comunicarle, algo muy importante a su
fiel escudero Sancho:
D.
QUIJOTE.- Por fin
amigo Sancho, quiero ser generoso contigo y pagarte como te mereces, por tantos
trabajos y desvelos que has tenido, desde el día en que decidiste servirme y
acompañarme por todas estas tierras de España.
SANCHO.- A ciencia cierta que es así y que ambos hemos padecido grandes
calamidades, en cumplimiento de este duro oficio de caballero andante, que
vuestra merced decidió profesar.
D.
QUIJOTE.- Por eso
mismo hoy tengo el gran honor de haceros Gobernador de esta Ínsula, la cual han tenido a bien entregarme muy generosamente,
nuestros amables y bondadosos Duques.
SANCHO.- ¡Es un gran honor para mí y espero
no defraudarle, mi señor!
D.
QUIJOTE.- No hace
falta que te diga, lo importante que es tener siempre los ojos bien abiertos y
agudizar el ingenio. Debes seguir siempre los consejos que te he dado y
aplicar la justicia más justa en todos
tus actos. Ser Gobernador es una gran responsabilidad. Si ejerces tu cargo con
sabiduría y bondad, tendrás esos grandes beneficios, que sin duda te has
merecido, por servirme con tanta nobleza.
NARRADORA.- Don Quijote le dio un emocionado
abrazo a Sancho, dejándole a las puertas
de su Insula Barataria (al parecer Sancho, desconocía que una Ínsula es en
realidad una isla, pero eso daba igual).
Pronto llegó hasta el palacio que le habían asignado como gobernador. Poco
después, le llevaron hasta la sala donde se resolvían los juicios y pleitos
entre los ciudadanos.
Al
cabo de un rato entraron un sastre y labrador,
visiblemente contrariados.
SASTRE.- Señor gobernador, este hombre no
quiere pagarme el trabajo que me encargó…
LABRADOR.- (Hablando con rabia) ¡No se lo pago,
señor, porque me siento engañado y
vilmente estafado por este villano!
SANCHO.- (Intentando calmar los ánimos)
Bien, lo mejor en este caso, es que me cuenten con pelos y señales todo lo que
ha ocurrido.
SASTRE.- De acuerdo, señor gobernador. En un
instante, si mi cliente está de acuerdo, le representaremos con exactitud, cómo
ocurrieron los hechos, que nos han motivado este desagradable pleito.
LABRADOR.- Sí, estoy de acuerdo.
NARRADORA.- Y ambos se dispone a representar con
detalle, todo lo acaecido.
……………………………………………………………………………………………
SASTRE.- Hola, buenos días. ¿Qué deseaba
usted?
LABRADOR.- Buenos días, señor sastre. ¿Habría
suficiente tela, con este paño que le traigo para hacerme una caperuza?
SASTRE.- Sí, claro, por supuesto que sí.
NARRADORA.- Pero el labrador, muy desconfiado,
pensó que el sastre, que le había contestado muy rápido, le haría una caperuza
y se quedaría con la parte del paño que le sobrara. De esta manera, con tono
socarrón, le volvió a preguntar:
LABRADOR.- ¿Y Habría para dos caperuzas?
SASTRE.- Sí, claro que se podrían hacer dos.
NARRADORA.- Y así continuaron, hasta que el
labrador finalizó pidiéndole lo
siguiente:
LABRADOR.- (Muy altanero) ¿Y Habría hasta para
cinco caperuzas?
SASTRE.- (Ya algo molesto) ¡Sí, claro
que sí! ¡Se podrían hacer hasta
cinco caperuzas!
NARRADORA.- Al cabo de unos días… el sastre le
saca las cinco caperuzas que ha confeccionado, que en lugar de servirle para la
cabeza, solo le caben en cada uno de los cinco dedos de la mano.
LABRADOR.- (Indignado) ¿Pero qué es esto? ¡Pretende que le pague
esas ridículas caperuzas!
SASTRE.- (Con tono irónico) ¡Es lo que usted
me encargó! Con el paño que me dio, no se pueden confeccionar nada más que
estas cinco caperucitas…
LABRADOR.-
(Muy furioso ahora) ¡Me toma usted el pelo! ¡Págueme el valor del paño o
devuélvame uno que sea exactamente igual!
NARRADORA.- Y así acabó la representación de los
dos hombres. Esperaron entonces pacientemente,
un veredicto justo y sensato que saliera de la boca del gobernador
Sancho. Éste tardó poco en dictar sentencia, ante las risas de todos los
presentes, que no salían de su asombro, al ver las cinco diminutas caperuzas,
que el sastre, con aire burlesco, mostraba bien encajadas en los dedos de su
mano.
(En
este momento hace su aparición don Quijote en la sala, justo cuando Sancho se
dispone a hablar).
…………………………………………………………………………………………….
SANCHO.- Doy por sentencia justa, que el
sastre pierda el pago del trabajo realizado y que el labrador a su vez, pierda
el paño que le entregó. También ordeno, que las caperuzas sean entregadas a los
presos de la cárcel, para su provecho. ¡Y qué no se hable más de este asunto!
NARRADORA.- Los dos personajes del pleito, se
fueron algo serios y pensativos, pero conformes
con la sentencia. Se despidieron del gobernador y de don Quijote con una
respetuosa reverencia.
D.
QUIJOTE.- En verdad,
mi fiel amigo y servidor escudero que no tengo palabras suficientes para
elogiar la actuación que has tenido ante semejante pleito. Me siento orgulloso
de que mis enseñanzas hayan conseguido al final dotar de esta gran lucidez y sabiduría a vuestra
sesera. ¡Doy gracias al cielo por todo ello!
SANCHO.- Agradezco mi señor, estas palabras
de ánimo, pero tengo que decir, que todo
esto se lo debo a su gran eminencia, y
que por eso recibe el nombre, por el que todo el mundo le conoce ya como: ¡EL
INGENIOSO HIDALGO Y CABALLERO DON QUIJOTE DE LA MANCHA!
NARRADORA.- Y
todos los presentes aplaudieron con gran entusiasmo.
(Pidiendo
también un aplauso para los intervinientes).
- FIN -
EL JUICIO DEL BASTÓN Y LOS DOS ANCIANOS.
NARRADORA.- Don Quijote y Sancho se encuentran en
una pequeña villa, donde están pasando unos días. Se trata de la llamada “Insula
Barataria”, perteneciente a unos grandes
Duques. Éstos han querido cedérsela a Don Quijote, que a su vez, se la ha
entregado a Sancho, en pago a todos los
servicios que, como escudero, le ha prestado. Sancho es el gobernador de esta
“Ínsula” e imparte justicia de forma muy acertada, como en el caso del “juicio de las caperuzas”,
ocurrido antes que éste, que acontece ahora:
D. QUIJOTE.- Esto es, amigo Sancho, lo que te mereces, por tantos trabajos y desvelos que
has tenido, desde el día en que decidiste servirme y acompañarme por todas
estas tierras de España.
SANCHO.- A ciencia cierta que es así y que ambos hemos padecido
grandes calamidades, en cumplimiento de este duro oficio de caballero andante,
que vuestra merced decidió profesar.
D. QUIJOTE.- Por eso mismo, estoy
muy orgulloso por la manera en que estás
desempeñando este importante cargo de gobernador. Los ciudadanos de Barataria,
hablan maravillas de la mesura y juicio
con les gobiernas.
SANCHO.- ¡Es un gran honor para mí y espero no
defraudarle, mi señor!
D. QUIJOTE.- Lo sé y no hace falta que te
recuerde, lo importante que es tener siempre los ojos bien abiertos y agudizar
el ingenio. Debes seguir siempre los consejos que te he dado y
aplicar la justicia más justa en todos
tus actos. De esta manera obtendrás esos grandes beneficios, que sin duda te
has merecido, por servirme con tanta nobleza.
NARRADOR.- Ya sabemos que Sancho, desconocía
que una Ínsula era en realidad una isla,
pero eso a él daba igual. (Don Quijote se
despide y le da un emocionado abrazo a Sancho, antes de marcharse).
D. QUIJOTE.- ¡Queda con Dios, amigo Sancho!
……………….Pausa,
con música de fondo…………..
NARRADOR.- Aquella mañana, Sancho volvió a
entrar en la sala donde se resolvían los juicios y pleitos entre los habitantes
de la villa. Aquí se encontraban varias personas, esperando su turno para ser
atendidas por el gobernador. Entre ellas había dos ancianos, uno de los cuales
llevaba un llamativo bastón y una mujer aldeana, con aspecto rudo, que acababa
de entrar en la sala. Todos ellos se mostraban visiblemente contrariados.
ANCIANO PRESTAMISTA.- Señor gobernador,
con el debido respeto me dirijo a usted, para exponerle las razones del pleito
que tengo, con el que aquí me acompaña…(Señalando
al anciano del bastón).
ALDEANA.- (interrumpiendo)
Oiga, como se atreve, anciano… ¡Estaba yo primera!
SANCHO.- Señora, guarde usted la compostura. Estos
señores estaban aquí esperando, antes de que usted llegara. Yo mismo lo he
visto con mis propios ojos.
ALDEANA.- Disculpe usted mi atrevimiento,
“ilustrísimo” señor don Sancho Panza (diciéndolo con retintín), pero de toda la vida es sabido, que las buenas
costumbres exigen a los caballeros ceder siempre el paso a las damas…
SANCHO.- (Con
tono enfadado) Pues yo digo que,
por encima de esas buenas costumbres, está la razón que nos dice, que todos somos iguales y tenemos los mismos
derechos y obligaciones. Así que, le ruego que se aparte y espere su turno,
como es debido. (La aldeana le obedece,
pero con gestos de notable desagrado, mientras Sancho se dirige de nuevo al
anciano). Prosiga usted, por favor y
sin más dilación, con el relato
de los hechos.
ANCIANO PRESTAMISTA.- Así lo haré, Señor
gobernador (Haciendo un gesto de reverencia en agradecimiento). Pues mire
usted, a este hombre le presté hace días
diez escudos de oro, con la condición de que me los devolviese cuando se los
pidiese…
ANCIANO DEL BASTÓN.- Sí, en verdad que
eso es cierto.
ANCIANO PRESTAMISTA.- Bueno, pues
pasaron muchos días y cuando se los he ido a pedir, me los niega y me dice una
y otra vez que ya me los ha devuelto.
SANCHO.- ¿Qué decís a esto, buen hombre?
ANCIANO DEL BASTÓN.- Yo, señor, confieso
que me los prestó, y se los devolví, pero para que crea bien que esto es cierto,
estoy dispuesto a jurar por mi honor, que, tal como he dicho, se los he
devuelto.
SANCHO.- Pues si ambos están de acuerdo, que sea así. Jure usted sin más,
conforme a todo lo que ahora está diciendo.
NARRADORA.- Entonces el anciano que tenía el bastón, se lo dio al prestamista,
para que se lo sostuviese, mientras él levantaba la mano, para realizar el juramento.
ALDEANA.- ¡Vaya par de cansinos históricos!
¡Aquí me van a dar las uvas, hasta que a mí me llegue el turno de exponer, el
penoso pleito que traigo!
SANCHO.- ¡Por qué no se calla, Señora!, Si no lo
hace al punto, tendré que ordenar que le
echen de inmediato de esta sala.
ALDEANA.- Señor gobernador, yo soy una señora
muy educada y formal, por lo que no se verá obligado a tomar tal medida…(Se oyen risas de todos los presentes).
SANCHO.- ¡Pues si es tan educada y formal, vive a
Dios, que no lo demuestra en absoluto! (Se
oyen risas de nuevo de los presentes).
ALDEANA.- Está bien, Señor, ya me callo:
¡punto en boca!
Por ahora… (diciendo esto último para sí
misma).
SANCHO.- Prosiga usted entonces, sin más tardanza. con su juramento.
…………Breve
pausa musical …………..
ANCIANO DEL BASTÓN.- Con su permiso
señor, que así lo haré. (Levantando la
mano derecha). Juro que yo he devuelto, de mi mano a la suya, los diez
escudos de oro que este hombre me prestó.
(Una
vez hecho el juramento, le pidió de nuevo su bastón, con un gesto, al anciano
prestamista y éste se lo devolvió).
SANCHO.- ¿Qué responde usted ante esto, señor
prestamista?
ANCIANO PRESTAMISTA.- (Dubitativo y sumiso).Creo que debe decir la verdad, pues nadie es
capaz de jurar en falso…Quizá, por mi edad, debo reconocer que me va fallando
la memoria...
ANCIANO DEL BASTÓN.- (Con la cabeza extrañamente baja). Pues
en ese caso y ante este reconocimiento, creo que podré marcharme sin más
premura…
ALDEANA.- (Dirigiéndose
al público). ¡Por fin, parece que estos dos carcamales terminan ya su
ridículo pleito!
SANCHO.- ¿Decía algo usted señora?
ALDEANA.- No señor, Dios me libre… Tan solo
pensaba en voz alta. (Se vuelven a oír
risas entre los presentes).
ANCIANO DEL BASTÓN.- (Dirigiéndose
ya a la salida). Pues bien, si no necesitan nada más de mí, les deseo a
todos que tengan un buen día…
SANCHO.- (Interrumpiendole
con autoridad) ¡No tan deprisa, amigo mío! ¡Pare usted un momento y venga
para acá de nuevo!
ANCIANO DEL BASTÓN.- (Con
sorpresa) ¿Cómo…? De acuerdo, como usted ordene, gobernador...Pero no
entiendo…
SANCHO.- Yo sí que lo entiendo…¿Me puede usted dar
su bastón?
ANCIANO DEL BASTÓN.- (Mientras
se lo entrega, todos los presentes atienden intrigados). ¿Pero y esto? ¿Por
qué…?
SANCHO.- (Le
da a su vez el bastón al prestamista). Tenga,
buen hombre, que con esto ya estáis pagado.
ALDEANA.- ¡Esto sí que es bueno! ¡Menuda
sentencia más chunga!
ANCIANO PRESTAMISTA.- (Muy extrañado). ¿Acaso puede valer este
bastón diez ducados de oro, señor?
SANCHO.- ¡Ya lo creo que los vale, o si no yo soy
el mayor necio del mundo! Deme usted su bastón y preste mucha atención.
(La
aldeana se toca con un dedo la sien, haciendo un gesto de locura, referido al
gobernador, mientras éste parte el bastón en dos, ante el asombro de todos los
presentes, que llenan la sala con un “oooh” , pues nada más hacerlo, caen sobre
el suelo las diez monedas de oro del prestamista).
ANCIANO PRESTAMISTA.- (Dirigiéndose al otro anciano). ¡Tenía
yo razón! ¡Eras un granuja! Como iba yo a pensar que cuando jurabas que me
habías devuelto mi dinero, era porque mientras lo hacías, me entregabas el
bastón donde se encontraba y así decías en verdad, que me los habías devuelto.
SANCHO.- Pues sí, y este sinvergüenza se va a pasar
tres días en el calabozo, para que reflexione y no vuelva nunca más a engañar a
la gente honrada.
ALDEANA.- ¿Y en lo que a mí respecta, señor?
Podrá atenderme ahora después de tanta espera…
SANCHO.- (Pensando
un poco antes de responder). A usted, señora, tengo que decirle, que me han
molestado mucho sus impertinencias, así que hoy no la voy a atender, será…¡Mañana!
(Alargando la palabra y con mucha ironía)
NARRADOR.-
Y así acabó este juicio. El
anciano prestamista agradeció mucho a Sancho la gran agudeza que había tenido y
su sentido de la justicia, mostrándole una enorme admiración, al igual que
hicieron todos los allí presentes
D. QUIJOTE.- En verdad, mi fiel
amigo y servidor escudero que no tengo palabras suficientes para elogiar la
actuación que has tenido ante semejante pleito. Me siento orgulloso de que mis
enseñanzas hayan conseguido al final dotar de gran lucidez y sabiduría a vuestra
sesera. ¡Doy gracias al cielo por todo ello!
SANCHO.- Agradezco mi señor, estas palabras de
ánimo, pero tengo que decir, que todo se lo debo a su eminencia, que por esto recibe el nombre, por
todo el mundo ya conocido de:
¡EL INGENIOSO HIDALGO Y CABALLERO DON QUIJOTE
DE LA MANCHA!
NARRADOR.- Y
todos los presentes aplauden con gran entusiasmo. (Pidiendo también un
aplauso para los intervinientes).
……………………………..Música
para finalizar………………
-
FIN -
EL MENÚ DE BARATARIA.
NARRADORA.- Don Quijote y Sancho se encuentran en
una pequeña villa, llamada “Insula Barataria”, perteneciente a unos grandes
Duques. Éstos han querido cedérsela a Don Quijote, que a su vez, se la ha
entregado a Sancho, en pago a todos los
servicios que, como escudero, le ha prestado. Sancho es el gobernador de esta
“Ínsula” e imparte justicia de forma muy acertada, como en los casos del “Juicio de las caperuzas”, o
el del “Bastón y los dos ancianos”. Terminado el trabajo de la mañana, Sancho
se encuentra, junto a D. Quijote, en la sala del comedor, dispuesto a saciar su
enorme apetito.
D.
QUIJOTE.- Esto
es, amigo Sancho, lo que te mereces, por tantos trabajos y desvelos
que has tenido, desde el día en que decidiste servirme y acompañarme por todas
estas tierras de España.
SANCHO.- A ciencia cierta que es así y que ambos hemos padecido
grandes calamidades, en cumplimiento de este duro oficio de caballero andante,
que vuestra merced decidió profesar.
D.
QUIJOTE.- Tengo que
decirte además, que estoy muy orgulloso, por la manera en que estás desempeñando este importante cargo
de gobernador. Los ciudadanos de Barataria, hablan maravillas de la mesura y
juicio con que les gobiernas.
SANCHO.- ¡Es un gran honor para mí y espero
no defraudarle, mi señor!
D.
QUIJOTE.- Lo sé y no
hace falta que te recuerde, lo importante que es tener los ojos bien abiertos y agudizar el ingenio.
Debes seguir siempre los consejos que te
he dado y aplicar la justicia más justa en todos tus actos. De
esta manera obtendrás esos grandes beneficios, que sin duda te has merecido,
por servirme con tanta nobleza.
NARRADOR.- Ya sabemos que Sancho, desconocía
que una Ínsula era en realidad una isla,
pero eso a él daba igual. (Don Quijote se
despide y le da un emocionado abrazo a Sancho, antes de marcharse).
D.
QUIJOTE.- ¡Queda con
Dios, amigo Sancho!
……………….Pausa, con música
de fondo…………..
CAMARERA
1.- Siéntese señor gobernador a disfrutar del “Menú de
Barataria”, famoso en el mundo entero por sus grandes exquisiteces y “delicateses”.
CAMARERA
2.- Sí, pero antes,
le deleitaremos con un pequeño espectáculo de recitación, música y danza, que
sin duda va a ser de su agrado.
SANCHO.- (Sentándose
en la mesa y relamiéndose, pensando ya en la comilona que le esperaba). Pues
bien, que comience cuanto antes, que ya me están las tripas pidiendo guerra…(Mientras se toca la barriga).
……Comiena a sonar una
suave musiquilla …………..
CAMARERA
1.-
La
de los molinos fue una aventura,
para
don Quijote muy dura,
pues
creyó que estaban encantados
y que eran
gigantes malvados.
CAMARERA
2.-
Don
Quijote con Rocinante se abalanzaba
hacia
los molinos que sus aspas giraban.
“¡No
huyáis malditos cobardes y malandrines,
qué
un solo hombre os arremete, jolines!”
CAMARERA
1.-
Sancho
Panza con furor le gritaba:
¡Señor,
por favor, no lo haga!
Que
los gigantes están en su mente,
y
yo veo molinos, simplemente
CAMARERA
2.-
Don
Quijote con fuerza embistió
y
el molino por los aires lo lanzó.
En
el suelo quedó mal parado
y
también muy enfadado.
CAMARERA
1.-
Y
Sancho Panza corrió a su lado…
SANCHO.- (Interrumpiendo
y levantándose visiblemente molesto)
¡Pues
también estaba muy malhumorado…!
¡Y
basta ya de tanta mandanga,
y
que comience ya la comanda!
Que
empiezo muy harto a estar,
de
no comer y tanto danzar.
(Remarcando ahora con retintín)
¡Y
harto de tanta coplilla y bailoteo
que
recuerda a mi amo con tanto “choteo”!
(Para entonces de sonar
la música y las camareras salen del comedor, dispuestas ya para traer los
primeros platos, mientras entra el médico en escena).
MÉDICO.- Cálmese, señor gobernador que ya verá como enseguida
podrá degustar el excelente menú que le
han preparado los cocineros. (El médico
bendijo la mesa y Sancho se ajustó la servilleta al cuello, bebió un poco de la
copa que tenía en la mesa y se dispuso a dar buena cuenta de todos los manjares
que le esperaban).
CAMARERA
1.- ¡Aquí está el
primer plato, señor! Una exquisita sopa de olla podrida. (La camarera le sirve la sopa con un cazo).
SANCHO.- ¡Eche, eche sin temor, que ya me crujen
las tripas nada más oler ese caldo y ver
los tropezones que lo acompañan!
CAMARERA
1.- Qué le aproveche,
señor.
(Pero antes de que
Sancho pudiera probar la primera cucharada, el médico interviene, dándole con
una varita en la mano y haciéndole devolver la cuchara al plato).
MÉDICO.- ¡Pare, señor gobernador! (Haciendo un gesto a la camarera para que
retirara el plato). Esta sopa con tropezones, puede provocar un verdadero tropezón
en su estómago…
SANCHO.- (Con
tono suplicante) ¿Pero por qué, si parece buenísima?
MÉDICO.- ¿Por qué…? Pues, porque
nuestro maestro Hipócrates lo dice:
“Omnis saturatio mala es”, que traducido del latín, significa que todo hartazgo
es malo.
SANCHO.- Bueno, pues no seré yo quien
contradiga a ese maestro Hi-pó-gri-fa, Hi-pó-gra-sa (trabándosele la lengua), Hi-pó-cri-ta o como quiera que se llame…
MÉDICO.-
“Hi-pó-cra-tes”, señor. Fue un famoso médico de
la antigua Grecia …
CAMARERA
2.- (interrumpiendo) ¡Segundo plato! Alubias rojas con carne de cerdo,
chorizo, verdura y huevos.
SANCHO.- ¡Oh! ¡Qué olor tan maravilloso
desprende! ¡Sirva, sirva sin temor, que ya se me está haciendo la boca agua! (La camarera se dispone a llenarle el plato,
pero el médico interpone su vara impidiéndolo, ante la perplejidad de Sancho).
MÉDICO.-
¡Pare usted de servir este plato
y retírelo de inmediato!
SANCHO.- ¿Pero qué hace usted, mentecato?
MÉDICO.-
¡Cuidar de su salud, desde hace un rato!
SANCHO.- ¡Pues deje de hacerlo o le mato!
Y
basta ya de tanta rima y tanta majadería... Ya me gustaría, al punto saber, en qué
clase de universidad de pollinos estudió usted, y dónde tan disparatados conocimientos le
enseñaron…
MÉDICO.-
Señor gobernador, me ofende usted. Mis estudios fueron en la prestigiosa y conocida Universidad de…
SANCHO.- (Interrumpiéndole)
¡Me da igual saber o no. el nombre de ese lugar y más todavía, si de él salen enseñados de esta guisa, semejantes
asnos, que sólo saben matar de hambre a la gente!
Y
de mi vista quítese de inmediato,
no
sea que me dé un arrebato
y
coja un buen garrote
y
le dé con él en el cogote.
MÉDICO.- (El
médico, después de oír esto, se marcha de inmediato)….Y luego
dirá él que: “¡basta
ya de tanta rima!”.
CAMARERA
1 y CAMARERA 2.- (Apareciendo una con una fuente repleta de
fruta y la otra con una bandeja con un pastel) ¡Señor gobernador: aquí le
traemos el postre!
SANCHO.-
Venga, venga aquí ese postre, tan huérfano de comida.
(Se van las camareras,
después de dejar la fuente y la bandeja sobre la mesa, pero vuelven de inmediato,
trayendo, la Camarera 1, una carta en su mano).
SANCHO.-
¡Por fin, gracias al cielo, podré meter algo en mi andorga!
CAMARERA
2.- Espere, espere un
momento, señor gobernador: los duques de Barataria nos acaban de enviar una
carta urgente para usted.
SANCHO.-
¿Ah sí? Pues díganme rapidito lo
que pone en ella, que ya no puedo
esperar más, si no quieren que desfallezca aquí mismito…
CAMARERA
1.- Como desee,
señor. Le resumo lo que pone. A ver, a ver… Aquí dice que tienen noticia ellos,
de que han entrado unos enemigos en la Ínsula y que le han envenenado la comida
del menú de hoy.
SANCHO.- (Atónito) ¡Recórcholis!
¡Gracias a Dios que no la he llegado a probar! ¡A final tendré que dar las gracias al medicucho
ese de las narices!
CAMARERA
2.- (Compadecida, saca algo de una bolsa que
lleva colgada). Tenga, señor, este racimo de uvas: está con seguridad libre
de veneno, pues lo acabo de coger de la parra que hay en el patio.
SANCHO.- Gracias, gracias … Al menos no
acabará así mi estómago tan vacío y desfallecido. ¡Y qué ricas parecen estas
uvitas!
D.
QUIJOTE.- En verdad,
mi fiel amigo y servidor escudero que ya
tenía ganas de verte de nuevo y preguntarte
cómo te había ido con el menú de
Barataria y si te había gustado. Según me han comentado, aquí trabajan algunos
de los mejores cocineros del país…(Fijándose
en el racimo que comía Sancho). Ah…y veo que
ya estás dando buena cuenta del postre.
SANCHO.- (Mientras
devora las uvas). Sí y con gran disgusto, tengo que decirle mi amo, que es
lo único que he probado, pues un
miserable médico, que decía que velaba por mi salud, no me ha dejado ni oler la
comida, aunque, bien le digo, que si no
llega a ser por ese gran zoquete, quizá ahora… ya no estaría en este mundo.
D.
QUIJOTE.- ¿Cómo es
posible esto que me cuentas? Y yo que te hacía degustando y hartándote de
riquísimos manjares, aunque… ya me imagino yo la “maldad” que escondían dentro.
Ahora bien te digo, Sancho, que así
debes darte cuenta, que la vida de los gobernantes, es más dura de lo que
parece y que han de hacer frente a multitud de tribulaciones, enemigos, magos
encantadores y malandrines de todo tipo, que en ocasiones, sólo pretenden acabar con ellos.
SANCHO.- Y nunca mejor dicho señor. Como
siempre, sus palabras no pueden ser de
lo más acertadas y juiciosas.
D.
QUIJOTE.- Y yo me
siento muy orgulloso de cómo estás llevando a cabo este difícil gobierno de la
Ínsula y de la manera en que aplicas, punto a punto, mis enseñanzas, que sin duda van dando
lucidez a todas tus actuaciones.
SANCHO.- Agradezco señor, estas palabras de ánimo y tengo que
decir, que todo ello se lo debo a su eminencia,
que por esto recibe el nombre, tan conocido ya por todos los rincones del mundo, de:
“¡EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA!”
NARRADOR.- ¡Pido un aplauso muy fuerte para
todos los intervinientes!
- FIN -
SERIE: PERSONAJES ILUSTRES DE TALAVERA DE LA REINA.
FRAY HERNANDO Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA.
SERIE: PERSONAJES ILUSTRES DE TALAVERA DE LA REINA.
ACTO I
NARRADORA.- Os voy
a presentar a alguien que desempeñó un papel muy importante, en un momento crucial de
la historia de España. Nació en Talavera
de la Reina y es precisamente, quien da
nombre a nuestro querido Colegio.
FRAY
HERNANDO.- Déjame al menos, que diga yo algunas
palabras, a este distinguido público que
se encuentra en la sala.
NARRADORA.- Me
imagino que ya sabréis de quien se trata…(Pausa
para que el público diga el nombre: “¡Fray Hernando!”) …estoy de acuerdo, nadie mejor que el protagonista de esta historia, para que nos dé
unas breves pinceladas sobre su vida.
FRAY
HERNANDO.- Pues bien, empezaré mi autobiografía,
diciendo que nací en esta noble ciudad de Talavera de la Reina, en la calle que
ahora recibe mi mismo nombre y en el año 1428. Ya
me imagino (Dirigiéndose ahora al
público), que todos sabréis que este año pertenece al siglo…
XV. (Espera un poco por si el público lo
dice).
NARRADORA.- Debo deciros que el que tengo aquí a mi lado, fue un fraile perteneciente a la Orden de los
Jerónimos, llegó a ser obispo de Ávila, primer
arzobispo de Granada y confesor de la reina Isabel
la Católica. Como podéis ver: ¡casi nada!
FRAY
HERNANDO.- Veo que conocéis muy bien los principales
logros de mi vida…sobre todo los que tuvieron lugar durante el reinado de los
Reyes Católicos: Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.
NARRADORA.- …Sí, pero hay un episodio de vuestra vida, al
que quizá no se le haya dado la importancia que se merece y es precisamente, sobre
el que se va a centrar esta representación, que desde este momento y sin más
dilación quiero que comience ya. (Música,
mientras aparece ahora en escena la Reina Isabel).
REINA
ISABEL.- (Dirigiéndose a Fray Hernando) Estimado confesor, tengo que deciros
que hay un famoso almirante llamado
Cristóbal Colón que ha propuesto a
nuestra corona una importante empresa: consiste en buscar una nueva ruta para llegar a las Indias, navegando hacia el
oeste y atravesando todo el océano.
FRAY
HERNANDO.- (Se queda pensando un rato) Parece, en principio, un proyecto bastante complicado y difícil, en
mi opinión.
REINA
ISABEL.- Por eso mismo quiero pediros que presidáis una Comisión de expertos,
que examine con detalle, todos los pormenores de esta empresa y valore la
conveniencia o no de llevarla a cabo.
FRAY
HERNANDO.- Así lo haré, mi señora.
(Se van todos y entra el/la
narrador/a en escena).
(Música de fondo, mientras entran en
escena Fray Hernado y el Comisionado).
FRAY
HERNANDO.- Y bien, decidme pues, cuál ha sido por fin la
valoración que ha hecho vuestro grupo de sabios y expertos.
COMISIONADO.- Sí,
al momento se la daré: pues bien, después de largas deliberaciones y estudios, dudamos mucho de que este viaje se pueda
realizar. Lo consideramos muy costoso y lleno de riesgos, ya que los cálculos de Colón nos parecen erróneos.
FRAY
HERNANDO.- ¿Estáis seguros de ello? Yo pienso sin
embargo que abrir una nueva ruta comercial hasta las Indias, descubriendo islas
o territorios nuevos, podría ser una gran oportunidad para nuestro reino.
COMISIONADO.-
Sin embargo, nosotros estamos completamente seguros de nuestra decisión. Somos
hombres sabios y hemos estudiado todo minuciosamente.
Tened en cuenta, que este proyecto ha
sido rechazado también por otras coronas, como la de Portugal.
FRAY
HERNANDO.- Pues
si todo esto es así, tendré que informar de inmediato a
nuestros Reyes y darles a conocer este resultado, tan poco
favorable.
NARRADORA.- Fray Hernando se lo comunicó en seguida a los Reyes Católicos, los
cuales acordaron aplazar la decisión,
pues además en esos momentos, estaban muy ocupados en la conquista del Reino de
Granada, que significaba el fin de La
Reconquista para España. Después de esto, fue a ver al almirante
Colón, el cual recibió la noticia con
gran enojo y decepción.
CRISTOBAL COLÓN.- (Notablemente enfadado) Después de lo que me habéis contado, no me
queda nada más que hacer. Me marcharé de
España… y seguro que encontraré a otros reyes o príncipes que entiendan la
valía de mi empresa y los beneficios que
ésta puede reportar.
ACTO II
NARRADORA.- Antes
de comenzar este acto final, nos detendremos un poco en algunos otros aspectos
importantes de la vida de Fray Hernando de Talavera. Solicito que alguien me
ayude en esta tarea.
CHICA
DEL PÚBLICO.- Yo le
ayudaré, si no tiene inconveniente en ello.
NARRADORA.- Me
parece adecuado que lo haga alguien del público. Empecemos pues…
CHICA
DEL PÚBLICO.- La
primera infancia de Fray Hernando, transcurrió en Talavera, su ciudad natal,
donde aprendió las primeras letras. Más adelante, en Salamanca, estudió Artes y
Teología.
NARRADORA.- En Alba de Tormes se formó como fraile
Jerónimo para ser enviado más tarde, como prior de Nuestra Señora de Prado, a
Valladolid, en donde abriría las puertas a la primera imprenta de la ciudad en
1480.
CHICA
DEL PÚBLICO.- En
Valladolid entró en contacto con la Corte y se hizo célebre por sus dotes como
predicador. Su fama pronto le hizo ganarse la confianza de la reina Isabel, que
por eso le nombró su confesor personal.
NARRADORA.- Entre los libros que escribió, hay uno dedicado a los niños, titulado “Cartilla
y doctrina en romance para enseñar a los niños a leer.
CHICA
DEL PÚBLICO.- En Granada, siendo ya arzobispo, trató justamente a todos sus habitantes sin excepción alguna, de manera
humana y equitativa.
NARRADORA.- Y fue en esta misma ciudad de Granada, donde falleció en el año 1507.
(Breve intermedio musical, para la
entrada de los personajes en escena).
REY FERNANDO.- (Tomando la palabra). Pienso que aunque los gastos de este viaje
pueden ser muy grandes, más grande puede ser lo que se consiga para nuestro
comercio y más todavía si se descubren
nuevas tierras, en esa ruta hacia las
Indias.
REINA ISABEL.- Sí, puede que haya magníficas cosas que lograr
también, como atraer a un gran número de
almas nuevas para la cristiandad.
REY FERNANDO.- Además, nuestro rechazo, podría provocar que esta gran empresa se hiciera
bajo bandera de otro país.
REINA ISABEL.-
Nuestra decisión definitiva es por tanto, que esto se lleve a cabo sin más deliberaciones.
CRISTÓBAL COLÓN.- (Mostrando contento y alivio)
Gran acierto es éste, mi señora y gran
honor para sus majestades, por haberse
convertido en los promotores de esta magnífica empresa.
CRISTÓBAL COLÓN.- Les doy
las gracias más sinceras y prometo que nos les defraudaré. Agradezco
especialmente a Fray Hernando, su acogimiento y
comprensión durante todo este tiempo.
FRAY HERNANDO.- Ha sido
para mí un honor, Almirante. Id entonces a preparar todo lo necesario para la realización de esta
gran aventura y que Dios os acompañe en todo momento, para que pueda culminarse felizmente.
REINA ISABEL Y REY FERNANDO.- ¡Partid pues, con todas nuestras bendiciones!
NARRADORA.- Y lo que vino después, como sabéis muy
bien, fue la gran gesta del Descubrimiento,
con aquellas tres carabelas comandadas por Colón: la Pinta, la Niña y la Santa
María. Colón buscaba una ruta de navegación para el comercio con los países de
Oriente y lo que encontró, fue un nuevo
y gran continente: América.
Y con
esto acaba ya nuestra representación,
esperando que haya sido muy del agrado de todos los presentes.
- FIN -
JUAN ANTONIO CASTRO: POETA Y DRAMATURGO.
…(Finaliza el acto con una música de
fondo actual).
JUAN RUIZ DE LUNA.
ACTO
I
(Entran
en escena Miriam y Nacho, una chica y un chico de Segundo de ESO, llevando ambos un portátil en un brazo y el
móvil en la mano. Se sientan en una cafetería que da a la Plaza del Pan, con
vistas al teatro Victoria y al teatro Palenque).
MIRIAM.-
Venga, Nacho, vamos a ponernos a hacer el trabajo enseguida, pues hoy tengo que ir antes a casa, para quedarme con
mi hermana pequeña y ayudarle a hacer los deberes…
NACHO.- Sí, Miriam,
pero es que no tengo ni pizca de ganas de empezar… Y tampoco sé por qué hemos
venido a hacerlo aquí.
MIRIAM.- Vale sí, ya sé que este tema de la poesía, el
teatro, la literatura en general, no te interesa lo más mínimo, pero tenemos que hacer el trabajo ¡Y no
pienso cargarme yo con todo! Ah y lo vamos a hacer aquí, para inspirarnos, pues
estamos al lado de los dos grandes teatros de la ciudad.
NACHO.- (Levantándose dispuesto a ir hacia la barra
de la cafetería) Bueno, de acuerdo, Tienes razón ¿Qué quieres que te
traiga?
MIRIAM.- Un
refresco de limón, gracias.
NACHO.- Pues
que sean dos.
(Se va a pedir las bebidas, mientras Miriam
se queda en la mesa, encendiendo su ordenador. Al poco rato regresa Nacho con
dos vasos y un plato de frutos secos).
MIRIAM.-
¿Has estado buscando la información en las páginas que te dije?
NACHO.- (Se sienta y enciende su portátil). Sí,
pero es que no hay apenas nada. Y si lo
pongo en el buscador aparece sólo la web del Instituto y un montón de fotos de
actos, excursiones, celebraciones de graduaciones, etc.
MIRIAM.- (Con ironía) Vale, vale, Nachete. Ya veo
que te esfuerzas mucho…
NACHO.- (Con tono de mal humor) ¡Lo siento de
verdad, Miriam! Supongo que te ha tocado el peor compañero para hacer este trabajo.
MIRIAM.- Bueno,
bueno, que no hay tiempo para discutir y tampoco quiero que te sientas
mal… Así que vamos a seguir buscando,
que el que busca halla.
NACHO.- (Con tono quejumbroso) Si tú lo dices…
(Música de fondo, mientras pasa un rato y
ambos se afanan en buscar la información que necesitan, en sus respectivos
portátiles)
………………………………………………………………………
MIRIAM.- (Mirando el reloj) ¡Vaya,
ya me tengo que ir! Escúchame
bien: mientras estoy con mi hermanita, echándole una mano con sus deberes,
recopilaré los datos y te los mandaré en unos audios al móvil.
NACHO.- (Bostezando)
Ok. ¿Y qué quieres que haga con eso?
MIRIAM.-
Pues muy sencillo, escucharlos, seleccionar
los más importantes y redactarlos en los apartados correspondientes. No
querrás que el profesor nos suspenda el trabajo, por haber hecho un simple “copia y pega”.
NACHO.- (Bostezando
de nuevo) No, no, tranquila Miriam,
que mañana tienes en tu correo el trabajito redactado.
MIRIAM.- (Con
retintín) Y que luego tendré yo que revisar y corregir…
NACHO.- ¡Qué poco te fías de mí, muchacha!
MIRIAM.- (Mientras se levanta, haciendo un gesto de
despedida) Nada de nada, Nachete. Ah, y ponte “las pilas” tú y los auriculares en tus oídos, para cuando te
lleguen mis audios.
NACHO.- (Con
fastidio) A sus órdenes, mi generala.
(Se va Miriam, despidiéndose con un medio
gesto, entre la indiferencia y el enfado).
ACTO
II
NACHO.- (Hablando para sí mismo). Vaya marrón.
No se le ocurre otra cosa al profe, que mandarnos un trabajo sobre el personaje
que da nombre a nuestro Instituto. Ya nos lo podría haber encargado, sobre
el Real Madrid y Santiago
Bernabeu, por ejemplo…
(Aparece en ese momento de repente, un señor
junto a su mesa, mientras Nacho hace
estas reflexiones).
JUAN
A. CASTRO.- (Con tono simpático y amigable) ¡ Hola!
NACHO.- Ah,
hola… No le había visto ¿Quería usted algo?
JUAN
A. CASTRO.- Sí,
sí, bueno, es que antes oí que teníais que realizar un trabajo… Y creo que hablabais
de un tal…
NACHO.-
…Juan Antonio de Castro.
JUAN
A. CASTRO.- Eso es lo que me había parecido. Pero oye,
puedes tutearme, que me gusta hablar en confianza con la gente joven.
NACHO.- De
acuerdo, como prefieras.
JUAN
A. CASTRO.- Pues has tenido mucha suerte, muchacho.
NACHO.- ¿Y
eso por qué?
JUAN
A. CASTRO.- Porque …¡ Aquí me tienes presente!
NACHO.- ¡No! ¡Caramba
que sorpresa! ¡No es posible! ¿Eres acaso un fantasma salido del teatro o un
guasón que me quiere tomar el pelo?
JUAN
A. CASTRO.- Ja,
ja , ja ... Piensa lo que quieras, pero ahora, conmigo, vas a tener, si
quieres, la oportunidad de hacer un
trabajo excelente y sorprender a tu compañera.
NACHO.- Me
parece alucinante, no me lo puedo creer, pero bueno, vamos a probar: podrías
decirme dónde y cuándo naciste y algunos datos más sobre tu vida.
JUAN
A. CASTRO.- Por supuesto. Yo nací aquí, en Talavera de
la Reina, un 23 de junio de 1927 y me
marché de este mundo un 4 de junio de 1980. Mis padres eran comerciantes de
clase media-alta…
NACHO.- (Interrumpiéndole) ¡Oh, entonces es
cierto, eres Juan Antonio Castro! Pero,
siéntate aquí conmigo. ¿Quieres que te pida algo para tomar?
JUAN
A. CASTRO.- No muchas gracias, chico, Estoy muy bien
así.
NACHO.-
Vale, vale, como quieras. Y a todo esto,
¿cuándo decidiste ser escritor y dedicarte al teatro?
JUAN
A. CASTRO.- Mi vocación teatral fue un poco tardía, hasta
que un día asistí a la representación en
Talavera, de una obra un autor
llamado Thornton Wilder. A partir de
entonces, me aficioné e ilusioné mucho
por el teatro.
NACHO.- ¿Y a
parte del teatro, a qué más facetas te dedicaste como escritor?
JUAN
A. CASTRO.- Pues me dediqué también a la poesía. Con ella llegué a ganar un accésit
del prestigioso premio Adonais. También
me dediqué al periodismo, pues trabajé en “La Voz de Talavera” y
en el desaparecido diario “Ya”.
NACHO.-
¿Perteneciste a algún movimiento o generación literaria de la época?
JUAN
A. CASTRO.- Sí, claro. Los críticos literarios me
consideran perteneciente a la Segunda Generación
de la Posguerra, y me incluyen dentro
del Movimiento Neorrealista, junto a otros autores
como Antonio Buero Vallejo o Alfonso Sastre.
NACHO.- ¿Cuáles fueron tus primeras obras teatrales?
JUAN
A. CASTRO.- Mi primera obra de teatro fue de género lírico-dramático
y se tituló “Bodas del pan y del vino”, con forma de auto
sacramental y fue estrenada en el atrio de la Catedral de Toledo.
NACHO.- ¿Y tu primer premio teatral?
JUAN
A. CASTRO.- Fue el premio “Guipúzcoa”, que me entregaron por la obra “Plaza de mercado”.
NACHO.- ¿Escribiste también teatro para niños?
JUAN
A. CASTRO.- Sí, también lo hice. Entre 1968 y 1969 estrené
en el Teatro Español de Madrid dos obras infantiles: “El
infante Arnaldos” y “El Juglarón”.
NACHO.- ¡Qué
bien, seguro que gustaron mucho a los más pequeños! ¿Y trabajaste con algún
grupo teatral de aficionados aquí en
Talavera?
JUAN A. CASTRO.- Sí, antes de trasladarme
a vivir a Madrid colaboré con el grupo "El Candil" y otros grupos teatrales de la ciudad,
aprendiendo, no solo el papel de escritor, sino el oficio de la “carpintería” de la dramaturgia.
NACHO.- ¿Y a
todo esto, cuáles fueron las obras más importantes que te llevaron a alcanzar la fama?
JUAN A. CASTRO.-
Fueron las
que escribí para expresar una visión comprometida de la
historia de España, a través de la comedia costumbrista: como la ya
mencionada “Plaza del mercado” en 1964 o “Diálogos docentes” en
1967. Pero sobre todas ellas, destaca una: “Tiempo de 98”.
NACHO.- ¡Qué
interesante! Háblame más de esta obra tuya.
JUAN A. CASTRO.- Sí,
desde luego. Fue en
el año 1969 cuando Adolfo
Marsillach, conocido actor, escritor y director de teatro, la escogió para
formar parte del repertorio de su compañía, de la que formaban parte
actrices tan conocidas como Terele Pávez.
NACHO.- ¡Claro! ¡Terele
Pávez! Ha sido una actriz muy famosa y querida aquí… Y de ahí viene el nombre
de los “Premios Terele Pávez”, del
Festival de Cortometrajes que se celebra en Talavera.
JUAN A. CASTRO.- Así
es, mi querido muchacho.
NACHO.- Es todo
muy interesante, pero continúe con lo que me estaba contando.
JUAN A. CASTRO.-
Desde luego; mi
obra se estrenó con mucho éxito en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1971 y ese mismo año tuve
la satisfacción de ver representándose a la vez, dos obras mías en la capital
de España, ya que también estuvo en cartel, en el teatro María Guerrero, la obra “Ejercicios en la noche”.
NACHO.- Curiosa
coincidencia, ¿no? ¿Y, volviendo a “Tiempo de 98”,
de qué trata principalmente esta obra?
JUAN A. CASTRO.- Trata de dos temas: uno histórico y otro literario.
El histórico se desarrolla en una clase de un colegio de niñas, que canturrean canciones
sobre diferentes ambientes costumbristas
de la España de la época: los toros, el caciquismo, el flamenquismo, la
tertulia politiquera, etc.
NACHO.- ¿Y
el tema literario?
JUAN A. CASTRO.- Pues el tema
literario, se fundamenta en torno a textos de los escritores de la Generación
del 98: Valle Inclán, Unamuno, Baroja, Azorín y Antonio
Machado,
(En ese momento
ocurre algo inesperado: van apareciendo en escena, uno a uno, estos personajes
literarios de la Generación del 98).
NACHO.- ¡Repámpanos!
¡Qué es esto! ¡Ver para creer!
JUAN A. CASTRO.- ¡Adelante,
insignes escritores de mi querida Generación del 98!
(Los escritores se
quedan de pie, frente a ellos y van
leyendo o recitando uno a uno, diferentes
textos de sus obras).
VALLE
INCLÁN.- (Ceceando).
“En la cueva hacen tertulia
el gato, el loro, el can y el librero. ZARATUSTRA, abichado y giboso –la cara
de tocino rancio y la bufanda de verde serpiente–, promueve, con su
caracterización de fantoche, una aguda y dolorosa disonancia muy emotiva y muy
moderna”.
UNAMUNO.- (Enfatizando).
“Las olas
de la historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un
mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar
silencioso y a cuyo último fondo no llega el sol”.
AZORÍN.- (Con
minuciosidad)
“¡Pobre Rosa!
De nada te han servido tus defensas,
ni tus estambres, reclamando vida,
ni las fragancias que en el alma escondes:
el jardinero te troquela en ramo...”
ni tus estambres, reclamando vida,
ni las fragancias que en el alma escondes:
el jardinero te troquela en ramo...”
PÍO BAROJA.- (Bronco)
“El egoísmo
del hombre hace a la sociedad malvada desde tiempos inmemoriales y los líderes
que mueven a esta sociedad lo hacen prometiendo paraísos inexistentes; sin
embargo, es cierto que existen formas sociales mejores hacia las que debemos
tender, utilizando para ello la serenidad la madurez y el análisis”.
ANTONIO MACHADO.- (Con
sentimiento)
“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos de recordar no quiero”.
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos de recordar no quiero”.
JUAN A. CASTRO.- (Dejando una pequeña pausa de silencio,
mientras los escritores desaparecen por un lateral del escenario) ¿Bueno,
chico, qué te ha parecido?
NACHO.- ¿Qué
quieres que te diga? ¡Alucinante!
JUAN A. CASTRO.-
Pues esto es, en síntesis, lo que te
puedo decir sobre mi vida y mi obra.
NACHO.- No
sé cómo agradecértelo. ¡Cuánto me gustaría que Miriam hubiera estado aquí para
verlo!
JUAN A. CASTRO.- Ya
me imagino, aunque tú te encargarás de contárselo todo muy bien. Pero eso sí, una cosa más: me gustaría
que pusierais este párrafo al final de vuestro trabajo.
NACHO.- Desde luego, faltaría más.
JUAN A. CASTRO.- (Pronunciando el texto).
“Mi vocación ha coincidido con la de otros escritores de
vanguardia, empeñados en rescatar el teatro de dos de sus peores enemigos: la
ramplonería y la costumbre, empecinadas siempre en mantenerlo en perpetua
agonía".
(Suena una música, se oscurece el escenario y cuando se ilumina
de nuevo, Nacho se encuentra ya solo sentado en la terraza de la cafetería.
Mira a todos los lados, sorprendido aún por lo ocurrido, pero no ve a nadie y acaba aquí el acto)
JUAN RUIZ DE LUNA.
Sugerencia: se pueden intercalar imágenes alusivas a
Ruiz de Luna y la cerámica de Talavera, proyectadas en una pantalla y en
diferentes momentos de la representación, con el fin de ilustrarla y hacerla
más amena para el público.
Narradora
1.- Os voy a presentar a alguien que desempeñó un papel muy importante en el desarrollo
cultural y económico de la ciudad de Talavera de la Reina.
Narradora
2.- Nos estamos refiriendo a Juan Ruiz de Luna.
Narradora
1.- Nació en Noez, un pueblecito de los Montes
de Toledo.
Narradora
2.- Fue en el año 1863, que como ya sabéis muchos, pertenece al siglo…(Espera unos segundos para que el público lo diga). Así
es…pertenece al siglo XIX.
Narradora
1.- Pasó la infancia y juventud en su pueblo
natal, ayudando a sus padres, que eran de condición humilde.
Narradora
2.- Se dedicaban a la fabricación de castañuelas, oficio muy
habitual entre los vecinos de Noez y lo ejercían alternándolo con
jornales de trabajo en el campo.
Narradora
1.- Juan Ruiz de Luna, desde muy pequeño dio muestras de su buena
disposición hacia los oficios artísticos.
Narradora
2.- En el año 1880, con 17 años, se reunió con
sus hermanos Jerónimo y Emilio, que ya se habían afincado en la ciudad de Talavera.
Narradora
1.- Transcurrieron así cinco años de su vida, decidido a cumplir su
sueño de ser pintor, dedicándose en los ratos libres, a aprender y a
experimentar todas las modalidades y curiosidades que le van surgiendo.
Narradora
2.- Así llega a dominar diferentes
técnicas, como la pintura escenográfica…
Narradora
1.- … El dorado de retablos de iglesias y la
restauración de imágenes religiosas.
Narradora
2.- Pero dejemos que sea él mismo, quien nos cuente con detalle, más cosas interesantes de su
vida…
J.
Ruiz de Luna.- Como habéis podido escuchar, de boca de
estas amables narradoras, antes de dedicarme a la profesión
de ceramista fui pintor, pero también
me dediqué al oficio de fotógrafo, con un estudio propio donde solía
hacer, sobre todo, retratos a las familias…(Interrumpiéndole
su acompañante, con un leve carraspeo de garganta).
Enrique Guijo.- … Pero tu vida, estimado socio y
amigo, cobra relevancia gracias al
trabajo de recuperación de la antigua cerámica de Talavera, a la que conseguiste elevar a la categoría de
auténtica creación artística…
J.
Ruiz de Luna.- …Ah, perdonad que no os haya presentado a este
señor que me acompaña. Se trata de Enrique Guijo, excelente pintor y ceramista, al que tuve el gran honor y la dicha de conocer…
Enrique Guijo.- (interrumpiéndolo
de nuevo)… El honor fue sin duda el mío, Juan. Pero, dejemos esto y hagamos
un poco de historia sobre la cerámica de Talavera:
En
primer lugar tengo que deciros, que ésta alcanzó su máximo
esplendor durante los siglos XV y XVI.
J.
Ruiz de Luna.- Así es y desafortunadamente,
inició su decadencia en el siglo XVII por causa
de las influencias francesas de la época, que dieron lugar a la creación
de una Real Fábrica de Cerámica en Castellón.
(Ambos andan por el escenario y se cruzan
pensativos mientras siguen dialogando).
Enrique Guijo.- Pero volvamos
a lo que nos ocupa…Todo el mundo
está de acuerdo en que fue providencial nuestro encuentro, para que se
produjera el resurgimiento de la cerámica artística en Talavera
de la Reina.
J.
Ruiz de Luna.- Ciertamente.
Enrique y yo éramos dos artistas,
que sin habernos conocido anteriormente, coincidíamos en idénticas aficiones y en la voluntad de entregarnos de lleno al
oficio artístico de la cerámica.
Enrique Guijo.- ¿Recuerdas cuándo en el
año 1849 Juan Niveiro, fundó el Alfar
del Carmen? Este era el único taller de cerámica importante que había por aquel entonces en Talavera.
J.
Ruiz de Luna.- Sí, pero solo se dedicaba a la
fabricación de loza popular, platos, jarras…
Enrique Guijo.- Nosotros tratamos más tarde de
convencer a Emilio Niveiro, heredero del taller, de la oportunidad de fabricar
conjuntamente, una cerámica artística de calidad.
J.
Ruiz de Luna.- Sí, pero desgraciadamente, no fue
posible ningún acuerdo.
Enrique Guijo.- No obstante, tampoco
abandonamos el empeño y nos dispusimos a buscar otros socios, para poder llevar
acabo esta empresa.
Narradora
1. Y por fin, el 18 de
junio de 1908 se constituye la sociedad llamada “Ruiz de Luna, Guijo y Cía”.
Narradora
2.- El
alfar creado por estos dos artistas, se hizo siguiendo las costumbres gremiales
de los alfareros de aquella época y se fundó bajo la advocación de Nuestra Señora del Prado, Patrona de Talavera.
Narradora
1. Tuvieron muchas y grandes dificultades en sus inicios para poder lograr sus objetivos.
Narradora
2.- Lo más urgente, era la formación de personal
cualificado. Talavera contaba entonces,
con una población de unos 12.000
habitantes y un analfabetismo del 35 % en los hombres, que aún era mayor en las mujeres.
Narradora
1. Comenzaron por eso, a impartir clases nocturnas de dibujo
artístico y lineal, de pintura y de primera enseñanza, en unos locales
facilitados por el Ayuntamiento.
Narradora
2. En cuanto al material disponible, sólo pudieron comprar un molino para arcillas y una vieja y deteriorada
prensa de azulejos.
J.
Ruiz de Luna.- Recuerdo perfectamente aquel 8 de
septiembre de 1908, festividad de la Virgen del Prado, nuestra Patrona, cuando
por fin se abrió el primer horno, en el que se había cocido precisamente, un
panel de azulejos con la figura de la
Virgen del Prado.
Enrique Guijo.- Sí. En la mañana de ese día, estábamos los dos muy callados y ensimismados como nunca,
esperando con impaciencia, a que se
quitaran los ladrillos de la puerta de aquel horno...
J.
Ruiz de Luna.- ¿Qué habrá dentro? nos preguntábamos los dos…¡Qué
momentos de angustia, que nos parecieron
siglos!
Enrique Guijo.- Pero de la duda, pasamos a una alegría sin límites, cuando
vimos salir la primera pieza…
J.
Ruiz de Luna.- ¡A los dos nos pareció una cosa extraordinaria!
Enrique Guijo.- ¡Qué emoción tuvimos aquel día, Juan!
J.
Ruiz de Luna.- Sí, una emoción comparable a la del padre que coge a su primer
hijo al nacer.
Narradora
1.- Y así cogieron ellos la primera
pieza de cerámica artística, que aún quemaba, recién salida de su querido
alfar.
Narradora
2.- Los años fueron pasando y el arte de este
taller de cerámica se extendió y cobró fama, dentro y fuera de nuestras
fronteras.
Narradora
1.- Juan Ruiz de Luna, abrió
un camino de progreso e innovación, para futuras generaciones. Su calidad
humana y su espíritu de artista influyeron de manera decisiva en la vocación de
sus hijos y de todos los discípulos y ceramistas posteriores.
Narradora
2.-
La Fábrica de Cerámica Artística “Nuestra Señora del Prado” no fue un alfar
más. Fue un proyecto capaz de dar el apellido a la ciudad de Talavera, que será
conocida ya para siempre, como “La Ciudad de la Cerámica”.
(Breve pausa de silencio, para continuar)
Narradora
1.-
(Suspirando)
Y los días
de Juan Ruiz de Luna acabaron aquí, en su ciudad de adopción, a la que tanto
amó y tanto trabajo dedicó.
Narradora
2.- Fue a la edad de 82 años, en 1945,
que como muchos sabéis es el siglo… (esperando
que alguien conteste). …el siglo XX.
Narradora
1.- Desafortunadamente, no se ha conservado el espacio
original en el que desarrolló su arte: aquel Alfar de Nuestra Señora del Prado.
Narradora
1.- Pero nos queda una gran colección de su
cerámica artística, ubicada actualmente en el Museo de su mismo nombre, que es
lugar muy visitado, por todos los turistas que llegan a la ciudad de Talavera.
Narradora
2.- Y nos quedan también frases magistrales del
libro de firmas del Alfar, como la del insigne escritor Miguel de Unamuno,
que en 1909 decía así:
- FIN -
P. JUAN DE MARIANA.
NARRADORA.- Hola,
distinguido público.
NARRADOR.-
Queremos representar, con esta obra, la vida de un insigne personaje nacido en
Talavera de la Reina.
NARRADORA.-
Nació en el año 1536, en
el seno de familia humilde.
NARRADOR.- (Haciendo como que duda). El
año 1536, 1536…
NARRADORA.-Ya me imagino que
sabréis a que siglo pertenece …
(Deja un momento de
silencio, para que el público conteste: “siglo XVI”).
NARRADOR.- ¡Muy bien!
Efectivamente, pertenece al siglo XVI.
NARRADORA.- Época
ésta, que se conoce como el “Siglo de Oro” español.
NARRADOR.- Y se denomina así por el gran florecimiento que tuvieron las
artes y la literatura, durante estos años, en nuestro país.
NARRADORA.- Bien, pues sigamos:
Juan de Mariana, es considerado hoy día, como uno de los más grandesteólogos e historiadores españoles…
NARRADOR.- Además de ser un ejemplo representativo, de los escritores e
intelectuales españoles de la orden de la Compañía de Jesús, durante
este Siglo
de Oro.
(Entra el
personaje de Juan de Mariana en escena, por un lateral).
JUAN DE MARIANA.- Si
me permitís, mis queridos colaboradores, me gustaría dirigirme ahora a este amabilísimo público, para contar
algunos de los acontecimientos más importantes que acaecieron en mi humilde vida.
NARRADORA.- (Mostrando sorpresa y agrado al mismo
tiempo). ¡Desde luego que sí!
NARRADOR.- ¡Qué gran honor
poder compartir escenario con el mismísimo Padre Juan de Mariana!
(Se retiran el
narrador y la narradora hacia un extremo del escenario).
JUAN DE MARIANA.- Gracias,
muchas gracias. Pues bien, tengo que decir, que a los diecisiete años
me marché a estudiar Artes y Teología en Alcalá de Henares, en una atmósfera saturada de humanistas...
(Alguien del público
levanta la mano).
CHICA DEL PÚBLICO.-
¿Y podría explicarme alguien quiénes eran esos “ humanistas” ?
JUAN
DE MARIANA.- Claro, claro… Yo mismo te lo explicaré,
muchachita: pues los humanistas fueron…
(Irrumpe
entonces en escena otro gran personaje).
FRANCISCO
DE BORJA.-
Permitid que me presente y perdonad que haya entrado en este escenario, con
tanta sorpresa y premura.
JUAN
DE MARIANA.- (Mostrando
respeto y admiración). ¡Oh, Francisco de Borja! Mi querido
y admirado tutor, en aquellos años en que entré en el noviciado de la Compañía
de Jesús.
FRANCISCO
DE BORJA.-
Así, es mi estimado discípulo. Pero dejad que primero conteste yo a esta simpática
jovencita. (Dirigiéndose a la chica del público).
JUAN
DE MARIANA.- Desde luego que sí…
FRANCISCO
DE BORJA.-
Pues bien, los humanistas fueron sobre
todo,intelectuales, filósofos y escritores, de la época, que se llamaron así, por la gran preocupación que tenían por el hombre y por
todo lo relacionado con lo humano.
CHICA DEL PÚBLICO.-
¡Ah! ¡Qué interesante! Ahora lo entiendo
todo mejor. Muchas gracias por su aclaración.
FRANCISCO
DE BORJA.-
De nada, estimada joven.
JUAN DE MARIANA.- (Dirigiéndose ahora a todo el público). No sé si conocen la
verdadera importancia que tuvo Francisco de Borja dirigiendo y renovando la
Compañía de Jesús.Él dio un gran impulso a la labor solidaria y evangelizadora de
las misiones en América. Por todo ello fue canonizado y reconocido como Santo
Patrón de España y de muchos otros lugares de la América Hispana.
FRANCISCO
DE BORJA.-
Muchas gracias, querido Juan, por esta breve y emotiva reseña sobre mi vida. (Despidiéndose
ahora del público). Adiós a todos. Me ausento para que podáis seguir conociendo
la gran figura de este personaje que, tan dignamente da nombre a esta obra, que
hoy se representa en este lugar.
(Sale
del escenario Francisco de Borja, después de despedirse dando un emotivo abrazo
al P. Juan de Mariana).
CHICA DEL PÚBLICO.-
(Levantándose, para volver a pedir la
palabra). ¡Qué interesante es todo esto! ¿Podría
seguir contándonos más cosas sobre su vida?
JUAN DE MARIANA.- Sí,
por supuesto. A eso iba, querida jovencita.
CHICA DEL PÚBLICO.-
¡Gracias, gracias! Y perdone mi impetuosidad y mi atrevimiento.
JUAN DE MARIANA.- No
hay de qué, más bien al contrario, me agrada mucho que tengas este gran interés
y atención. Pero para seguir este relato biográfico y autobiográfico, reclamo
de nuevo la colaboración de los dos magníficos narradores, que me han
acompañado en todo momento. (Mientras,
señala el extremo del escenario donde se encuentran los dos narradores y se
retira él hacia el otro extremo. Ambos narradores se sitúan ahora en el centro
del escenario).
NARRADORA.- Muchas gracias,
muchas gracias... Pues bien, tengo que
decir que Juan de Mariana acabó su formación sacerdotal en el Colegio Jesuita de Roma.
NARRADOR.- Y fue
considerado como uno de los mejores profesores que allí ejercieron su
magisterio.
NARRADORA.-Pasó en
total, ocho largos años en Italia.
NARRADOR.-
Después marchó a París, donde recibió el grado de doctor y permaneció cinco años
enseñando Teología.
NARRADORA.- Más tarde
regresaría a España y se instalaría en el Colegio de los Jesuitas de Toledo y en
ese retiro se consagró a la
redacción de libros, en particular sobre
una versión del Nuevo
Testamento.
NARRADOR.- Por
entonces hizo amistad con el también talaverano…
(Entra en escena un nuevo personaje).
GARCÍA
LOAYSA.- …Permitidme,
permitidme, os lo suplico, que yo mismo sea en persona quien lo diga: García Loaysa y Girón, que es mi mismo
nombre y con el que mis progenitores tuvieron a bien bautizarme.
CHICA DEL PÚBLICO.-
(Interviniendo de nuevo). ¡Vaya,
vaya, esto es genial!¡Vamos de sorpresa en sorpresa!
(Se acerca entonces el P. Juan de Mariana, para dar un abrazo al
nuevo personaje, mientras los dos narradores se vuelven a retirar, al mismo
extremo del escenario de donde habían salido).
JUAN DE MARIANA.- Mi
querido García Loaysa…
GARCÍA
LOAYSA.- ¡Qué
gran gusto el mío, poder volver a saludar a mi gran maestro y amigo Juan de
Mariana!
JUAN DE MARIANA.- Y yo
al que fuera mi discípulo y que más tarde se convertiría también en mi protector, al ocupar el cargo de Gobernador eclesiástico de la
archidiócesis de Toledo y miembro
del Consejo
de Estado.
GARCÍA
LOAYSA.- ¡Qué
gran honor para mí, el haber podido desempeñar este papel de
protector de alguien como vos!
JUAN DE MARIANA.- El
honor sin duda el mío,por haber conocido y tratado a un talaverano como yo, que
ostentó el cargo de preceptor del príncipe Felipe, hijo del Gran Emperador
Felipe II y que además llegaría a ser Arzobispo
de Toledo. Ése personaje fuiste tú, mi querido García Loaysa.
GARCÍA
LOAYSA.- Sí,
pero tengo que añadir a todo esto, si me lo permitís, uno de los hechos que más me
llenan de orgullo y es el haber sido fundador del Colegio Menor de San
Clemente Mártir en Alcalá de
Henares.
JUAN DE MARIANA.-
Cierto, que es así.
GARCÍA
LOAYSA.- Ahora
bien, sigamos hablando de vos, ya que esta obra está por supuesto dedicada, a vuestra
ilustre y célebre persona.
JUAN DE MARIANA.-
Gracias, gracias, por así considerarme, amigo García.
GARCÍA
LOAYSA.- No hay
de qué, pues sin duda os lo merecéis. Quiero
por eso continuar, recordando como gozabais de una grandísima
reputación en la sociedad de aquella época, por lo que os fueron encargados grandes
e importantísimos trabajos.
JUAN DE MARIANA.- Sí,
y por aquel entonces en 1601, tuve a bien publicar un libro
titulado “Historia general de España”. La obra abarca hasta la muerte de Fernando el Católico, porque no me atreví a pasar más adelante y relatar las cosas
más modernas, para no ofender a algunos si decía las grandes verdades, sobre los acontecimientos ocurridos.
GARCÍA LOAYSA.- Sin embargo, más tarde publicasteis una obra,“De la alteración de la moneda”, en la que hicisteis una dura denuncia contra el robo de
aquellos gobernantes, que usaban el recurso que hoy llamaríamos inflación, para
financiar los gastos del Estado.
JUAN DE MARIANA.- Fue un
momento complicado de mi vida, pues nada más publicarse la obra, fui denunciado,
encerrado y enjuiciado en un proceso impulsado por el propio rey Felipe III.
GARCÍA LOAYSA.- Y mostrasteis un gran
valor, pues nunca os retractasteis de haber escrito este libro, a pesar de los
graves problemas que ello os acarreó.
JUAN DE MARIANA.- Pues
sí y después de año y medio de estar retenido en el convento de San Francisco
el Grande, de Madrid, salí libre, sin se
conociera sentencia ni condena alguna.
GARCÍA LOAYSA.- De cualquier manera, no os quedaron ganas de volver
a escribir sobre asuntos de carácter político o social. Y desde entonces,os
dedicasteis sólo a la publicación de obras de carácter teológico.
JUAN DE MARIANA.- Así
es, querido García. Y con esto creo que debemos despedirnos ya de este
encantador público, que con tanta dedicación e interés ha seguido el desarrollo
de esta representación.
(Ambos se funden en un emotivo abrazo,
mientras se disponen a abandonar el escenario).
CHICA
DEL PÚBLICO.- Pido un fuerte
aplauso para ellos, por habernos relatado de forma tan magnífica, hechos tan relevantes de su biografía y de los
acontecimientos ocurridos en aquélla época en España.
(Se
sitúan de nuevo los dos narradores en el centro del escenario. Piden que acaben
los aplausos, para poder poner el punto y final a la representación).
NARRADORA.- Bien,
pues finalizaremos diciendo que el Padre Juan de Mariana, tuvo una larga vida,
pues vivió hasta los ochenta y ocho años.
NARRADOR.- Murió
en la ciudad de Toledo, en 1624.
NARRADORA.- Su vida
se convirtió en un ejemplo para jóvenes
literatos y científicos españoles de la época, por su gran valentía y su
defensa de la libertad.
NARRADOR.- Entre
sus seguidores figuraron grandes hombres y escritores, como Francisco de
Quevedo o Lope de Vega.
NARRADORA.- Y
con esto, queremos dar por finalizada esta representación…
NARRADOR.-…Esperando que haya
sido muy del agrado, de todo este distinguido público.
(Salen
a saludar todos los actores, mientras el público aplaude de nuevo).
GABRIEL ALONSO DE HERRERA.
…………………………(Música , antes de
comenzar)
(Salen los dos narradores
a escena y saludan al público asistente).
NARRADORA.- Hola a
todos: Os quiero presentar a alguien que desempeñó un papel muy importante en
el desarrollo y mejora de las técnicas de la agricultura y la ganadería en
España.
NARRADOR.- Su
nombre es… Bueno os sonará porque es así como se llama, uno de los institutos más
famosos de Talavera de la Reina.
NARRADORA.- (Dando
una palmada) ¡Ya está! ¡Gabriel Alonso de Herrera!
(Aparece de inmediato
el personaje de Gabriel Alonso de Herrera).
GABRIEL ALONSO.- (Con un
tono divertido) ¡Hola! Si no os importa sigo yo ahora, que creo que podré
aportar algo, a este maravilloso público, sobre mi propia vida. Pero vosotros
quedaos aquí para ayudarme, por supuesto.
NARRADOR.- Claro,
claro que sí; quién sino mejor que el mismo protagonista, para narrar su propio
relato autobiográfico. (Se retiran a un
segundo plano los dos narradores).
GABRIEL ALONSO.- Gracias, chicos, muy agradecido por vuestra
ayuda. (Haciendo una pequeña pausa,
mientras camina). Diré, en primer lugar, que nací en Talavera de la Reina en 1470. Me
imagino que sabréis todos a qué siglo pertenece este año…
(Una chica que se encuentra en el
público, levanta la mano
para contestar).
CHICA
DEL PÚBLICO.- ¡Al siglo XV!
GABRIEL ALONSO.- ¡Perfecto! Así es. Gracias por tu acertada
intervención. Pues bien, me gustaría continuar diciendo, que debo mi fama al
hecho de haber sido agrónomo y escritor.
CHICA
DEL PÚBLICO.- ¡Qué interesante! ¡Pero cuéntenos
más
cosas sobre su vida, por favor!
GABRIEL ALONSO.- Sí, desde luego. Respecto a mi familia, diré que también
destacaron mis dos hermanos, Hernando y Diego, que fueron unos grandes
humanistas.
CHICA
DEL PÚBLICO.- ¿Y quiénes fueron “los humanistas”?
GABRIEL
ALONSO.- Pues los humanistas fueron
intelectuales, filósofos, escritores, etc, de esta época, que se llamaron así, por la gran preocupación que tenían por el hombre y por todo
lo humano.
CHICA
DEL PÚBLICO.- Muchas gracias por la aclaración.
GABRIEL ALONSO.- (Prosiguiendo). ¡De nada! Pues
bien, mi hermano Hernando
fue además un gran gramático y mi otro hermano Diego, destacó como uno de los músicos
más importantes de la época.
CHICA
DEL PÚBLICO.- Y volviendo a usted… ¿Puedo
preguntarle
de dónde le venía esa afición por las tareas de
la agricultura y el campo?
GABRIEL ALONSO.- Sí, claro. Mi vocación venía de cuando yo era
joven y practicaba entonces la agricultura con mi padre.
NARRADORA.- (Interviniendo de
nuevo, junto a su compañero. Se sitúan en el centro del escenario y hacen un
gesto, con el dedo en la boca, a la “chica del público” para que se calle y
otro con la mano para que se siente). ¡Bueno,
ahora vamos a seguir nosotros …!
NARRADOR.- (Con tono molesto y con
retintín, mientras señala a la “chica del público”.) Sí, claro, que para eso somos una parte
del reparto de actores, no como otras…
(“La
chica del público” hace un mohín de contrariedad desde
su asiento).
NARRADORA.- ¡Vale,
vale, tengamos la fiesta en paz! Por lo
tanto y siguiendo con mi cometido de narradora, tengo que decir, que Gabriel
Alonso se instaló en Granada, poco después de que los Reyes
Católicos la reconquistaran.
NARRADOR.- Y es allí donde conoció a otro ilustre talaverano, Fray
Hernando, que fue el primer arzobispo que
tuvo esta ciudad.
(Entra,
en este momento en escena, el personaje de Fray
Hernando de Talavera).
FRAY
HERNANDO.- Querido Gabriel, os acordáis cuando os dije
que os quedarais aquí, en la hermosa
ciudad de Granada, bajo mi protección.
GABRIEL
ALONSO.- Sí, claro que me acuerdo. Y así lo hice, reverendísima excelencia. Para
mí fue una gran suerte y gran honor poderme quedar bajo vuestra tutela.
FRAY
HERNANDO.- De
esta manera, pudisteis educaros y formaros
de manera muy afortunada.
GABRIEL
ALONSO.- Así es y fue gracias a vuestra reverendísima excelencia, que en esta ciudad, siempre
consideraron como un arzobispo
ejemplar, por saber tratar a todos
sus habitantes de manera justa,
humana y equitativa, sin excepción alguna, fuera cual fuese su condición.
FRAY
HERNANDO.- Muchas gracias, querido paisano por tan emotivo reconocimiento.
GABRIEL
ALONSO.- Y es por eso que más tarde, yo pude abrazar la carrera
eclesiástica, todo gracias a vuestra influencia y a las magníficas enseñanzas que
recibí.
FRAY
HERNANDO.- Y por
cierto, volviendo a vuestra otra gran dedicación, recordareis que ya en Granada, llegasteis a tener una gran fama como experto
en cuestiones agrícolas.
GABRIEL
ALONSO.- Sí, es verdad. Hay varios documentos en los que se
reconoce mi trabajo como agrónomo y la gran calidad de las huertas que yo cuidaba.
FRAY
HERNANDO.- Creo que viajasteis además por Italia y Francia,
a fin de recoger información y adquirir mayores conocimientos prácticos, muy
necesarios para mejorar la producción agrícola y ganadera de esta época.
(Aparece
en este momento en escena, el personaje del Cardenal Cisneros).
GABRIEL ALONSO.- (Dirigiéndose al Cardenal). Oh, mi Eminencia Reverendísima,
cuánto honor supone para mí el que se haya dignado intervenir en esta humilde representación
sobre mi vida y mi obra.
(Fray
Hernando se despide, dándole un efusivo abrazo a Gabriel Alonso y saludando afectuosamente
a Cisneros).
FRAY HERNANDO.- Adiós,
mi querido discípulo, os dejo en buenas manos. (Y dirigiéndose ahora al cardenal). Adiós, Eminencia
Reverendísima, he tenido mucho gusto en volver a saludaros, como en tantas
ocasiones ha sido.
CARDENAL CISNEROS.- Adiós, estimado Fray Hernando de
Talavera. Cuidaros mucho.
(Quedándose ahora los dos solos).
CARDENAL CISNEROS.- El honor por visitaros también es mío, querido y admirado Gabriel Alonso. Vos fuisteis
mi fiel y leal capellán. ¿Lo recordáis?
GABRIEL ALONSO.- ¡Jamás podría
olvidarme de aquellos años en que ejercí de clérigo bajo vuestro mandato!
CARDENAL CISNEROS.- Sí, como bien sabéis, por aquel
entonces, os encargué que escribierais un tratado de agricultura, que se editaría más tarde con el título de…Seguro
que vos lo recordáis mejor.
GABRIEL ALONSO.- Si, por supuesto, se llamó el “Libro de agricultura que es de la
labranza y crianza y de muchas otras particularidades y provechos de las cosas
del campo”.
CARDENAL CISNEROS.- Así es, hijo mío, así es.
GABRIEL ALONSO.- Posteriormente, este libro será conocido
como “Agricultura general”, el cual vuestra Eminencia Reverendísima tuvo a bien financiarlo
y repartirlo gratuitamente entre los
labradores, para mejorar las condiciones
de producción y los recursos alimentarios de aquella época.
CARDENAL CISNEROS.- Fue una magnífica obra, con una enorme
repercusión práctica, que se tradujo
además al latín, italiano y francés, durante
el siglo XVI.
GABRIEL ALONSO.- A través de estas
páginas dejé constancia de mi
admiración por los autores clásicos. Tenía como objetivo, por aquel entonces, que
mi obra fuera un claro exponente del espíritu científico.
CARDENAL CISNEROS.- Sí, algo muy propio de nuestra época
del Renacimiento.
GABRIEL ALONSO.- Por eso mismo, para su redacción me inspiré en tratados
de agricultura de autores como Plinio
el Viejo, o los filósofos griegos como Teofrasto o el mismísimo Aristóteles.
CARDENAL CISNEROS.- También, como recordareis, recogíais en este libro,
determinadas y valiosas técnicas utilizadas por los musulmanes, en el cultivo
de las tierras y el cuidado de los animales.
GABRIEL ALONSO.- Sí, y eso fue fruto de los diez años en que residí y
tuve contacto con esta cultura, en la ciudad
de Granada.
CARDENAL CISNEROS.- Bueno, debo marcharme ya, pues mis
muchas obligaciones me reclaman. Adiós, mi siempre querido y estimado capellán.
(Se
despide el Cardenal, dándole un cariñoso abrazo y abandona la escena. Gabriel
Alonso, a su vez, se va por el lado opuesto. Vuelven de inmediato los dos
narradores, a situarse en el centro del escenario).
NARRADORA.- Pues bien, como hemos podido ver, aunque Gabriel
Alonso de Herrera se basa fundamentalmente en los tratados de la agricultura clásica,
su fin era eminentemente práctico
NARRADOR.- Y buscaba con ello, sobre todo,
favorecer y mejorar la producción agrícola y ganadera de la población.
NARRADORA.- Pero
su obra no se limita sólo a la agricultura y la ganadería, sino que profundiza en
temas de meteorología, medicina veterinaria y medicina humana a través de las plantas y los alimentos.
NARRADOR.- Es por eso que nos habla de los procedimientos
para trabajar mejor la tierra, del
cuidado de los animales, de la elaboración de los productos obtenidos y de los
problemas que surgen; e incluso llega a recoger,
hasta las supersticiones más extendidas sobre estos temas.
NARRADORA.- Hay también aspectos muy novedosos e
interesantes de Gabriel Alonso, como el convencimiento que él tenía, de la
existencia del sexo en las plantas.
CHICA
DEL PÚBLICO.- (Interviniendo de nuevo en
la escena, con risa escandalosa) ¡ Ja, ja, ja ,ja !
NARRADORA.- (Con tono algo indignado y recalcando las
palabras) Pues sí, existe el sexo en las plantas y esto es algo demostrado
científicamente. ¡Así que no entiendo esa risita...!
CHICA
DEL PÚBLICO.- (Con tono pesaroso).Lo siento, no pretendía molestar a nadie,
es simplemente, que me ha sorprendido...
NARRADORA.- (Volviéndole a hacer un gesto para que se
siente y se calle) ¡Pues ya ves que no hay motivo para ello! Volviendo
al tema, tengo que decir, que entre una de técnicas agrícolas más novedosas,
practicada por Gabriel Alonso, estaba, la de realizar encurvamientos en las
ramas, como una alternativa a las podas de los frutales.
NARRADOR.- Y
también hay que decir, que estudió el carácter venenoso de algunas especies de
plantas, introduciendo numerosas técnicas sobre su conocimiento.
NARRADORA.- Quiero
recordar además, que su libro está
escrito en un lenguaje popular y castizo, pero que con sus muchas y sucesivas
reimpresiones, fue llenándose de matizaciones y modernizaciones.
NARRADOR.- Su obra influyó en importantes tratadistas extranjeros, expertos y estudiosos de estos
temas.
NARRADORA.- Tuvo vigencia incluso más allá de la Guerra Civil Española. Sus
ediciones más recientes tienen lugar entre los años 1970 y 1979…
CHICA
DEL PÚBLICO.- (Interviniendo
una vez más con rapidez). Del siglo pasado, es decir, el siglo XX.
NARRADOR.- (Moviendo la cabeza y mirando con cansancio al lugar donde se sienta la “chica
del público”). Y no
nos olvidemos, finalmente, que Gabriel Alonso de Herrera es quien da nombre a
uno de los Institutos de Educación Secundaria más célebres e importantes de
Talavera de la Reina.
(Vuelve otra vez a escena Gabriel Alonso).
GABRIEL ALONSO.- Así es. Y os agradezco
enormemente, que hayáis hecho esta exposición de manera
tan brillante y magnífica, sobre
mi vida y mi obra.
NARRADORA.- ¡El agradecimiento es nuestro, pues ha sido un gran placer para nosotros poder
hacerlo!
NARRADOR.- ¡Sí,
desde luego que sí!
GABRIEL ALONSO.- (Dirigiéndose ahora a la chica del público, con un tono más jocoso y
divertido) Ah, y muchas gracias también a vos, bueno quería decir a ti, por tus
audaces y agudas intervenciones.
CHICA
DEL PÚBLICO.- ¡De nada, de nada, para mí ha sido algo
genial, el que me hayan permitido poder hacerlo! Y quiero pedir disculpas, por
si en algún momento, he podido ser impertinente o he molestado a alguien.
GABRIEL ALONSO.- Nada, nada, ja, ja,
ja. Disculpas aceptadas.
NARRADORA Y NARRADOR.- (Con cierta resignación). ¡Lo mismo te
decimos!
GABRIEL ALONSO.- Muy bien, pues ya solamente
me queda contaros, que dejé
este mundo en 1539, que como supongo sabréis, este año pertenece al siglo…
CHICA
DEL PÚBLICO.- (Interviniendo
una vez más con
rapidez) ¡Al siglo XVI!
NARRADORA.- (Hablando para sí). ¡Yo es que estoy
flipando! ¡A esta chica no hay quien la calle! (Y dirigiéndose finalmente al público). Bueno, pues esperamos que
esta representación, que ha llegado ya a su fin, haya sido del agrado de todos
ustedes.
NARRADOR.- Y
que, en definitiva, haya servido para que todos conozcamos mejor, la importancia y relevancia
que tuvo la figura de Gabriel
Alonso de Herrera.
(Salen todos los que han intervenido en
la representación y
saludan al público presente)
……………(Música,
para finalizar)……………………
- Fin –
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